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Agustín de Betancourt y Molina (1758-1824) era, propablemente, el español de mayor nivel científico de su época, y en 1794 estaba en Inglaterra comisionado por Carlos IV para adquirir aparatos para el Gabinete de Máquinas de El  Retiro, del que era director. Hombre abierto a cualquier novedad, registró la fiebre del telégrafo que, como él mismo lo dice, invadió Londres en diciembre de aquel año, como consecuencia del éxito de la primera línea de Chappe y de la réplica, también eficaz, de los propios ingleses.  

Con este motivo se informó de las características de funcionamiento del invento del  inglés Murray y de sus prestaciones. Además, la casualidad quiso que el colaborador de Chappe en la construcción de sus máquinas fuera Abraham Luis Breguet, que era muy amigo suyo, por lo que, a través de tan directo conocedor, pudo tener también informes del telégrafo francés. Estaba, pues, en magníficas condiciones de analizar ambos inventos y, por sus dotes innatas de inventor, aportar sus propias soluciones al problema.

Betancourt había estado viviendo en París de 1784 a 1791, becado por Carlos III, siendo muy conocido por las personalidades de la ingeniería y las ciencias y, por ello, cuando presentó un sistema telegráfico propio, construido en colaboración con su amigo Breguet, tuvo el respaldo suficiente para ser oído por el Gobierno de la República Francesa, a través de una Memoria presentada al Directorio  en la que se ponderaba el interés del invento, cuyo examen había sido hecho ya, con el mayor éxito, y en la que se resaltaba el aspecto económico del nuevo sistema, que resultaría sumamente barato, cifrando el coste de una línea de cincuenta estaciones en unos 300.000 francos.  

Como el sistema de Chappe ya estaba funcionando, el Gobierno francés no consideró conveniente sustituirlo por el que ofrecía Betancourt, a pesar de los elogios recibidos por éste de todas las comisiones de sabios a las que fue sometido.  

En un segundo intento obtuvo el respaldo científico más elevado que podía darse en aquel momento, ya que se encargó de realizar los ensayos el Instituto Nacional de las Ciencias y las Artes de Francia.  

La Academia de las Ciencias y el Instituto de Francia nombró una comisión  que preparó una prueba para comparar los sistemas de Betancourt y Chappe, prueba que quedó reducida a una exhibición del primero porque Chappe se negó a participar en ella..

El éxito del aparato de Betancourt y Breguet fue total y el informe, que fue leído a la Academia, lo refleja sin regatear elogios. Pero, a pesar de tan estupendos respaldos, el telégrafo de Betancourt no se implantó en Francia. Claudio Chappe, que estaba ya solidamente implantado en la Jefatura de los telégrafos, rechazó cualquier comparación entre los dos sistemas y descalificó el procedimiento de su rival sin conocerlo.  

Betancourt regresó a Madrid en diciembre de 1798 cuando Godoy había sido reemplazado por Urquijo como Primer Ministro y esta circunstancia, acompañada de los informes que el Embajador en París dio de las pruebas del telégrafo por la Academia francesa, de los que había sido testigo, parece que influyó en la decisión de Carlos IV de promover la instalación de una línea telegráfica en España. Romeu de Armas, en el opúsculo titulado “La línea telegráfica Madrid-Cádiz (1800), primera de España y segunda de Europa”, cita una Real Orden de 17 de febrero de 1799 como la que aprobó el proyecto para la instalación de dicha línea. El trayecto Madrid-Cádiz debía cubrirse con 60 ó 70 estaciones intermedias y se le asignaba un presupuesto de 1.500.000 reales y un plazo de ejecución de 20 meses. Según los datos aportados en el folleto en cuestión, en agosto de 1800 la línea estaba en pleno funcionamiento y había costado 968.000 reales. La dirección de las obras se encargó a Betancourt, así como la fabricación de los aparatos telegráficos necesarios. Para ello estableció unos talleres en las dependencias de la antigua fábrica de porcelanas de El Buen Retiro.

El sistema de Betancourt ha tenido poca fortuna, ya que Chappe consiguió silenciarlo en su tiempo y aun, con ayuda de su hermano, devaluarlo dentro de la historia de la telegrafía y de su implantación en España, que podría haber reivindicado, se ha perdido toda huella. Las escasas referencias generales que del mismo se encuentran son confusas.  

Para no contribuir a este injusto tratamiento, se incluye a continuación una descripción del sistema utilizando la que hizo la docta comisión del Instituto de Francia, según la cual:  

“Se compone de un mástil o poste vertical, en lo alto del que hay una pieza móvil que los autores llaman flecha y que se puede nombrar perfectamente aguja, puesto que son las diferentes posiciones de esta pieza, los diferentes ángulos que forma con el horizonte, los que expresan todo lo que se le quiere hacer decir al telégrafo.  

Esta aguja recibe su movimiento de un torno, situado cerca de la base del poste y a mano del observador. Además de la polea, que comunica el movimiento a la aguja, el torno mueve a otras dos, cuyo destino es comunicar un movimiento parecido a los tubos de los oculares de dos catalejos, dirigidos hacia las dos estaciones vecinas. En el centro de las lentes de los catalejos hay un hilo que divide diametralmente el campo visual en dos partes iguales. El hilo, una vez colocado paralelamente a la aguja del telégrafo, conserva necesariamente su paralelismo en todas las posiciones que se den a la aguja, ya que todos los movimientos que se corresponden se realizan por medio de cadenas sin fin, que se enrollan sobre poleas de diámetros iguales. La aguja puede describir una circunferencia completa. Los elementos de la correspondencia son ángulos desde 0 a 400 grados .

Para distinguir las dos mitades del círculo hace falta que la punta y la cola de la aguja terminen en forma diferente, y se añade a la cola un pequeño travesaño que le da la forma de una T. No es menos necesario el distinguir las dos extremidades del hilo, y en vista de ello, se coloca en la lente, pero excéntricamente, otro hilo que corta al primero en ángulo recto, y que, en cualquier movimiento que realice la máquina, debe encontrarse siempre en el mismo lado que la cola de la flecha que se observe.
 

La polea principal que está fijada al torno tiene su circunferencia dividida por tantas ranuras como ángulos diferentes se quiera formar. Un resorte, que lleva en su extremo una rueda (o punta), se apoya contra la circunferencia, y en el instante en que el observador interrumpe el movimiento, la rueda entra en una de las muescas, la máquina se para y la aguja queda fija sobre el punto al que ha sido llevada. Cada muesca lleva una letra y una cifra, y llevará igualmente cualquier otro carácter que se juzgue a propósito para sustituir las letras o las cifras en la correspondencia”.

Los inventores presentaban dos posible modelos. Uno tenía la polea dividida en 24 divisiones y otro en 36. Es decir, que podían obtenerse 24 ó 36 posiciones diferentes de la flecha. La comisión creía que con ángulos de 10 grados (centígrados serían 11-1/9) sería difícil discriminar entre signos contiguos, y por ello hicieron las pruebas, precisamente, con la división de 36 posiciones y los resultados, como se ha dicho, les satisfacieron plenamente.  

Las 36 posiciones permitían transmitir 26 letras y 10 cifras, por lo que el sistema era alfabético. Esta característica les permitía transmitir frases en latín pero, probablemente, haría lenta la operación de transmisión. Los autores insisten en que el sistema alfabético es el mejor, empleando su aparato, dada la rapidez con que se puede operar (la Comisión dice que se tardaba un promedio de 8 segundos por signo, y estiman que con operadores entrenados podría rebajarse el tiempo a 6 segundos). Sin embargo, el autor del Estudio Histórico del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, escrito en 1911, achacaba, quizá temerariamente, a esta característica alfabética del telégrafo de Betancourt su fracaso en la línea Madrid-Cádiz.  

Parece aventurada esta suposición porque el doctor Salvá, que estaba interesado en la codificación de las señales para simplificar un telégrafo eléctrico de su invención, dice (en el mismo año de 1800) que el telégrafo “que se va armando de Madrid hasta Cádiz no tiene más de nueve señales”, lo que significaría un abandono del sistema alfabético y la adopción de un tipo de codificación. Por supuesto, los autores no renunciaban a la codificación, pero recomendaban el sistema alfabético.  

En las descripciones de otros autores sobre el aparato de Betancourt se admite su funcionamiento mediante códigos, aunque hay diferencias de apreciación en cuanto al número de señales que finalmente adoptaba, que alguno fija en 8, con desplazamiento de 45º. Pero parece que ninguno ha leído la Memoria original y que todos se han fiado de la figura y han especulado sobre ella. Por eso todos dicen que el aparato de Betancourt era sumamente sencillo, que se trata de un brazo colocado en el extremo superior de un mástil que podía adoptar varias posiciones. Sin embargo, la apariencia engaña y el pararse sólo en esta parte visible de la máquina fue, probablemente, lo que equivocó a la mayoría de los que vieron el aparato de Betancourt pero no lo estudiaron.

La verdadera aportación de Betancourt es la combinación del movimiento del brazo (o flecha) del mástil con el de los oculares de los catalejos complementarios. Ello supone un sincronismo entre emisor y receptor, que es una idea absolutamente nueva y que, hasta ahora, se suponía que había sido incorporada a la telegrafía por un Breguet, nieto de su socio, quien, en realidad, no tuvo más que sustituir el movimiento mecánico del torrero por impulsos eléctricos para conseguir su telégrafo.  

Para que se vea que el proyecto de Betancourt y Bregut era mucho más avanzado que los sistemas ópticos al uso, basta considerar que tenía previsto, incluso, un procedimiento de impresión automática de los signos recibidos. Un telégrafo óptico con impresión automática parece un dislate, pero en su Memoria los autores indican que podrían adaptar fácilmente un dispositivo, de manera que los signos correspondientes a cada ranura de la polea se imprimieran, mediante tipos, en una franja de papel en el mismo orden y a medida que se fueran transmitiendo. 

A pesar de lo que afirma Romeu de Armas, la implantación real de la línea telegráfica es bastante dudosa. El Dr. Salvá escribió, en febrero de 1804, “Así pues, desde Madrid a Aranjuez, que sólo distan siete leguas y que apenas se necesitarían más de un telégrafo (de los suyos) en cada uno de estos puntos, tuvieron que armarse cuatro, y así destinar y mantener cuatro familias para el servicio de él. Considérese los que a este respecto deberían estar empleados desde Madrid a Cádiz, y aunque en todas partes no mediasen iguales circunstancias, no bajarían de treinta torres las que tuvieran que armarse. Cuando en mayo de 1799 yo salí de Madrid, calculaban a dos millones de reales el coste de dicho telégrafo, sin contar lo que costaría su manutención”. De lo cual puede deducirse que el telégrafo de Betancourt estuvo realmente implantado desde Madrid hasta Aranjuez, y que debía estarlo ya en mayo de 1799.  

Sin embargo, en el momento de escribir Salvá su Memoria, es decir cuatro años después de que, según Romeu de Armas, estuviera ya funcionando la línea completa, no disponía de noticias de dicho funcionamiento. Otras obras publicadas en años posteriores, como Tableau de l’Espagne Moderne de Jean Francois Bourgoing, amigo personal de Betancourt, habla de “la construcción de un telégrafo que desde el Buen Retiro se extiende hasta Aranjuez”, pero no da ninguna noticia de que la construcción se hubiera completado.

A la luz de lo que sucedió cincuenta años después al establecerse las líneas ópticas regulares, la preparación del personal y su entrenamiento, así como la fijación de los puntos en los que situar las torres, presentaría dificultades técnicas notables, que parece imposible que pudieran solventarse en un tiempo tan corto como el que se deduce de las fechas admitidas por el profesor Romeu de Armas.  

Por todo ello, parece que puede aceptarse que el telégrafo de Betancourt estuvo realmente funcionando entre Madrid y Aranjuez, pero no formalmente, sino en plan de ensayo. Y que no llegó a extender más allá de Aranjuez. Esto explicaría la total ausencia de huellas, tanto físicas como documentales, de la línea Madrid-Cádiz, así como la persistencia de una noticia vaga de su existencia, alimentada por testimonios de extranjeros que visitaban Madrid.