Aquí aparecerán diferentes artículos o reseñas que la Prensa escrita, tanto nacional como internacional, ha ido publicando a lo largo de los años sobre los servicios telegráficos o sus figuras más representativas, con su material gráfico correspondiente, colocados desde el más antiguo al más moderno.
ASUNTOS NACIONALES
Los
telegrafistas
Análogas necesidades que en el Correos se
sienten en nuestro servicio de Telégrafos; éste, como aquel, crece y prospera
con positivo beneficio de la vida nacional. La época presente exige a todas las
actividades una perentoriedad extraordinaria. La carta no basta para satisfacer
las ansias del ajetreo moderno. Las órdenes del comercio, de la industria, de
toda suerte de negocios, no puede aguardar a que las lleva bajo sobre el tren;
piden el transporte vertiginoso del vuelo, y con los de la electricidad
circulan por el país, acrecentando su poderío.
Da buena cuenta de lo que España ansía y
agradece las reformas de telecomunicación el entusiasmo con que las provincias
acogen el proyecto de telefonía nacional y el éxito felicísimo de los despachos
comerciales, en los que la producción y el consumo encuentran eficaz recurso
para su fecunda actividad.
Las transmisiones telegráficas y
telefónicas aumentan de manera prodigiosa; pero no crecen con la misma proporción
los medios para realizarlas. El manantial es cada vez mayor; pero como los
cauces no se ensanchan, las aguas se desbordan y son los telegrafistas quienes
padecen las consecuencias de las inundaciones; los telegrafistas, que no
constituyen legión, ni mucho menos, aunque si bien se mira dado el número de
hojas que pasan por los atriles de los aparatos y el de los telegramas que se
reciben, debieran, en efecto, formar numeroso ejército cuantos se esfuerzan
para que en la vida humana se borren las distancias.
Los telegrafistas facultativos son hoy en
España 2.633, y para que el servicio se cumpliera con holgura serían precisos
mil más. No se crea que si el personal es escaso y no está bien retribuido la
justicia que abandonó a los hombres se ha inclinado a favorecer las cosas, es
decir, el material, lo que tanto importa en el telégrafo y el teléfono. No es
así; las líneas han mejora mucho, pero se padecen todavía escaseces y
deficiencias, de que hablaré en otra ocasión, ya que en la presente solo de los
telegrafistas y sus auxiliares he de tratar. De la escasez en el personal da
cuenta el detalle de que están construidas y sin funcionar por falta de
Oficiales bastantes estaciones; los representantes de los distritos piden que
en los suyos hayan los necesario telégrafos, y los más han de quedarse con las
ganas, pues si el alambre está por las nubes, que es demasiada altura, los
telegrafistas que andan por la tierra de España son bastantes menos de los que
se necesitan.
El Cuerpo facultativo de Telégrafos se compone
de 2.633 funcionarios como quedó dicho. Apartemos al Inspector General, a los
cinco Inspectores, los 15 Jefes de Centro, los 30 de Sección, que cobran
sueldos considerables cuando ya llevan mucho tiempo de peinar canas, y digamos
en seguida, probándolo con números, que los demás reciben remuneraciones tan
mezquinas como las consagradas al elemento postal.
Se convocan oposiciones para Telégrafos y
se pide a la juventud que a ellas acuda mucha ciencia; han de adquirir los
aspirantes caudal copioso de Matemáticas, de Física, de Química, para luego
percibir mensualmente veintidós duros y medio los Oficiales quintos que forman
en la escala y 29 duros los 785 Oficiales cuartos. Lo más florido de la
juventud se invierte en esas categorías cuarta y quinta, tras de las cuales
están otros que tampoco pueden satisfacer las necesidades de un hogar moderno.
Quedamos, pues, en que el servicio de
Telégrafos español se hace con 206 Jefes y 2.427 Oficiales, a los cuales
auxilian 24 mecánicos, 681 empleados femeninos y 116 funcionarios de
Contabilidad. Los Auxiliares femeninos y de Contabilidad tienen sueldos
miserables de 1.000 y 1.250 pesetas. En la escala de Contabilidad se asciende
con suma lentitud; algunos de los que en ella envejecen pueden disfrutar al fin
de la vida 4.000 pesetas al año, con el implacable descuento que marca la ley.
Así se explica que buena parte del personal auxiliar, que debía estar en las
estaciones limitadas, donde se necesita para cubrir puestos secundarios, lucha
siempre con el fin de permanecer en las grandes ciudades, con notorio daño para
la buena marcha del servicio.
Y es natural que así suceda; cuando el
sueldo es ruin se toma, no por pago de una obligación, sino como complemento de
otros ingresos, y lo mal pagado, a la postre queda mal servido, sin la afección
y la quietud que inspiran, cuando se gozan, las cumplidas satisfacciones.
Es aniquilador el esfuerzo de cuantos al
pie de los aparatos envían y reciben las palabras que de un lado a otro corren
por los conductores. El aparato no duerme, no descansa; esclaviza a su
servidor, se apodera de sus nervios, le sujeta con tiranía brutal, le obliga a
que olvide cuanto pueda ligarle a la vida, y solo le concede reposo después de
noches o días enteros transcurridos en continua atención al lado del duro banco
de las galeras eléctricas, en las que son como remos los manipuladores del
Morse o los tecleos del Hughes.
Un ejemplo, para probar bien lo intenso
del trabajo de los telegrafistas.
El ejemplo nos lo proporciona la Central
de Madrid, donde el servicio está distribuido en cuatro turnos: uno, de ocho de
la mañana a dos de la tarde; otro de dos de la tarde a ocho de la noche, y
otros dos, de ocho de la noche a ocho de la mañana, servidos en dos grupos de
días pares y de días impares. Hace tres años los Oficiales de guardia empezaban
a retirarse a las diez de la noche y rara vez quedaban en la sala más de seis u
ocho al sonar las tres de la madrugada. Actualmente todo el turno se retira a
las siete de la mañana, porque precisamente en la madrugada es cuando se
intensifica el servicio, que ha crecido prodigiosamente. En el primer trimestre
de 1915 el número de transmisiones en Madrid pasó a 23.000 diarias. En el
cuatrimestre primero de este año la cifra ha pasado de 27.000. En Madrid, dentro
de la sala de aparatos, hay en las veinticuatro horas del día 285 funcionarios
y faltan 166, porque los precisos serían 451. Así están nuestros telegrafistas.
El servicio no produce dinero al Estado;
pero en cambio le proporciona otros grandes beneficios.
El telégrafo, como el teléfono, es el
medio mas eficaz del Gobierno. El ministro en su despacho percibe todas las
palpitaciones de la nación, y puede asegurarse que no hay momento en todos los
que componen la totalidad del Tiempo en que no existan muchas comunicaciones
oficiales mediante el telégrafo. Los gobernadores civiles lo emplean de
continuo, como es natural. Todas las dependencias lo utilizan.
El Correo le usa, como es lógico, para
completar servicios suyos, tales como el giro, y además la Prensa, el comercio,
la industria, se valen de él mediante precios ínfimos, que deben ser así de
humildes, porque esta humildad hace grandes a la cultura y a la producción
española.
Si el Telégrafo tasase sus servicios
gratuitos proporcionaría grandes provechos materiales a la patria. Pero sin
ellos devuelve con creces el dinero en él invertido, porque ayuda a crear
riqueza, y se le debe mayor auxilio, porque no está bien que se diga a unos
cuantos millares de hombres que estudien para convertirse en víctimas irredimibles
del empleo que apetecieron para sostener su vida.
J. FRANCOS RODRIGUEZ(*) Director general de Comunicaciones
(*) Periodista bajo el pseudónimo de "Juan Palomo", Directror del "Heraldo de Madrid", "La Justicia" y "El Globo", Alcalde de Madrid en dos ocasiones, Gobernador Civil de Barcelona, Director general de Correos y Telégrafos, Ministro de Instrucción Pública y de Gracia y Justicia, prolífico escritor de obras de medicina, teatro, literatura, ensayos, política, académico de la Española, y Presidente de la Asociación de la Prensa, cargo que ostentaba cuando falleció.
Nuevo párrafo
La Magia del Telégrafo
Carhué, como tantas ciudades argentinas
disponía de una Oficina de
Telégrafo, que fue centro de la
comunicación gubernamental, económica y
social durante muchos años. El servicio
desapareció inexplicablemente en el
año 1979, cerrando una etapa que muy
pocos recuerdan.
Haciendo un poco de historia
El código Morse es una convención para la
representación de letras y
números, que puede llevarse a la práctica
por medio de pulsaciones
eléctricas de diversa longitud, o
mediante cualquier otro tipo de señal
mecánica o visual, tal como el centelleo
luminoso periódico. Para ello se
establecen señales de corta duración
llamadas puntos, otras de larga
duración designadas como rayas, y
espacios que las separan. La
combinación de los tres permite codificar
letras y números y crear
mensajes.
En 1840 Samuel F.B. Morse patentó su
telégrafo eléctrico. En 1886 el
primer cable de telégrafo trasatlántico
con éxito conectó Europa y América.
El Telégrafo creó un cambio muy profundo
en las comunicaciones. Antes del
telégrafo el reparto de noticias estaban
ligadas a la distribución directa
empleando runners, caballos o palomas
mensajeras. Con el telégrafo esta
atadura se dejó de lado. Es decir que
revolucionó las comunicaciones a
distancia.
En la Argentina se incorporó durante el
gobierno de Domingo Faustino
Sarmiento, quien había creado el diario
La Gaceta a escasos metros de la
Casa de Gobierno. La telegrafía era algo
nuevo en Europa, entonces trajo
aquella innovación y tres telegrafistas
extranjeros que se ocuparon de
transmitir todas las noticias de
actualidad nacional, desde la redacción hacia
la sede del Gobierno.
En un comienzo el sistema era distinto al
que se conoció popularmente. Se
disponía de un aparato que se denominaba
la «rica» el cual percibía las
señales enviadas y marcaba los puntos o
rayas en un papel que giraba en
torno a un cilindro. El operador,
finalizada la recepción, cortaba ese papel
para luego descifrar el mensaje.
Conjuntamente con el perfeccionamiento,
el Telégrafo fue llegando a
distintas partes de la provincia y
extendiéndose a medida que se avanzaba
en el territorio aborigen. Durante la
Campaña al Desierto se amplió a la
línea de Fortines.
Puede decirse que en
Carhué el telégrafo estuvo desde la
época de su fundación, ya que llegó con
los soldados de Levalle. De ahí el
nombre de «Camino del Hilo» que se le da
a la Ruta que lleva a nuestra
ciudad.
Los recuerdos del último Jefe del
Telégrafo
No tengo presente nombres anteriores,
pero guardo en mi memoria al Jefe
de Telégrafo José Ramudsen.
Yo ingresé en
la Estación local en el año 1954
a los catorce años. Fue por elección, ya
que no había muchas
disponibilidades laborales y al hacer un
llamado a interesados o aficionados
de la localidad, decidí presentarme para
aprender. Estaba de Jefe en aquella
época Alberto Regino Robilotte. Eramos
varios haciendo la capacitación, y
debo reconocer que no era fácil. Había
que aprender muy bien el alfabeto
Morse, educar el oído para transmitir y
recibir mensajes.
Me adapté muy bien, porque obviamente me
gustaba, y quedé como
empleado. Con el tiempo, tuve la
posibilidad de llegar a la categoría de Jefe,
previo a haber rendido un examen en La
Plata, en el que salí aprobado.
La red a la que pertenecíamos unía
Carhué, Guaminí, Bonifacio, Daireaux,
Urdampilleta y Bolívar y de allí se
retransmitía por radio, también por el
Código Morse, a La Plata.
Por el Sur, la línea se comunicaba con
Puan, Saavedra, Tornquist,
Saldungaray y Bahía Blanca.
Por lo tanto la comunicación se hacía
específicamente con esas ciudades. Si
era necesario mandar un telegrama a otra
localidad, se hacía una conexión
con la línea de Telégrafo del Correo que
poseía la línea en el orden Nacional.
Lo mismo se hacía con el telégrafo del
Ferrocarril. Cuando teníamos un
telegrama a una localidad que pertenecía
a la línea de ellos, los mensajeros
del Telégrafo de la Provincia lo
enviábamos por ese medio, a través de
arreglos internos, pagando en ventanilla
de esa empresa el costo
correspondiente.
El Telégrafo de Carhué tenía la categoría
de «estación trasladora». Cada
tantos kilómetros la potencia del mensaje
se va perdiendo. En consecuencia
los mensajes eran realimentados
automáticamente por las trasladoras,
como por ejemplo la nuestra, Saavedra y
otras estaciones puntuales, para
poder llegar a destino con la fuerza
necesaria.
Los aparatos que disponía la oficina eran
un «sonador» que se componía de
dos bobinas, con un martillo arriba con
cinco conexiones, el cual emitía el
sonido transmitido desde otra estación.
Era en realidad el aparato que
«hablaba». El operador escuchaba ese
sonido, ejecutado en Código Morse, y
lo interpretaba como un verdadero
lenguaje. El otro aparato se llamaba
«manipulador» mediante éste, con el mismo
sistema, se transmitían los
mensajes.
Esta oficina dependía del Gobierno de la
Pcia. de Buenos Aires. Por este
motivo el Banco Provincia efectuaba la
mayoría de sus operaciones a través
del servicio. También el Ministerio de
Educación manejaba sus movimientos
a través de la telegrafía: licencias,
renuncias, nuevos cargos.
El Vivero Provincial también hacía uso de
este medio para comunicarse con
el Ministerio de Asuntos Agrarios.
La policía era otro gran usuario.
Recibíamos telegramas desde Bahía Blanca
donde estaba la jefatura. Eran mensajes
muy extensos, sobre todo aquellos
referidos a secuestros de automotores y
todas las estaciones de la línea los
recepcionaban y enviaban a su Comisaría.
Era muy común los cortes de la línea,
sobre todo después de una tormenta.
Disponíamos de un «guardahilos», trabajo
que durante mi período lo hacía
Luis Betz, quien recorría toda la línea a
caballo hasta encontrar la rotura.
Hay que tener en cuenta que el tendido
era el original, nunca se había
reemplazado desde su instalación durante
la Campaña al Desierto y cruzaba
a través de campos particulares, ya que
en la época que se diseñó no había
prácticamente nada, era la pampa limpia
sin caminos ni referencias.
El Telégrafo Provincial era el preferido
de la comunidad porque se
consideraba más rápido, ya que dentro de
la Provincia estaba más agilizado
el envío a destino. El nuestro fue el
Telégrafo histórico del país, el primer
tendido; años después se hizo el tendido
de la línea del Telégrafo Nacional
que funciona en el Correo, quien utilizó,
años más tarde, la línea de Entel.
¡¡¡Telegrama!!!
El uso del servicio por parte de los
particulares era masivo. Al ser una
ciudad chica había un contacto fluido con
el cliente. En casos de gravedad,
la gente nos pedía por favor que se lo
hiciéramos llegar rápido, porque, era
sabido, había muchos problemas en la
línea y no se podía transmitir rápido;
pero siempre se hacía lo posible.
Durante la temporada turística el
telégrafo era fundamental. Después
aparecieron otros medios más prácticos.
Si bien durante el año el personal era de
dos empleados en la oficina de
Carhué, durante el verano se incorporaban
más mensajeros para atender
Villa Epecuén. Llegaban hasta allá en
bicicleta o en micro.
Los hoteleros eran grandes clientes:
traían el paquete de todos sus
huéspedes, los dejaban para el envío y al
otro día se les cobraba.
Con posterioridad, aproximadamente en el
año 1968 y con la colaboración
del Municipio, se tendió una línea hasta
Epecuén, dada la importancia del
movimiento turístico. Se instaló junto al
Destacamento Policial y a la Unidad
Sanitaria. Funcionaba solamente en los
meses de verano con personal
propio, pero provenientes de otras
localidades y con viáticos asignados.
La transmisión desde Epecuén era
variable, a veces se emitían a Carhué y
desde acá se enviaban a destino.
En esa
época solían juntarse setenta,
ochenta o cien telegramas por día... era
devastador para quienes
operábamos el aparato.
Existían diversos tipos de telegramas.
Los más recordados eran los
telegramas ‘de lujo’ que se utilizaban
para ocasiones muy especiales como
casamientos, cumpleaños y aniversarios.
Para ellos se usaba un formulario
especial en papel de color amarillo o
rosa, con la imagen impresa en línea
de agua de los hilos y postes del
telégrafo.
También eran muy empleados los telegramas
‘de Luto’ para casos de
fallecimiento donde se enviaba el pésame
a los deudos.
Teníamos además, un formulario ‘oficial’
que estaba destinado para los
comunicados al Jefe de Policía, para el
Gobierno Municipal o distintas
dependencias oficiales».
Secretos del oficio
Era éste un trabajo que exigía mucha
coordinación, ya que, por tratarse de
una línea única, podían transmitirse
mensajes de a uno por vez. Vale decir,
mientras transmitía la estación de
Saavedra, desde acá no se podía hacer,
porque interrumpíamos su transmisión. Por
lo tanto, había que estar atento
para cuando la línea quedara libre,
comenzar con nuestra transferencia.
Teníamos la obligación de otorgar
preferencia a aquellos telegramas que
trataran temas de enfermedades, de
urgencias de viajes.
Por ser una localidad turística, la sede
de Carhué contaba con cierta
prioridad en el envío de mensajes. Por
tal motivo había una
intercomunicación entre las estaciones en
la que nos consultaban a Carhué,
por si teníamos envíos importantes,
previo a usar la línea.
En nuestra zona (Carhué, Puan Saavedra)
disponíamos de una sola línea
(un solo hilo), pero a partir de Saavedra
hacia Bahía Blanca se había
dispuesto el tendido de tres o cuatro
hilos en el mismo poste, razón por la
cual se podía transmitir en simultáneo
tres mensajes a la vez, por ejemplo.
Con el tiempo fue evolucionando,
aparecieron nuevos sistemas, como el
llamado ‘Citran’, luego el VHF.
El adiós
En el año 1979 cerró sus puertas para
siempre la oficina de Telégrafo. En
ese momento se estaban por incorporar
equipos nuevos adquiridos en
Holanda con una tecnología muy superior.
Lamentablemente no alcanzamos
a verlos porque la orden fue terminante.
El cierre fue simultáneo en toda la
Provincia de Buenos Aires, dejando
desocupados a dos mil quinientos
empleados, los cuales fueron indemnizados
no de la mejor manera.
La Oficina de Telégrafo de Carhué
desapareció de nuestra historia de la
noche a la mañana. Cayeron sus persianas.
Mobiliario y enseres fueron
distribuidos por distintas dependencias
locales (la Sociedad Italiana guardó
el mostrador, las sillas y percheros se
ubicaron en el Centro de Jubilados, la
documentación y papelería en el Archivo
Municipal, los aparatos al Museo
Regional), el edificio que ocupaba se
vendió y se construyó una oficina
particular borrando todo vestigio de su
existencia.
Es notorio, pero esta dependencia ya ni
permanece siquiera en la memoria
de los carhuenses. Se perdió para
siempre.
No queda fotografía alguna ni
mayores datos al respecto. Los postes de
la histórica línea fueron
eliminados, porque obviamente su trazado
molestaba en los campos; los
cables de cobre fueron hurtados o vendidos.
Algunos pocos postes
inclinados quedan, como testimonio, al
margen de la Ruta Nacional 33,
llegando a Bahía Blanca.
El telégrafo se fue. Desapareció
definitivamente, dejando un halo de
nostalgia de tiempos que no volverán. Se
fue, junto a la calidez de un
pueblo inocente, las miles de anécdotas
nacidas en las baldosas de sus
veredas, el trinar inconfundible de los
pájaros en noviembre, los
irreemplazables frutos violetas de los ligustrones de
la plaza...
Herón Canaan, último Jefe del Telégrafo de la Pcia. de Bs. As., frente
al edificio de la Suc. Carhué. Año 1965.
El diario ABC publicó el lunes 4 de agosto de 2008 un interesante artículo, firmado por Mabel Amado, sobre las torres del telégrafo óptico existentes en la Comunidad Autónoma de Madrid, su estado actual de conservación y la rehabilitación efectuada en las de Araganda del Rey y Monteredondo.
Más bajo encontrareis el recorte del artículo en la edición escrita del diario.
El sábado, telegrafistas del mundo celebraron su
día; en Bogotá hubo 200 en los años 50
Con el mentón cerca a una de sus manos, Héctor Díaz demuestra
que no sufrió del calambre del telegrafista, afección propia del
gremio.
Dos viejos artesanos en el arte de transcribir mensajes en clave
morse aprovecharon para traer de nuevo lo mejor de su repertorio en
cuanto a memorias y anécdotas de aquella época.
En
los años 80 el telégrafo firmó su carta de defunción. Con él se
fueron al olvido cientos de telegrafistas de provincia y otros que,
como Héctor Díaz y Eugenio Maza, prestaron sus servicios en la
Central de Telégrafos de Bogotá, cuando funcionó en el edificio
Murillo Toro, en pleno centro de la ciudad.
Héctor es un hombre riguroso y de buen comer que nació hace 77
años en Capitanejo (Santander). Desde joven ejerció la telegrafía
y, por su buen desempeño al frente del aparato de comunicación
inventado en 1845 por el estadounidense Samuel Finley Breese Morse,
fue trasladado a la capital.
Llegó en 1955 cuando el jefe de la Central de Telégrafos era
Pedro Celestino Bohórquez. En ese entonces en esta oficina se
recibían comunicaciones de corresponsales de todo el país.
"Fusagasugá era la línea más congestionada, pero la
empresa tenía buenos empleados que facilitaban la tarea",
confiesa Díaz, mientras simula en el aire la manera como activaba el
manipulador y paraba la oreja siempre pegada al sonante.
Por su parte, Eugenio Maza es un cartagenero buen conversador y
dueño de un don cada vez más escaso: el de la palabra. Como
ninguno, conoce la historia de la telegrafía en Colombia y relata
que en 1873 se estableció en Bogotá la Escuela de Telegrafía para
hombres, bajo la Dirección General de Correos, dependencia de la
Secretaría de Guerra y Marina.
"Otro hecho curioso fue la construcción del edificio Murillo
Toro, en la carrera Séptima entre calles 12A y 13. En este lugar
funcionó durante mucho tiempo el colonial Claustro de Santo Domingo,
y para desarrollar su edificación se creó una sobretasa de medio
centavo que después se incrementó a un centavo", señala Maza.
El amor en morse
Cuando el telégrafo era uno de los sistemas de comunicación más
utilizados, las parejas de novios no dudaron en utilizarlo para
expresar sus sentimientos a kilómetros de distancia.
Para ahorrar palabras, pues cada una costaba dos pesos, se volvió
de uso corriente,el uso de abreviaturas. La más célebre fue la de
abracaribes, que reducía a pocas letras la frase: abrazos, caricias
y besos.
Fue famoso el telegrama enviado por dos humildes campesinas
boyacenses llamadas Mercedes, de cariño Mechas y Nepomucena, de
cariño Puna, que al final de un mensaje y para ahorrar caracteres
firmaron su comunicación con la abreviatura de sus nombres. Se leía
en letras de imprenta: Mechupouna.
Algunos telegrafistas quedaban en silencio cada vez que recibían
un mensaje coronado con el acrónimo: MintelégrafosBogotá. Era la
señal de que a su destinatario lo habían declarado insubsistente.
365 los pesos que recibía mensualmente un telegrafista en Bogotá
en los años 50. Había dos turnos: 8 a.m a 1 p.m y 7 p.m a 10 p.m.
Telegramas curiosos
En una empresa de la magnitud del telégrafo, no todos los
operarios adquirían la misma destreza. La alteración de mensajes
estuvo a punto de causar tragedias. Presentamos algunos ejemplos:
En una ocasión le llegó un telegrama al Alcalde de Moniquirá
(Boyacá), que causó estupor. El mensaje decía:
"Alcalde Moniquirá. Si es hombre valor confianza pegue tiro
gobernador. Fdo. Ministro Guerra."
Preocupado el Alcalde ante semejante orden perentoria se dirigió
a la empresa de telégrafos con el propósito de que le confirmaran
semejante mensaje. Días después llegó el mensaje solicitado.
"Alcalde Moniquirá. Si es conforme valor fianza pague giro.
Servidor. Fdo. Mamerto Guerra."
El siguiente telegrama le fue enviado al general Rafael Reyes por
un miembro del Concejo Municipal de la provincia de Gómez Méndez,
en Antioquia. "El general Reyes debe mandar mientras viva. Y en
caso de muerte, sus huesos deben ser embalsamados y conservados en
Palacio para terror y espanto de sus enemigos y contrarios".
FABIÁN FORERO BARÓN REDACTOR DE EL TIEMPO
Nuevo párrafo
Juan Bautista Codina Bas publicó, hace unos meses, el libro “Jaime González Castellano. El médico que soñó Fontilles (Xábia 1832-1917)”, y se encontró, entre las figuras que acompañaban al biografiado, a tres telegrafistas, su hijo, su hija y su consuegro. Esto motivó que se interesara por el tema telegráfico y acaba de publicar el artículo que reproducimos y anuncia que esta preparando otros que expliquen como los cables submarinos establecieron la relación entre Xábia y el telégrafo.