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Aquí aparecerán diferentes artículos o reseñas que la Prensa escrita, tanto nacional como internacional, ha ido publicando a lo largo de los años sobre los servicios telegráficos o sus figuras más representativas, con su material gráfico correspondiente, colocados desde el más antiguo al más moderno.




                                            ASUNTOS NACIONALES                                                     

                                                 Los telegrafistas
   

Análogas necesidades que en el Correos se sienten en nuestro servicio de Telégrafos; éste, como aquel, crece y prospera con positivo beneficio de la vida nacional. La época presente exige a todas las actividades una perentoriedad extraordinaria. La carta no basta para satisfacer las ansias del ajetreo moderno. Las órdenes del comercio, de la industria, de toda suerte de negocios, no puede aguardar a que las lleva bajo sobre el tren; piden el transporte vertiginoso del vuelo, y con los de la electricidad circulan por el país, acrecentando su poderío.  

Da buena cuenta de lo que España ansía y agradece las reformas de telecomunicación el entusiasmo con que las provincias acogen el proyecto de telefonía nacional y el éxito felicísimo de los despachos comerciales, en los que la producción y el consumo encuentran eficaz recurso para su fecunda actividad.  

Las transmisiones telegráficas y telefónicas aumentan de manera prodigiosa; pero no crecen con la misma proporción los medios para realizarlas. El manantial es cada vez mayor; pero como los cauces no se ensanchan, las aguas se desbordan y son los telegrafistas quienes padecen las consecuencias de las inundaciones; los telegrafistas, que no constituyen legión, ni mucho menos, aunque si bien se mira dado el número de hojas que pasan por los atriles de los aparatos y el de los telegramas que se reciben, debieran, en efecto, formar numeroso ejército cuantos se esfuerzan para que en la vida humana se borren las distancias.  

Los telegrafistas facultativos son hoy en España 2.633, y para que el servicio se cumpliera con holgura serían precisos mil más. No se crea que si el personal es escaso y no está bien retribuido la justicia que abandonó a los hombres se ha inclinado a favorecer las cosas, es decir, el material, lo que tanto importa en el telégrafo y el teléfono. No es así; las líneas han mejora mucho, pero se padecen todavía escaseces y deficiencias, de que hablaré en otra ocasión, ya que en la presente solo de los telegrafistas y sus auxiliares he de tratar. De la escasez en el personal da cuenta el detalle de que están construidas y sin funcionar por falta de Oficiales bastantes estaciones; los representantes de los distritos piden que en los suyos hayan los necesario telégrafos, y los más han de quedarse con las ganas, pues si el alambre está por las nubes, que es demasiada altura, los telegrafistas que andan por la tierra de España son bastantes menos de los que se necesitan.  

El Cuerpo facultativo de Telégrafos se compone de 2.633 funcionarios como quedó dicho. Apartemos al Inspector General, a los cinco Inspectores, los 15 Jefes de Centro, los 30 de Sección, que cobran sueldos considerables cuando ya llevan mucho tiempo de peinar canas, y digamos en seguida, probándolo con números, que los demás reciben remuneraciones tan mezquinas como las consagradas al elemento postal.  

Se convocan oposiciones para Telégrafos y se pide a la juventud que a ellas acuda mucha ciencia; han de adquirir los aspirantes caudal copioso de Matemáticas, de Física, de Química, para luego percibir mensualmente veintidós duros y medio los Oficiales quintos que forman en la escala y 29 duros los 785 Oficiales cuartos. Lo más florido de la juventud se invierte en esas categorías cuarta y quinta, tras de las cuales están otros que tampoco pueden satisfacer las necesidades de un hogar moderno.   Quedamos, pues, en que el servicio de Telégrafos español se hace con 206 Jefes y 2.427 Oficiales, a los cuales auxilian 24 mecánicos, 681 empleados femeninos y 116 funcionarios de Contabilidad. Los Auxiliares femeninos y de Contabilidad tienen sueldos miserables de 1.000 y 1.250 pesetas. En la escala de Contabilidad se asciende con suma lentitud; algunos de los que en ella envejecen pueden disfrutar al fin de la vida 4.000 pesetas al año, con el implacable descuento que marca la ley. Así se explica que buena parte del personal auxiliar, que debía estar en las estaciones limitadas, donde se necesita para cubrir puestos secundarios, lucha siempre con el fin de permanecer en las grandes ciudades, con notorio daño para la buena marcha del servicio.  

Y es natural que así suceda; cuando el sueldo es ruin se toma, no por pago de una obligación, sino como complemento de otros ingresos, y lo mal pagado, a la postre queda mal servido, sin la afección y la quietud que inspiran, cuando se gozan, las cumplidas satisfacciones.  

Es aniquilador el esfuerzo de cuantos al pie de los aparatos envían y reciben las palabras que de un lado a otro corren por los conductores. El aparato no duerme, no descansa; esclaviza a su servidor, se apodera de sus nervios, le sujeta con tiranía brutal, le obliga a que olvide cuanto pueda ligarle a la vida, y solo le concede reposo después de noches o días enteros transcurridos en continua atención al lado del duro banco de las galeras eléctricas, en las que son como remos los manipuladores del Morse o los tecleos del Hughes.  

Un ejemplo, para probar bien lo intenso del trabajo de los telegrafistas.  

El ejemplo nos lo proporciona la Central de Madrid, donde el servicio está distribuido en cuatro turnos: uno, de ocho de la mañana a dos de la tarde; otro de dos de la tarde a ocho de la noche, y otros dos, de ocho de la noche a ocho de la mañana, servidos en dos grupos de días pares y de días impares. Hace tres años los Oficiales de guardia empezaban a retirarse a las diez de la noche y rara vez quedaban en la sala más de seis u ocho al sonar las tres de la madrugada. Actualmente todo el turno se retira a las siete de la mañana, porque precisamente en la madrugada es cuando se intensifica el servicio, que ha crecido prodigiosamente. En el primer trimestre de 1915 el número de transmisiones en Madrid pasó a 23.000 diarias. En el cuatrimestre primero de este año la cifra ha pasado de 27.000. En Madrid, dentro de la sala de aparatos, hay en las veinticuatro horas del día 285 funcionarios y faltan 166, porque los precisos serían 451. Así están nuestros telegrafistas.  

El servicio no produce dinero al Estado; pero en cambio le proporciona otros grandes beneficios.  

El telégrafo, como el teléfono, es el medio mas eficaz del Gobierno. El ministro en su despacho percibe todas las palpitaciones de la nación, y puede asegurarse que no hay momento en todos los que componen la totalidad del Tiempo en que no existan muchas comunicaciones oficiales mediante el telégrafo. Los gobernadores civiles lo emplean de continuo, como es natural. Todas las dependencias lo utilizan.  

El Correo le usa, como es lógico, para completar servicios suyos, tales como el giro, y además la Prensa, el comercio, la industria, se valen de él mediante precios ínfimos, que deben ser así de humildes, porque esta humildad hace grandes a la cultura y a la producción española.  

Si el Telégrafo tasase sus servicios gratuitos proporcionaría grandes provechos materiales a la patria. Pero sin ellos devuelve con creces el dinero en él invertido, porque ayuda a crear riqueza, y se le debe mayor auxilio, porque no está bien que se diga a unos cuantos millares de hombres que estudien para convertirse en víctimas irredimibles del empleo que apetecieron para sostener su vida.  

J. FRANCOS RODRIGUEZ  (*)
Director general de Comunicaciones


(*) Periodista bajo el pseudónimo de "Juan Palomo", Directror del "Heraldo de Madrid", "La Justicia" y "El Globo", Alcalde de Madrid en dos ocasiones, Gobernador Civil de Barcelona, Director general de Correos y Telégrafos, Ministro de Instrucción Pública y de Gracia y Justicia, prolífico escritor de obras de medicina, teatro, literatura, ensayos, política, académico de la Española,  y Presidente de la Asociación de la Prensa, cargo que ostentaba cuando falleció.






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                                         La Magia del Telégrafo

Carhué, como tantas ciudades argentinas disponía de una Oficina de Telégrafo, que fue centro de la comunicación gubernamental, económica y social durante muchos años. El servicio desapareció inexplicablemente en el año 1979, cerrando una etapa que muy pocos recuerdan.

Haciendo un poco de historia

El código Morse es una convención para la representación de letras y números, que puede llevarse a la práctica por medio de pulsaciones eléctricas de diversa longitud, o mediante cualquier otro tipo de señal mecánica o visual, tal como el centelleo luminoso periódico. Para ello se establecen señales de corta duración llamadas puntos, otras de larga duración designadas como rayas, y espacios que las separan. La combinación de los tres permite codificar letras y números y crear mensajes. En 1840 Samuel F.B. Morse patentó su telégrafo eléctrico. En 1886 el primer cable de telégrafo trasatlántico con éxito conectó Europa y América. El Telégrafo creó un cambio muy profundo en las comunicaciones. Antes del telégrafo el reparto de noticias estaban ligadas a la distribución directa empleando runners, caballos o palomas mensajeras. Con el telégrafo esta atadura se dejó de lado. Es decir que revolucionó las comunicaciones a distancia.

En la Argentina se incorporó durante el gobierno de Domingo Faustino Sarmiento, quien había creado el diario La Gaceta a escasos metros de la Casa de Gobierno. La telegrafía era algo nuevo en Europa, entonces trajo aquella innovación y tres telegrafistas extranjeros que se ocuparon de transmitir todas las noticias de actualidad nacional, desde la redacción hacia la sede del Gobierno. En un comienzo el sistema era distinto al que se conoció popularmente. Se disponía de un aparato que se denominaba la «rica» el cual percibía las señales enviadas y marcaba los puntos o rayas en un papel que giraba en torno a un cilindro. El operador, finalizada la recepción, cortaba ese papel para luego descifrar el mensaje. Conjuntamente con el perfeccionamiento, el Telégrafo fue llegando a distintas partes de la provincia y extendiéndose a medida que se avanzaba en el territorio aborigen. Durante la Campaña al Desierto se amplió a la línea de Fortines.

Puede decirse que en Carhué el telégrafo estuvo desde la época de su fundación, ya que llegó con los soldados de Levalle. De ahí el nombre de «Camino del Hilo» que se le da a la Ruta que lleva a nuestra ciudad. Los recuerdos del último Jefe del Telégrafo No tengo presente nombres anteriores, pero guardo en mi memoria al Jefe de Telégrafo José Ramudsen.

Yo ingresé en la Estación local en el año 1954 a los catorce años. Fue por elección, ya que no había muchas disponibilidades laborales y al hacer un llamado a interesados o aficionados de la localidad, decidí presentarme para aprender. Estaba de Jefe en aquella época Alberto Regino Robilotte. Eramos varios haciendo la capacitación, y debo reconocer que no era fácil. Había que aprender muy bien el alfabeto Morse, educar el oído para transmitir y recibir mensajes. Me adapté muy bien, porque obviamente me gustaba, y quedé como empleado. Con el tiempo, tuve la posibilidad de llegar a la categoría de Jefe, previo a haber rendido un examen en La Plata, en el que salí aprobado. La red a la que pertenecíamos unía Carhué, Guaminí, Bonifacio, Daireaux, Urdampilleta y Bolívar y de allí se retransmitía por radio, también por el Código Morse, a La Plata. Por el Sur, la línea se comunicaba con Puan, Saavedra, Tornquist, Saldungaray y Bahía Blanca. Por lo tanto la comunicación se hacía específicamente con esas ciudades. Si era necesario mandar un telegrama a otra localidad, se hacía una conexión con la línea de Telégrafo del Correo que poseía la línea en el orden Nacional. Lo mismo se hacía con el telégrafo del Ferrocarril. Cuando teníamos un telegrama a una localidad que pertenecía a la línea de ellos, los mensajeros del Telégrafo de la Provincia lo enviábamos por ese medio, a través de arreglos internos, pagando en ventanilla de esa empresa el costo correspondiente.

El Telégrafo de Carhué tenía la categoría de «estación trasladora». Cada tantos kilómetros la potencia del mensaje se va perdiendo. En consecuencia los mensajes eran realimentados automáticamente por las trasladoras, como por ejemplo la nuestra, Saavedra y otras estaciones puntuales, para poder llegar a destino con la fuerza necesaria. Los aparatos que disponía la oficina eran un «sonador» que se componía de dos bobinas, con un martillo arriba con cinco conexiones, el cual emitía el sonido transmitido desde otra estación. Era en realidad el aparato que «hablaba». El operador escuchaba ese sonido, ejecutado en Código Morse, y lo interpretaba como un verdadero lenguaje. El otro aparato se llamaba «manipulador» mediante éste, con el mismo sistema, se transmitían los mensajes. Esta oficina dependía del Gobierno de la Pcia. de Buenos Aires. Por este motivo el Banco Provincia efectuaba la mayoría de sus operaciones a través del servicio. También el Ministerio de Educación manejaba sus movimientos a través de la telegrafía: licencias, renuncias, nuevos cargos. El Vivero Provincial también hacía uso de este medio para comunicarse con el Ministerio de Asuntos Agrarios. La policía era otro gran usuario. Recibíamos telegramas desde Bahía Blanca donde estaba la jefatura. Eran mensajes muy extensos, sobre todo aquellos referidos a secuestros de automotores y todas las estaciones de la línea los recepcionaban y enviaban a su Comisaría.

Era muy común los cortes de la línea, sobre todo después de una tormenta. Disponíamos de un «guardahilos», trabajo que durante mi período lo hacía Luis Betz, quien recorría toda la línea a caballo hasta encontrar la rotura. Hay que tener en cuenta que el tendido era el original, nunca se había reemplazado desde su instalación durante la Campaña al Desierto y cruzaba a través de campos particulares, ya que en la época que se diseñó no había prácticamente nada, era la pampa limpia sin caminos ni referencias. El Telégrafo Provincial era el preferido de la comunidad porque se consideraba más rápido, ya que dentro de la Provincia estaba más agilizado el envío a destino. El nuestro fue el Telégrafo histórico del país, el primer tendido; años después se hizo el tendido de la línea del Telégrafo Nacional que funciona en el Correo, quien utilizó, años más tarde, la línea de Entel.

¡¡¡Telegrama!!!

El uso del servicio por parte de los particulares era masivo. Al ser una ciudad chica había un contacto fluido con el cliente. En casos de gravedad, la gente nos pedía por favor que se lo hiciéramos llegar rápido, porque, era sabido, había muchos problemas en la línea y no se podía transmitir rápido; pero siempre se hacía lo posible. Durante la temporada turística el telégrafo era fundamental. Después aparecieron otros medios más prácticos. Si bien durante el año el personal era de dos empleados en la oficina de Carhué, durante el verano se incorporaban más mensajeros para atender Villa Epecuén. Llegaban hasta allá en bicicleta o en micro. Los hoteleros eran grandes clientes: traían el paquete de todos sus huéspedes, los dejaban para el envío y al otro día se les cobraba. Con posterioridad, aproximadamente en el año 1968 y con la colaboración del Municipio, se tendió una línea hasta Epecuén, dada la importancia del movimiento turístico. Se instaló junto al Destacamento Policial y a la Unidad Sanitaria. Funcionaba solamente en los meses de verano con personal propio, pero provenientes de otras localidades y con viáticos asignados. La transmisión desde Epecuén era variable, a veces se emitían a Carhué y desde acá se enviaban a destino.

En esa época solían juntarse setenta, ochenta o cien telegramas por día... era devastador para quienes operábamos el aparato. Existían diversos tipos de telegramas. Los más recordados eran los telegramas ‘de lujo’ que se utilizaban para ocasiones muy especiales como casamientos, cumpleaños y aniversarios. Para ellos se usaba un formulario especial en papel de color amarillo o rosa, con la imagen impresa en línea de agua de los hilos y postes del telégrafo. También eran muy empleados los telegramas ‘de Luto’ para casos de fallecimiento donde se enviaba el pésame a los deudos. Teníamos además, un formulario ‘oficial’ que estaba destinado para los comunicados al Jefe de Policía, para el Gobierno Municipal o distintas dependencias oficiales».

Secretos del oficio

Era éste un trabajo que exigía mucha coordinación, ya que, por tratarse de una línea única, podían transmitirse mensajes de a uno por vez. Vale decir, mientras transmitía la estación de Saavedra, desde acá no se podía hacer, porque interrumpíamos su transmisión. Por lo tanto, había que estar atento para cuando la línea quedara libre, comenzar con nuestra transferencia. Teníamos la obligación de otorgar preferencia a aquellos telegramas que trataran temas de enfermedades, de urgencias de viajes. Por ser una localidad turística, la sede de Carhué contaba con cierta prioridad en el envío de mensajes. Por tal motivo había una intercomunicación entre las estaciones en la que nos consultaban a Carhué, por si teníamos envíos importantes, previo a usar la línea. En nuestra zona (Carhué, Puan Saavedra) disponíamos de una sola línea (un solo hilo), pero a partir de Saavedra hacia Bahía Blanca se había dispuesto el tendido de tres o cuatro hilos en el mismo poste, razón por la cual se podía transmitir en simultáneo tres mensajes a la vez, por ejemplo. Con el tiempo fue evolucionando, aparecieron nuevos sistemas, como el llamado ‘Citran’, luego el VHF.

El adiós

En el año 1979 cerró sus puertas para siempre la oficina de Telégrafo. En ese momento se estaban por incorporar equipos nuevos adquiridos en Holanda con una tecnología muy superior. Lamentablemente no alcanzamos a verlos porque la orden fue terminante. El cierre fue simultáneo en toda la Provincia de Buenos Aires, dejando desocupados a dos mil quinientos empleados, los cuales fueron indemnizados no de la mejor manera. La Oficina de Telégrafo de Carhué desapareció de nuestra historia de la noche a la mañana. Cayeron sus persianas. Mobiliario y enseres fueron distribuidos por distintas dependencias locales (la Sociedad Italiana guardó el mostrador, las sillas y percheros se ubicaron en el Centro de Jubilados, la documentación y papelería en el Archivo Municipal, los aparatos al Museo Regional), el edificio que ocupaba se vendió y se construyó una oficina particular borrando todo vestigio de su existencia. Es notorio, pero esta dependencia ya ni permanece siquiera en la memoria de los carhuenses. Se perdió para siempre.

No queda fotografía alguna ni mayores datos al respecto. Los postes de la histórica línea fueron eliminados, porque obviamente su trazado molestaba en los campos; los cables de cobre fueron hurtados o vendidos. Algunos pocos postes inclinados quedan, como testimonio, al margen de la Ruta Nacional 33, llegando a Bahía Blanca. El telégrafo se fue. Desapareció definitivamente, dejando un halo de nostalgia de tiempos que no volverán. Se fue, junto a la calidez de un pueblo inocente, las miles de anécdotas nacidas en las baldosas de sus veredas, el trinar inconfundible de los pájaros en noviembre, los irreemplazables frutos violetas de los ligustrones de la plaza...  

Herón Canaan, último Jefe del Telégrafo de la Pcia. de Bs. As., frente al edificio de la Suc. Carhué. Año 1965.
















El diario ABC publicó el lunes 4 de agosto de 2008 un interesante artículo, firmado por Mabel Amado, sobre las torres del telégrafo óptico existentes en la Comunidad Autónoma de Madrid, su estado actual de conservación y la rehabilitación efectuada en las de Araganda del Rey y Monteredondo.

Podeis acceder a la versión publicada en la edición digital del diario pinchando en el enlace
el-correo-electronico-del-siglo-xix_803614385580.html


Más bajo encontrareis el recorte del artículo en la edición escrita del diario.













El sábado, telegrafistas del mundo celebraron su día; en Bogotá hubo 200 en los años 50




Con el mentón cerca a una de sus manos, Héctor Díaz demuestra que no sufrió del calambre del telegrafista, afección propia del gremio. Dos viejos artesanos en el arte de transcribir mensajes en clave morse aprovecharon para traer de nuevo lo mejor de su repertorio en cuanto a memorias y anécdotas de aquella época.

En los años 80 el telégrafo firmó su carta de defunción. Con él se fueron al olvido cientos de telegrafistas de provincia y otros que, como Héctor Díaz y Eugenio Maza, prestaron sus servicios en la Central de Telégrafos de Bogotá, cuando funcionó en el edificio Murillo Toro, en pleno centro de la ciudad.

Héctor es un hombre riguroso y de buen comer que nació hace 77 años en Capitanejo (Santander). Desde joven ejerció la telegrafía y, por su buen desempeño al frente del aparato de comunicación inventado en 1845 por el estadounidense Samuel Finley Breese Morse, fue trasladado a la capital. Llegó en 1955 cuando el jefe de la Central de Telégrafos era Pedro Celestino Bohórquez. En ese entonces en esta oficina se recibían comunicaciones de corresponsales de todo el país. "Fusagasugá era la línea más congestionada, pero la empresa tenía buenos empleados que facilitaban la tarea", confiesa Díaz, mientras simula en el aire la manera como activaba el manipulador y paraba la oreja siempre pegada al sonante.

Por su parte, Eugenio Maza es un cartagenero buen conversador y dueño de un don cada vez más escaso: el de la palabra. Como ninguno, conoce la historia de la telegrafía en Colombia y relata que en 1873 se estableció en Bogotá la Escuela de Telegrafía para hombres, bajo la Dirección General de Correos, dependencia de la Secretaría de Guerra y Marina. "Otro hecho curioso fue la construcción del edificio Murillo Toro, en la carrera Séptima entre calles 12A y 13. En este lugar funcionó durante mucho tiempo el colonial Claustro de Santo Domingo, y para desarrollar su edificación se creó una sobretasa de medio centavo que después se incrementó a un centavo", señala Maza.

El amor en morse

Cuando el telégrafo era uno de los sistemas de comunicación más utilizados, las parejas de novios no dudaron en utilizarlo para expresar sus sentimientos a kilómetros de distancia. Para ahorrar palabras, pues cada una costaba dos pesos, se volvió de uso corriente,el uso de abreviaturas. La más célebre fue la de abracaribes, que reducía a pocas letras la frase: abrazos, caricias y besos. Fue famoso el telegrama enviado por dos humildes campesinas boyacenses llamadas Mercedes, de cariño Mechas y Nepomucena, de cariño Puna, que al final de un mensaje y para ahorrar caracteres firmaron su comunicación con la abreviatura de sus nombres. Se leía en letras de imprenta: Mechupouna.

Algunos telegrafistas quedaban en silencio cada vez que recibían un mensaje coronado con el acrónimo: MintelégrafosBogotá. Era la señal de que a su destinatario lo habían declarado insubsistente. 365 los pesos que recibía mensualmente un telegrafista en Bogotá en los años 50. Había dos turnos: 8 a.m a 1 p.m y 7 p.m a 10 p.m.

Telegramas curiosos

En una empresa de la magnitud del telégrafo, no todos los operarios adquirían la misma destreza. La alteración de mensajes estuvo a punto de causar tragedias. Presentamos algunos ejemplos:

En una ocasión le llegó un telegrama al Alcalde de Moniquirá (Boyacá), que causó estupor. El mensaje decía: "Alcalde Moniquirá. Si es hombre valor confianza pegue tiro gobernador. Fdo. Ministro Guerra." Preocupado el Alcalde ante semejante orden perentoria se dirigió a la empresa de telégrafos con el propósito de que le confirmaran semejante mensaje. Días después llegó el mensaje solicitado. "Alcalde Moniquirá. Si es conforme valor fianza pague giro. Servidor. Fdo. Mamerto Guerra."

El siguiente telegrama le fue enviado al general Rafael Reyes por un miembro del Concejo Municipal de la provincia de Gómez Méndez, en Antioquia. "El general Reyes debe mandar mientras viva. Y en caso de muerte, sus huesos deben ser embalsamados y conservados en Palacio para terror y espanto de sus enemigos y contrarios".

FABIÁN FORERO BARÓN
REDACTOR DE EL TIEMPO





























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Juan Bautista Codina Bas publicó, hace unos meses, el libro “Jaime González Castellano. El médico que soñó Fontilles (Xábia 1832-1917)”, y se encontró, entre las figuras que acompañaban al biografiado, a  tres telegrafistas, su hijo, su hija y su consuegro. Esto motivó que se interesara por el tema telegráfico y acaba de publicar el artículo que reproducimos y anuncia que esta preparando otros que expliquen como los cables submarinos establecieron la relación entre Xábia y el telégrafo.



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