Durante medio siglo, todos los intentos
de crear una red telegráfica (Betancourt, Hurtado, Lerena y Santa
Cruz) habían sido únicamente ensayos . Algunos con éxito
demostrado e, incluso, con buena prensa, como hemos visto, pero
ninguno había calado en el ánimo de los dirigentes de la nación
con fuerza suficiente para hacer que los consideraran como asunto de
Estado, en una época políticamente turbulenta.
No obstante, cuando surgió algún tipo
de normalidad, después de los más de treinta años de situaciones
sucesivamente calamitosas, el convenio de Vergara y la proclamación
de la mayoría de edad de Isabel II dieron un poco de sosiego al
país; dentro del conjunto de medidas que, a partir de 1843, se
acometieron por los Gobiernos para modernizar la Administración,
está la definitiva puesta en marcha de un servicio telegráfico de
ámbito nacional.
Esta época de la historia de España
tiene, para los historiadores, un carácter de transición entre el
antiguo régimen, donde la Administración del Estado estaba en manos
del Rey y de sus secretarios, y el concepto del moderno Estado, en el
que la Administración se organiza por departamentos en manos de
funcionarios profesionales, bajo la dirección del Poder Ejecutivo.
Es todavía un paso previo, durante el que se van creando los
principios del entramado burocrático de un Estado moderno.
Los historiadores denominan a esta
época la década moderada y precisan su duración desde la
destitución de Salustiano Olózaga como Jefe de Gobierno, en
diciembre de 1843, hasta la caída, después de una revolución, del
conde de San Luis, en julio de 1854.
Probablemente no es una coincidencia
casual, sino un producto de las mismas circunstancias, que la
telegrafía óptica en España dure como servicio instituido el mismo
y exacto período. Se inició por un Real Decreto de primero de
marzo de 1844 y finalizó en agosto de 1857, cuando se ordenó el
abandono de las últimas torres.
Para el servicio telegráfico, el
funcionamiento por procedimientos ópticos significó un período de
transición, durante el cual se preparó tanto la organización de
una verdadera red telegráfica como la propia mentalidad de los
usuarios.
Probablemente, desde el primer momento
ofreció dudas la naturaleza del sistema telegráfico a implantar, ya
que en 1844 el telégrafo óptico tradicional, el que se sabía que
tenían en servicio la vecina Francia y otros países desde hacía
más de cincuenta años, estaba siendo desplazado por el moderno
procedimiento eléctrico.
En España no se desconocían los
inventos que en este terreno se iban produciendo . Por ejemplo, el
Boletín Oficial de Caminos, Canales y Puertos incluía, en el mismo
año de 1844, un artículo dando cuenta de los pasos de los franceses
hacia el telégrafo eléctrico y en el que se mencionaban las líneas
de este tipo que ya existían en el mundo.
También en los periódicos y revistas
de información general aparecieron noticias e incluso anuncios de
registros de patentes de aparatos de telegrafía eléctrica.
Sin embargo, la electricidad era un
elemento todavía poco conocido y, por ello, poco fiable su empleo.
Y esta desconfianza no sólo se daba en España. En París, un tal
M. Gonon, inventor de un telégrafo óptico universal y perpetuo,
mantenía una polémica con el Gobierno, al que acusaba de destinar
dinero del presupuesto (en el año 1846) al telégrafo eléctrico,
basándose sólo en «afirmaciones arbitrarias, carentes de pruebas,
y en promesas y esperanzas vagas».
Estaba dispuesto, M. Gonon, a
construir a sus expensas una línea óptica, en paralelo a la
eléctrica, para que pudiera compararse la eficacia de ambos
sistemas, y afirmaba que sería mucho más rápido y seguro el
sistema óptico.
Daba múltiples razones para dudar de
la posibilidad de que la electricidad sirviera como vehículo de
señales telegráficas y, naturalmente, proponía su invento como la
alternativa a las anticuadas torres de Chappe.
En la lista de los personajes que
presenciaron las demostraciones del telégrafo de Gonon se incluía
lo más representativo de la política y de las ciencias mundiales, y
en ella figuraban varios nombres españoles, entre ellos Martínez de
la Rosa, antiguo Presidente del Gobierno, y Subercase, Director de la
Escuela de Ingenieros de Caminos.
La polémica era conocida en España,
puesto que se había producido en revistas de actualidad y, además,
se había difundido en un folleto recogiendo parte de las
argumentaciones de M . Gonon.
Para los españoles de la época había
una telegrafía ordinaria y una telegrafía eléctrica, y no debe
extrañar que en una etapa de gobiernos conservadores se optara por
lo existente y no se entrara en aventuras eléctricas
Tampoco debe subestimarse el peso que
en esta decisión tuvo la situación de inseguridad en que sé
encontraban los caminos, a merced, muchas veces, de partidas de
guerrilleros-bandoleros. En estas circunstancias las líneas
eléctricas eran muy vulnerables, mientras que las ópticas
garantizaban una cierta seguridad con sus torres más o menos
fortificadas. Por otra parte, los españoles no eran los únicos que
adoptaban esta decisión, porque, en el mismo año de 1844, se
estableció el servicio de telegrafía óptica en Argelia, recién
conquistada por Francia.
En cualquier caso, el poner en marcha
esta etapa de transición no fue una empresa fácil, ni en el plano
político ni en el telegráfico, y, en cierto modo, ambos procesos
marcharon paralelos.
En este período se sucedieron más de
catorce gobiernos (alguno de los cuales duró escasamente tres días),
hubo varias revoluciones, varias guerras menores, tanto internas como
externas. Sin embargo, dentro de la década, hubo dos etapas más
sosegadas, que correspondieron a los gobiernos del General Narváez
(mayo de 1844 a abril de 1846, y octubre de 1847 a enero de 1951), y
fue durante estas etapas cuando se pusieron en marcha las líneas
telegráficas.
Aunque la puesta en marcha de los
telégrafos en plan nacional se llevó a cabo en la década
moderada, en realidad no había dejado de intentarse desde 1831.
Efectivamente, el Ministerio de la Gobernación encargó al Director
General de Caminos el 14 de mayo de 1837 (un año y medio después
del fracaso de Lerena) que propusiera un sistema telegráfico "para
que cuando lo exija el servicio público y las relaciones del
comercio interior, pueda dársele la extensión conveniente". Quince
días más tarde, por Real Orden de primero de junio, encargó al
mismo Director General la organización del servicio telegráfico,
porque consideraba que el existente (es decir, se admitía que
subsistía el de Lerena a los Reales Sitios) era imperfecto "por
carecer desde su origen de una organización bien calculada", y
consideraba que el medio más seguro para organizarlo mejor era "confiar su dirección al Cuerpo científico con quien tiene una
conocida analogía; tal es el de Ingenieros de Caminos, Canales y
Puertos".
Probablemente en este período, de 1837
a 1843, se iniciaron algunos trabajos encaminados a cumplir el
encargo, por lo menos algo se hablaría de ello, porque Navarro
Villoslada, en el artículo citado anteriormente, decía (en 1841): "Sabemos que se está tratando de establecer una línea telegráfica
de Madrid a Irún, siguiendo la dirección del nuevo camino real, que
debe pasar por Guadalajara y Soria. Pero atendida la escasez de
recursos con que tienen que luchar nuestros gobernantes, es de temer
que tan feliz proyecto no pueda verificarse".
Sea por la falta de recursos a que
alude el artículo o por falta de voluntad, lo cierto es que el
encargo no tuvo mucho éxito, porque siete años después, otro
Ministro de la Gobernación tenía que recordarle a otro Director
General de Caminos la existencia de aquellas reales órdenes y
pedirle "a la mayor brevedad posible el plan de telégrafos, con el
aparato y el sistema de comunicación que la Junta Consultiva haya
designado como preferible, atendidos nuestros medios y
circunstancias, acompañado el correspondiente presupuesto del coste
del primer establecimiento y el de los gastos de conservación y
servicio".
En esta ocasión, sin embargo, habían
cambiado las circunstancias políticas. Se había iniciado la etapa
de gobierno de los moderados. González Bravo estaba al frente del
Gobierno y el orden era el punto principal de su programa. Para los
moderados, el telégrafo ya no fue un asunto ambiguo de un progreso
más o menos ideal, sino un elemento necesario para mantener el orden
público (como la Guardia Civil, que por las mismas fechas se estaba
gestando). Claramente lo dice el preámbulo del Real Decreto de
primero de marzo de 1844: "Decidido el gobierno de S. M. a procurar
por cuantos medios estén a su alcance el afianzamiento del orden
público, tan necesario para que los pueblos puedan disfrutar de una
administración paternal y previsora . . .", encarga a la Dirección
General de Caminos establecer un telégrafo que una todas las
capitales de provincia y puntos notables de las costas y fronteras
con la capital del reino .
El comercio interior todavía no lo pedía,
pero el telégrafo se establecía porque lo pedía el orden público
.
Quizá por esta vinculación directa
con el orden público, el telégrafo óptico no llegó a ser nunca un
telégrafo plenamente civil. Tanto su puesta en funcionamiento como
su explotación se hicieron en régimen paramilitar, aun cuando una y
otra correspondieran a ministerios civiles.
Además, la red
telegráfica no empezó a prestar servicio a los particulares hasta
1855 (tres años después de que entraran en servicio los primeros
telégrafos eléctricos, y cuando ya había acabado la década
moderada). Pero, quizá también, por tener conciencia de que era un
instrumento de gobierno muy útil en aquella cir cunstancia, el
telégrafo se consolidó más rápidamente.
De todas formas, el éxito de la
empresa, en cierto modo sorprendente conocidos los antecedentes, y
que fue, sin duda, completo, probablemente se deba a la energía y
voluntad que pusieron en ella los dos personajes que la encabezaron.
Un testigo excepcional, Pascual Madoz,
opina que fue la amistad que existía entre Manuel Varela y Límia, a
la sazón Director General de Caminos, y José María Mathé Aragua,
inventor del sistema telegráfico, lo que permitió que triunfaran en
su cometido. Y, efectivamente, visto con la perspectiva de 150 años,
parece que las actuaciones de ambos en este tema fueron
sobresalientemente diligentes.
Manuel Varela, que era brigadier del
Cuerpo de Ingenieros del Ejército, fue encargado del establecimiento
del servicio telegráfico por ocupar el puesto de Director General de
Caminos.
Era una persona ilustrada, interesada en el estudio de su
profesión y, por ello, tenía una idea clara de la utilidad del
telégrafo en las campañas militares (algu nas muy recientes), y
estaba en condiciones inmejorables para comprender e impulsar la
empresa de poner en marcha los telégrafos civiles.
Fue nombrado Director de Caminos,
Canales y Puertos y de su disposición de actuar sin pérdida de
tiempo en el asunto del telégrafo da idea el que, dos días antes de
que el Real Decreto de primero de marzo, antes citado, apareciera
publicado en La Gaceta de Madrid (donde se publicó el día 6), envió
ya una copia del mismo, así como las dos Reales Órdenes de 1837 que
en él se citaban, a todos los ingenieros jefes de los distritos y,
de propia iniciativa, una circular en la que se exponían las líneas
generales de la red telegráfica que se deseaba. Se fijaban en ella
las tres primera líneas; se encargaba a los ingenieros la práctica
de reconocimientos del terreno previos a los replanteos; se fijaba
la distancia entre las torres; se señalaba la conveniencia de que el
trazado de las líneas estuviera cercano al de las carreteras; etc.
La última parte de la circular era una
verdadera arenga, propia de un general a sus tropas: "En este
convencimiento, y teniendo presente la extremada urgencia con que se
desea el establecimiento de las expresadas comunicaciones
telegráficas, recomiendo a V.S., y me prometo de su celo y
patriotismo y del ardiente interés de que le creo animado por el
honor del Cuerpo, que procederá por sí en la parte que le toca, y
hará proceder a los Ingenieros empleados bajo sus inmediatas
órdenes, con la mayor actividad en el desempeño meditado y completo
de las operaciones indicadas en la presente orden y con sujeción a
todo lo que en la misma se previene".
No dejó que se enfriara el tema, y a
finales del mismo mes de marzo volvió a oficiar a los jefes de
distrito anunciándoles que el Ministerio de la Gobernación había
dado órdenes a los jefes políticos de las provincias para que
permitieran la entrada a los edificios oficiales, civiles y
militares, a los ingenieros que buscaban emplazamientos para los
telégrafos ópticos, a fin de que pudieran inspeccionarlos.
Simultáneamente había convocado el
concurso para escoger el sistema telegráfico que se iba a emplear.
Concurso que se resolvió rápidamente, puesto que su fallo se
produjo por Real Orden de 29 de septiembre, que apareció en La
Gaceta de Madrid el dos de octubre de 1844.
Varela Límia debía conocer bien a
Mathé y tuvo la idea, que se revelaría extraordinariamente eficaz,
de confiar al propio autor del proyecto ganador su puesta en marcha
y, por ello, con la misma fecha del 29 de septiembre, se comunicó,
de Real Orden, al Ministro de la Guerra, que el Coronel Mathé,
«conforme con lo dispuesto por el Director General de Caminos»,
pasaba a ocuparse de la instalación de la línea Madrid-Irún, a las
órdenes del propio Director General.
Tres días después de la publicación
de la Real Orden en La Gaceta, el 5 de octubre, se contrató el que
sería el primer empleado del telégrafo, un escribiente asignado
ex-profeso a la "Comisión de Telégrafos".
José María Mathé fue desde el primer
momento el gestor ideal: infatigable, decidido y enérgico . Su
formación le predisponía. Había conocido los trabajos de Lerena,
ya que éste le citaba como persona que había colaborado en su
empresa, en su Exposición al Consejo de Ministros. Formó parte de
la Comisión encargada de levantar el mapa topográfico de España,
lo que significaba que conocía directamente el terreno por el que
iban a discurrir las líneas telegráficas. Había estado al frente
de obras públicas, ya que, en 1833, tuvo a su cargo las
fortificaciones de Castro Urdiales y conocía, por tanto, los
problemas de las torres, mitad fortaleza mitad habitación. Su larga
carrera militar y su grado de coronel le daban una experiencia y un
ascendiente de gran utilidad para manejar a un personal que tendría
que trabajar en condiciones muy duras y que se preveía de origen
mayoritariamente militar.
Tampoco Mathé era hombre que gustara
de perder el tiempo. Así puede verse que, aunque hasta el 16 de
junio de 1845 no se aprobaron los presupuestos y los planos de las
torres de la línea de Irún, la contratación de los primeros cuatro
sargentos (recién licenciados del Ejército) para iniciar las
prácticas en las torres, se había realizado el primero de dicho mes
de junio.
Por Real Decreto de cinco de agosto del
mismo año se aprobó el Reglamento orgánico del servicio
telegráfico, y el once del mismo mes se propuso ya la contratación
de los oficiales que habían de encabezar la organización: un
inspector de línea de segunda clase, dos comandantes de línea de
segunda y uno de tercera, tres oficiales de sección de segunda y uno
de tercera y un oficial para la sección de contabilidad. Estas ocho
personas iniciaron inmediatamente su trabajo y empezaron a
seleccionar personal para las torres, de modo que la primera relación
de torreros, de acuerdo ya con el Reglamento, tiene fecha de primero
de septiembre. Esta primera relación comprende tres torreros de
primera (que son aquellos sargentos contratados en junio), 17 de
segunda clase, 12 de tercera y 15 ordenanzas.
Llama la atención que se tuviese la
previsión de ir preparando personal con tanta anticipación, sobre
todo habida cuenta de lo inestable de la situación política,
estableciendo, incluso, una escuela donde realizar las prácticas y
asignando un sueldo a los alumnos-aspirantes .
A partir de junio de 1845, se puede
decir que Mathé no paró de viajar para intervenir personalmente en
la determinación de los lugares de emplazamiento de las torres y
resolver sobre el terreno los problemas que se planteaban. La
organización de la naciente red, redacción del Reglamento, normas
para la transmisión, confección de códigos, todo estaba en sus
manos.
En realidad Mathé debía considerar (y
la sociedad española de la época también) que todo lo del
telégrafo le concernía. Así le vemos avalar con su firma las
noticias que publicaba La Gaceta de Madrid sobre la Revolución de
1848 en Francia, establecer, por encargo del Capitán General de
Cataluña, una línea óptica militar, diseñar un sistema para esa
modalidad y dotarlo de un código adecuado y, además, ocuparse de
los grandes y pequeños problemas de la organización del servicio
telegráfico civil.
Su firma avala tanto el diseño de las
torres como la notificación de una minúscula multa de pocos
maravedises por "estropear unas cuartillas". Dirige indignados
escritos al Ministro de la Gobernación, protestando por la actitud
de algún Gobernador Civil, y escribe felicitando a los torreros que
progresaban en la «carrera telegráfica».
Desde el primer momento ejerce el cargo
de jefe de las líneas telegráficas y su superior inmediato, el
Director General de Caminos, Varela Límia, le colma de elogios en
los informes al Ministro, pero, cuando éste cesa, en 1847, Mathé no
tiene reparo en solicitar para sí mismo el cargo de Director General
de Telégrafos porque entiende que no debe agregarse el servicio a
otra Dirección General. Reivindica la necesidad de autonomía, y
afirma que "la administración central del telégrafo y las líneas
mismas se hallan en tanta independencia de Correos como de otro ramo
cualquiera del servicio público, tanto en su personal como en el
servicio que prestan".
Su escrito y sus opiniones causaron
efectos inmediatos y, por Real Orden de 14 de junio de 1847 (doce
días después de su solicitud), se le comisionó para que se ocupar
a de todo lo relativo a la organización del servicio telegráfico,
dentro del Ministerio de la Gobernación, pero con cierta autonomía.
En enero de 1851 le nombraron Director General, con el título de
Director Jefe de las Líneas.
Lo más sorprendente de su asombrosa
actividad para poner en marcha la telegrafía óptica es que,
simultáneamente, era consciente de que era una obra condenada a
muerte a muy corto plazo. De tal modo que parece que todo su trabajo,
a partir del momento en que funcionó la línea de Cádiz, estuvo
encaminado más a tener un grupo de personas seleccionadas y
entrenadas para el establecimiento de la verdadera red telegráfica
nacional, es decir, la Red de telegrafía eléctrica que sentía
próxima, que a la ampliación de la propia telegrafía óptica, que
nunca constituyó para él una red, aunque inicialmente se
contemplara su extensión a toda la península.
En el período comprendido entre la
terminación de la primera línea Madrid-Irún, a finales de 1846, y
la instalación de las nuevas líneas Madrid-Valencia y
Madrid-Andalucía, estuvo Mathé en Barcelona iniciando un sistema
óptico para el Ejército.
El Capitán General de Cataluña, que
era el marqués del Duero, le encargó la puesta en marcha de varias
líneas ópticas, que enlazaran Barcelona con Lérida, Manresa, Vich
y otros pueblos del interior, que en aquellas fechas estaban siendo
acosados por gavillas de latrofaciosos, que es como denominaban los
periódicos de Madrid a las partidas de carlistas y matiners.
Mathé creó un sistema más sencillo
que el que ya utilizaba la línea Madrid-Irún y confeccionó un
Diccionario y Tablas de transmisión para el telégrafo de noche y de
día, para instrucción de los Oficiales y una “Instrucción para
los torreros y cartilla de servicio interior y señales particulares"
para los operadores. Además, se llevó algunos torreros de la línea
de Irún para que actuaran como instructores.
Este encargo militar lo cumplió Mathé
en su condición de Brigadier de Caballería - Coronel del Cuerpo de
Estado Mayor - Director facultativo de las líneas de telégrafos. Y
en los documentos que emite figuran ambas condiciones, probando, con
ello, el carácter mixto, civil y militar, del servicio de los
telégrafos ópticos .
No ha sido posible disponer del
proyecto original que presentó el Coronel del Estado Mayor Don José
María Mathé al concurso convocado por Real Orden de primero de
marzo de 1844 para el establecimiento del telégrafo óptico, pero
existen dos descripciones que, probablemente, fueron aprobadas por el
propio autor o por algún colaborador próximo, que nos sirven para
tratar de reconstruir el funcionamiento, tanto de la máquina como
del sistema que se empleó durante diez años en España.
Se trata de la descripción que hace
Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico y de la que acompaña al
artículo "Los Telégrafos en España", publicado en la revista La
Ilustración, del tres de mayo de 1851.
Madoz publicó su Diccionario I en
1848, es decir, recién inaugurada la línea Madrid-Irún, y todavía
en la fase inicial de la construcción de la línea Madrid-Valencia.
Por el talante de la obra cabe suponer que los datos que aporta son
de primera mano, pero, además, los cálidos elogios que dedica a
Mathé y a Valera Límia (entonces Director General de Caminos,
Canales y Puertos) hacen suponer que la información pudo contar con
su asesoramiento.
El artículo de La Ilustración va
acompañado de figuras, dibujos de torres y de un retrato del propio
Mathé, por lo que cabe pensar que fue publicado con su aprobación
y, probablemente, con su colaboración personal . El artículo va
firmado con las iniciales M. R. que no corresponden a ningún
colaborador conocido de Mathé. En el momento de su publicación
funcionaba plenamente la nueva línea Madrid-Valencia, además de la
de Irún, y se estaban construyendo las líneas Valencia-Barcelona y
Madrid-Andalucía.
En los dos artículos, la descripción
de la máquina es literalmente igual, incluyendo los comentarios
sobre las ventajas técnicas que ofrece en comparación con otros
sistemas. Contiene, además, datos de la organización de las líneas
y las torres muy documentados y puestos al día, reflejándose
perfectamente los tres años de diferencia en las fechas de
publicación de ambos artículos.
La descripción de la máquina
contenida en las dos publicaciones es la siguiente:
«consiste en 8 barras de hierro, 4 de
ellas de 19 pies de altura y las otras de 21, plantadas verticalmente
de cuatro en cuatro en los ángulos de dos cuadrados, el uno
exterior, cuyos lados son de 11 pies, y el otro interior, paralelo,
de 2-2/3 pies de lado. Dentro del espacio que forman las cuatro
barras interiores, se mueve también en sentido vertical, por medio
de un sencillo mecanismo, un cilindro hueco, o corona, llamado
indicador, de 3 pies de diámetro y 18 pulgadas de altura, cuyas
diversas posiciones, con relación a 3 fajas que se proyectan
horizontalmente sobre las barras exteriores y cubren sus espacios
intermedios dividiendo entre claros o secciones iguales, la altura de
la máquina, suministran cuantos signos puedan ser necesarios para la
transmisión de toda clase de comunicaciones oficiales y de servicio
interior de la línea».
En el Diccionario de Madoz se incluye
una vista de la Casa de Correos en la que puede observarse la
máquina, aunque con un dibujo impreciso.
Esencialmente, el dispositivo consistía
en una pieza móvil, llamada indicador, que podía ascender y
descender libremente por el centro de un bastidor que tenía tres
franjas oscuras, paralelas, separadas claramente entre sí. El
indicador, mediante una polea convenientemente graduada (llamada
volante), podía tomar doce posiciones, diez de las cuales se hacían
corresponder con los números de cero a nueve, y las otras dos se
asignaban a funciones identificadas por las letras «X« (repetición)
y ”m”, (error). Una posición decimotercera, consistente en
esconder el indicador a la vista (la arriada), se empleaba para
separar dos signos (que se denominaban por ello signos absolutos), o
dos frases.
La
arriada se anotaba en los diarios con
una línea vertical; un signo absoluto se representaba entre dos
rayas.
Las doce posiciones se obtenían
colocando el indicador tangente a las franjas por la parte inferior o
superior, poniéndolo en línea con ellas o colocándolo en el
espacio intermedio. En la figura se indican las posiciones posibles.
Una bola situada a un lado del armazón,
variando su posición con parecidos criterios que el indicador,
proporcionaba señales de servicio complementarias.
La Instrucción General para el
Servicio de Transmisión 13 explicaba que: Los signos de la bola se
verifican en los centros de los espacios y de las fajas.
Por consiguiente sus posiciones son
seis.
1ª posición: a la altura de la faja
superior.
2ª posición: a la altura central del
espacio superior.
3ª posición: a la altura central de
la faja del medio.
4ª posición: a la altura central del
segundo espacio.
5ª posición: a la altura de la faja
inferior.
6ª posición: a la altura central del
espacio inferior.
Para mayor claridad se advierte que las
figuras que se representan con una sola línea son bolas en las
fajas, y las que llevan dos, en el espacio; su orden numérico es de
alto a bajo.
Las señales de servicio eran:
1. Niebla a vanguardia, es decir,
indicando que no podía seguir el despacho. Se usaba también cuando
se reanudaba la transmisión interrumpida .
2. Llegada de un despacho de mayor
categoría, ante el que había que interrumpir la transmisión que se
estaba cursando .
3. Ausencia a vanguardia, significaba
que el torrero de la torre siguiente no había izado la señal de
inicio del mensaje pasado un tiempo prudencial de espera (2 minutos).
Calificar de ausencia a un torrero le
suponía una multa, porque retrasaba el curso del mensaje. Su empleo
dio lugar a rencillas entre torreros colaterales, por si se esperaba
más o menos tiempo con tolerancia o mala fe.
4. Cuando coincidían dos despachos de
igual categoría, esta señal desempataba, si uno de ellos iba hacia
Madrid (o hacia el punto en el que residiera el Gobierno en aquel
momento).
5. Señal de que estaba funcionando la
vanguardia y el mensaje no podía seguir, de momento.
6. Señal de avería de la vanguardia o
propia, según se continuara o no con el movimiento del indicador.
Las posiciones de la bola se
registraban en los cuadernos, pero no se incluían en los despachos,
salvo en aquellos en que se había producido una interrupción en la
transmisión. Esta circunstancia se indicaba al final del despacho,
con el número de la posición de la bola (1 = niebla, 3 = ausencia,
etc .).
Durante los, aproximadamente, diez años
en que estuvo en servicio el telégrafo óptico en España, hubo tres
modelos de máquina, aunque todos funcionalmente iguales.
El primero, que es el descrito por
Madoz y M. R., tiene cuatro bastidores y el indicador central sirve,
simultáneamente, a los cuatro, de modo que la señal se puede
observar desde los cuatro lados de la torre. Esto, que es una ventaja
si el observador no está en un punto fijo, es superfluo si los
puestos que van a formar la línea son fijos, porque, en este caso,
sólo verán siempre una única cara .
Por ello, esta primera solución, que
se había presentado como ventajosa frente al telégrafo francés, se
abandonó pronto por un dispositivo idéntico, pero con un solo
bastidor, que se veía de frente o de espalda desde las dos torres
colaterales (la única diferencia, de verlo de uno u otro lado, era
que la bola se veía a la derecha o a la izquierda del marco).
Algunas torres, sin embargo,
mantuvieron el sistema primitivo para dar servicio en varias
direcciones. Por ejemplo, la torre del Cuartel de Guardias de Corps
(después Cuartel del Conde Duque, daba despachos como torre nº 1, a
la línea de Irún, pero también servía como cabecera a la línea
de Aranjuez . Lo que suponía que la torre nº 2 de la línea de
Irún, Aravaca, estaba en dirección Oeste, mientras que la torre nº
2 de la línea de Aranjuez, cerro de los Ángeles, estaba en
dirección Sur. Era pues conveniente mantener el primitivo sistema
(más tarde se buscó otra cabecera para la línea de Andalucía, de
la que Aranjuez pasó a formar parte, fijándola en el edificio de la
Aduana, al principio de la calle de Alcalá) .
La tercera versión de la máquina, que
no llegó a entrar en servicio, fue propuesta para la línea de
Andalucía, y consistía en que las franjas oscuras del bastidor
estaban constituidas por persianas divididas en dos partes, pudiendo
hacerse cada mitad transparente u opaca, con lo que se multiplicaba
el número de combinaciones posibles.
La máquina correspondiente a
esta variante fue presentada por su constructor Tomás de Miguel (El
Vizcaíno), a la Exposición de la Industria Nacional de 1850. La
Ilustración publicaba un dibujo de la máquina, diciendo que era un
nuevo sistema aprobado por S. M. que se estaba colocando en la línea
de Andalucía. Sin embargo, aunque en el mismo artículo periodístico
se dice que era muy superior a las anteriores «por el aumento de
voces que proporciona», la verdad es que no se utilizó realmente,
porque hacerlo suponía cambiar el sistema de codificación que
tenían las otras dos líneas en servicio.
El sistema de funcionamiento de una
línea permitía la casi simultánea operación de todas sus torres.
Cada torrero tenía la obligación de observar constantemente a sus
colaterales, "observar a vanguardia y retaguardia constante y
alternativamente", dice la Instrucción.
El torrero, cuando veía
una señal, después de observar que el otro colateral estaba
disponible, es decir, que había visibilidad y no había signo de
avería, repetía en su máquina la señal que veía y la escribía
en su cuaderno.
Para este torrero, la torre en la que
había aparecido la señal era la retaguardia y la torre siguiente a
la suya la vanguardia. Los despachos debían avanzar, pues, de
retaguardia a vanguardia.
Izado el signo de su máquina,
observaba cómo su vanguardia también lo repetía y "repetido que
sea por su vanguardia volverá a observar la retaguardia, copiando
fielmente el signo que ésta tendrá elevado, escribiéndolo en el
cuaderno después de rectificarse como en el anterior, procediendo
del mismo modo en el curso de todo el trabajo hasta su terminación".
De esta forma los signos que iba izando
cada estación eran vigilados por su retaguardia para asegurarse de
que eran correctos, pudiendo corregirlos, si no lo eran, mediante la
repetición del signo precedido de la combinación ”m”.
Este modo de operar suponía que el
despacho avanzaba simultáneamente por toda la línea; pero la falta
de un torrero en su puesto podía impedir el funcionamiento del
conjunto. Por ello, una vez izada la primera señal, el torrero
esperaba un tiempo a que su vanguardia lo repitiera (parece ser que
hasta dos minutos), y si aquélla no lo repetía, daba por supuesto
que el torrero de vanguardia estaba ausente, ponía la bola en la
posición correspondiente (3 ) y se desentendía de la vanguardia,
recibiendo el despacho completo, repitiendo todos los signos que iba
izando su retaguardia sólo como confirmación.
En este caso el despacho quedaba en
poder de la estación que había detectado la ausencia. Esta torre
mantenía izada la señal de calificación del despacho hasta que su
vanguardia contestaba. Si ésta había contestado durante el curso
del telegrama, esperaba a que finalizara la recepción completa y, a
continuación, se iniciaba la nueva transmisión hacia la vanguardia.
Para indicar que esta nueva transmisión
no implicaba a las torres de retaguardia, la torre que la efectuaba
colocaba su hola en la 1ª posición e iniciaba la transmisión,
colocando con el indicador el número absoluto 171, si la
comunicación se dirigía hacia el extremo de la línea, o el 191 ,
si la comunicación se dirigía hacia Madrid y, a continuación,
iniciaba el telegrama que estaba detenido.
El mismo procedimiento se empleaba
cuando, en mitad de una transmisión, se perdía contacto visual con
la torre de vanguardia, por niebla, por ejemplo. Cuando volvía la
visibilidad, la torre reanudaba el mensaje en el mismo punto en que
había sido interrumpido, iniciando la transmisión con la cifra
absoluta 151 (que se llamaba, por ello, signo absoluto de
continuación).
En cada torre existía un cuaderno del
volante, que, según la Instrucción, "estará precisamente pautado
y dividido en veintisiete casillas, y cada nueve de éstas, separadas
clara y distintamente por una línea de tinta, para evitar la
confusión de los períodos", en el cual se anotaban los despachos.
También se anotaba en el mismo
cuaderno la posición de la bola de los colaterales y, si la
comunicación se interrumpía, se indicaba.
Para diferenciar las anotaciones que
correspondían a vanguardia y a retaguardia, se consideraba que la
parte superior del renglón era la vanguardia y la parte inferior la
retaguardia .
En el mismo cuaderno se indicaba, con
números menores, la tardanza en repetir la señal los colaterales.
Según la Instrucción debían darse, por término medio, cuatro
signos por minuto. Por eso se observa que las anotaciones aparecen
cuando se tarda un minuto o más en repetir. Se decía entonces que
era una transmisión pesada.
En las copias de dos hojas de volante
que se muestran, pueden verse algunas de las características
indicadas: el papel pautado, el signo con la hora de interrupción,
las anotaciones marginales sobre los retardos a vanguardia o
retaguardia, etc.
Incluyen, también, anotaciones
resaltando la diferencia del tiempo real empleado y el tiempo
teórico.
Se ve, en todos los casos, que ambos tiempos se diferencian
en función de las anotaciones marginales de retardo.
Las horas corresponden a 1855, época
tardía del sistema, y las anotaciones son de tipo sistemáticamente
taquigráfico. (Obsérvese la diferente expresión de los números en
los despachos y en las anotaciones
auxiliares de fecha, hora y cómputo).
Las columnas de la izquierda indican
que las hojas corresponden a un día 28 y que la anotación
inicial se hizo a las 17 horas (la x
repite el cero).
La segunda hoja sigue a la primera en el tiempo y
continúa las anotaciones. Puede verse que la última anotación de
la primera corresponde a las 18,12 horas (terminando a las 18,18) y
la primera anotación de la segunda es de las 18,20 horas
También puede verse que el primer
mensaje anotado es de Madrid a Cádiz (bien entendido: dirección de
Madrid a Cádiz, porque el destino vendrá cifrado en el mensaje), en
la hoja de abrevia "De M. a C.", al que siguen mensajes cortos en
sentido contrario "a M.".
El primer mensaje se interrumpe a las
17,40 horas y lleva una indicación 0291 que significa que la
interrupción ha sido en la torre 029 a causa de la niebla (1).
A las 18,35 horas hay un intento de
reanudar la transmisión, pero se interrumpe inmediatamente. (La
anotación de la hora de esta interrupción debe ser errónea: si
empezó el intento a las 18,35 no pudo cortarse a las 18,30, como
anota, sino, probablemente, a las 18,40). Esta segunda interrupción
fue por falta de luz, aunque no lo diga, ya que no hay más
anotaciones hasta que se reanuda la transmisión al día siguiente
(29), a las 5,30 horas.
En otra copia de hoja de volante pueden
confirmarse las mismas observaciones y verse que, algunas veces, los
retardos podían ser notables, produciéndose tanto a vanguardia como
a retaguardia. También se confirma el tipo de anotaciones
taquigráficas.
Los despachos telegráficos estaban,
todos ellos, redactados en lenguaje cifrado. La operación del
cifrado y descifrado correspondía exclusivamente al personal
facultativo, comandantes y ayudantes.
Probablemente los códigos para cifrar
los despachos variaron durante el tiempo en que se empleó el
telégrafo óptico. En el Museo Postal y de Telecomunicación existe
un Diccionario, editado en 1846, que da idea de cómo se hacía la
codificación y decodificación. Tiene unas instrucciones para uso de
los comandantes, pero, desgraciadamente, no incluye las cifras que se
empleaban (por eso, porque deja en blanco los lugares para ellas,
creo que pudo cambiarse la clave periódicamente) .
La época, socialmente poco asentada, y
el concepto para-militar que del telégrafo se tenía, hizo que la
mayor parte de los hombres que hicieron posible su implantación
fueran reclutados entre licenciados del ejército. Acabada la primera
guerra carlistas quedaban disponibles una gran cantidad de militares
profesionales, sobre todo de los escalones inferiores, cabos y
sargentos, que fueron empleados en la nueva organización.
Probablemente, para manejar a este tipo
de hombres, la propia organización del Telégrafo adoptó una
estructura de tipo militar, con dos clases de personal: un nivel
superior, denominado facultativo, encargado de la parte científica
del proceso telegráfico; y un nivel inferior, encargado de las
labores prácticas de la transmisión de los despachos.
El nivel superior estaba formado por un
número reducido de personas, la mayoría oficiales del ejército,
con algún abogado o funcionario del Ministerio reconvertido a causa
de alguna cesantía.
A este nivel le correspondían las funciones de:
– Un Inspector de línea de primera,
que siempre fue «el Coronel Inspector de primera clase» o, incluso
“el Brigadier Inspector de primera clase", del mismo modo que
el Director General efectivo fue “el Brigadier Jefe de las líneas",
ya que se procuraba mantener los grados militares para reforzar la
organización. Pero, además, porque el único que ocupó este puesto
fue don Leonardo de Santiago, que ascendió de Coronel a Brigadier
durante su mandato.
Este puesto era el segundo dentro de la
organización telegráfica y empezó a tener importancia a partir de
la instalación de la segunda línea. Desde 1844 a 1847 Mathé asumió
todas las funciones, tanto de dirección como de ejecución de la
línea de Irún.
A raíz de su estancia en Cataluña, en
1848, debió entrar en contacto con el Coronel de Santiago, que había
sido el responsable de los telégrafos del Capitán General marqués
de Novaliches, y al que el propio Mathé iba a sustituir, a las
órdenes del nuevo Capitán General marqués del Duero.
Inmediatamente el Coronel de Santiago pasó a ser su colaborador y a
ocupar el segundo puesto de la organización de los telégrafos
civiles.
El Inspector de primera era el
responsable del servicio y, tenía a su cargo el “vigilar
incesantemente sobre la puntual y completa observancia de las
obligaciones de cada clase respectiva y de infundir en todas, con el
ejemplo y el celo más asiduo, la energía de acción tan necesaria
para que el servicio telegráfico se desempeñe con la rigurosa
eficacia que requiere su instituto, y el alto grado de confianza que
en todos sus empleados, y con especialidad en los de clase superior,
deposita el Gobierno” . (Art . 90 del Reglamento interior).
– Inspectores de línea de segunda
clase, que, en principio, eran tantos como extremos de líneas
establecidas, y que se encargaban de vigilar el cumplimiento de los
Reglamentos, sobre todo «la sólida instrucción, reserva y buena
disciplina en las clases inferiores y la delicadeza, circunspección
y dignidad en las de oficiales y jefes así como las propias para
cimentar el servicio telegráfico en los principios inalterables de
la probidad y del honor.» (Art . 89 del Reglamento interior).
El que jugó un papel más importante
fue el Coronel Don Manuel del Busto, que ya fue contratado en la
temprana fecha de 11 de agosto de 1845. Como Inspector de la cabecera
de Madrid de la única línea existente, sustituía a Mathé mientras
éste recorría el terreno para el establecimiento de las últimas
torres. En el momento de la inauguración de la línea actuó como
Comandante de la cabecera de Irún.
En realidad asumía el papel de segundo
jefe de la organización. Su nombre puede verse inmediatamente
después del de Mathé (con el que estaba emparentado) en las listas
de personalidades que manifiestan su adhesión al Gobierno después
de que fuera dominada la revuelta del Regimiento de España, el 7 de
mayo de 1848, y que publicaba La Gaceta de Madrid.
En 1849, cuando se proyectó la
ampliación de las líneas, se encargó de trazar la línea
Valladolid-Coruña-Ferrol, con ramal a Zamora, que no pasó de la
fase de proyecto.
Cuando apareció el Inspector de línea
de primera como segundo jefe de Telégrafos, don Manuel del Busto
pasó a ocupar una especie de Jefatura de Personal.
– Comandantes de línea, que ocupaban
las jefaturas de División. Había aproximadamente cuatro o cinco por
línea, coincidiendo con las capitales de provincia, o ciudades de
especial importancia política o estratégica, para el buen
funcionamiento de la línea. Cada División ocupaba varias secciones,
de cuatro o cinco torres cada una, y a los Comandantes les
correspondía controlar, revistando periódicamente sus actividades,
a los Jefes de las Secciones.
Los primeros Comandantes fueron el
Teniente Coronel de Infantería Don Joaquín Calviño, Don Pedro de
Bayo y Don Ramón Martínez Valdés, todos ellos contratados el 11 de
agosto de 1845.
– Aunque no estaba previsto en el
Reglamento interior de 1846, pronto se recurrió a contratar
Ayudantes, que en realidad eran Comandantes-Ayudantes, que se
destinaban como segundos en apoyo de aquéllos.
El personal de este
primer nivel era el único que podía cifrar y descifrar los mensajes
que se transmitían.
Se reclutaba inicialmente entre
oficiales del ejército, licenciados o en activo a petición propia.
Pero pronto se empleó personal de otra procedencia, puesto que
existía la norma de aprovechar los cesantes del propio Ministerio.
Así, por ejemplo, cuando se trató de
establecer las líneas de Valencia y Andalucía, en 1848, se solicitó
la incorporación de cuatro Comandantes y dos Ayudantes, y los
nombramientos recayeron en un "oficial tercero, cesante de la
administración del correo general", un "teniente de Infantería
retirado, con grado de Capitán y oficial cesante de la suprimida
Dirección General de Correos", un "oficial de la clase de los
sestos, de la Contabilidad especial" del Ministerio de la
Gobernación, dos "oficiales cesantes del ramo de correos" y un "oficial primero que fue del Gobierno político de Lugo".
Debía existir una gran oferta de
aspirantes para ocupar este escalón facultativo de la organización
telegráfica, porque, en marzo de 1850 apareció en La Gaceta de
Madrid, un anuncio puesto por el Ministerio de la Gobernación, que
decía: "Hallándose provistas todas las plazas de Comandantes y
Ayudantes de telégrafos, se previene a, los que las han pretendido,
que no pueden tener lugar, por ahora, sus solicitudes, y que no habrá
nuevas plazas que proveer hasta que el año próximo comience la
construcción de otras líneas".
Muchos Comandantes y Ayudantes
continuaron en la telegrafía eléctrica. Probablemente el más
representativo de los primeros momentos fue Don Domingo Agustín, que
fue jefe de la División de Valladolid y el encargado de la formación
de los primeros Comandantes y Ayudantes. Más tarde sería el que
dirigiría la construcción de la primera lí-nea del telégrafo
eléctrico entre Madrid y Zaragoza. Su hijo, Antonio Agustín, que
tendría también un papel relevante en la historia del telégrafo,
casó con una hija de Mathé.
La diferencia entre el personal
facultativo y el personal operativo, tanto desde el punto de vista de
su selección, como de sus funciones, era total pero no puede decirse
que el paso de un escalón a otro fuera imposible y, aunque no
existían cauces por los que los torreros y oficiales de sección
pudieran llegar a Comandantes, sin embargo alguno lo logró.
El nivel inferior puede decirse que fue
el que soportó con su esfuerzo, siempre grande y a veces dramático,
el funcionamiento del telégrafo óptico. Este nivel estaba compuesto
por tres escalones:
- Los oficiales de sección, que tenían
a su cargo la supervisión del funcionamiento de varias torres (cada
sección se componía de cinco o seis). Su trabajo consistía en
procurar "la instrucción de los torreros, el orden y gobierno
interior de los telégrafos y el vigilar que todas las clases
inferiores observen la más estricta disciplina". (Art . 46 del
Reglamento interior).
Los oficiales de sección procedían de
torreros aventajados que aprovechaban su experiencia en el servicio,
aunque los primeros Jefes de sección se formaron directamente en la
Escuela de Tejoneras, establecida cuando se iniciaba la línea
Madrid-Irún.
Los Jefes de sección debían revisar
mensualmente todas las torres a su cargo, aunque en realidad la
vigilancia sobre el funcionamiento tenía que ser permanente y, como
dice uno de ellos, "por espacio de mucho tiempo, mientras no se fue
sistematizando el servicio, apenas pasó un día que no tuviera que
montar a caballo visitando las torres que se les habían confiado,
para instruir y enseñar teórica y prácticamente al personal de las
mismas".
También debían efectuar observaciones
sobre las condiciones atmosféricas típicas del paraje donde estaba
enclavada cada torre, enseñando a los torreros, “a conocer y
distinguir con exactitud nieblas densas, nieblas ligeras, vapores
nebulosos de los ríos y pantanos, celajería suelta, atmósfera
pesada, horizontes ofuscados, etc.". (Art . 59 del Reglamento
interior).
- Los torreros formaban el segundo
escalón y eran el elemento capital del telégrafo óptico y por ello
debían "estar muy instruidos en el manejo e inteligencia del
mecanismo de la máquina y de las piezas que la componen para hacer
rápida y segura la ejecución y transmisión de las señales".
(Art. 1.2 del Reglamento interior).
La obligación principal del torrero
era la transmisión material de los signos que componían los
mensajes, pero desconocía su verdadero contenido, puesto que ya se
le entregaban en forma cifrada. En las torres intermedias se
limitaban a repetir lo recibido .
Esta fidelidad en la repetición daba
lugar a chistes más o menos cariñosos, como el que relató, a
cuarenta años de distancia del funcionamiento del telégrafo óptico,
uno de los pocos españoles que se han ocupado de estos temas.
Antonino Suárez Saavedra, en una conferencia que pronunció en el
Ateneo barcelonés en 1884, decía: "Hay cuentos, señores, de los
cuales puede decirse perfectamente aquello de que se non é vero é
ben trovato, cuentos que hacen fortuna porque expresan
perfectamente una idea cierta e interpretan con conciencia su
sentimiento arraigado. Pues bien, cuéntase que en una ocasión el
telegrafista de servicio en una torre tuvo la mala ocurrencia. . .
que suelen tener otros que no son telegrafistas, y se suicidó; se
ahorcó, y se ahorcó precisamente colgándose de una cuerda
destinada habitualmente a mover las poleas de su aparato; de modo que
el hombre ahorcado se veía perfectamente desde la estación o torre
colateral . El torrero de servicio en ésta, atento siempre con su
anteojo, antiguo soldado como era de reglamento el serlo, tenía de
heroísmo y de disciplina todo lo que le faltaba de discernimiento y
de aplomo; él vio aquella señal extraña, un hombre colgado, se
creyó en el deber de reproducirla, no sabía cómo hacerlo, y entre
el deber y el amor a la vida, lo primero triunfó de lo segundo, y se
suspendió por el pescuezo a la cuerda: se ahorcó también.
¿Creeréis, señores, que de torre en torre la terrible e inesperada
señal fue reproducida y que en la estación de término, como en las
intermedias, la gente vio con asombro un hombre ahorcado en lo alto
de la torre? La moraleja de esto la comprendereis bien, y haréis
justicia conmigo al espíritu severo, a la ruda disciplina, a la
honradez intachable de aquellos telegrafistas de las montañas, de
aquellos soldados de la patria y agentes del progreso".
Aun dando al cuento de Suárez Saavedra
el valor de una chanza para amenizar su conferencia, sin embargo es
cierto que la disciplina militar más rigurosa era la característica
más potenciada por el Reglamento, que dedicaba 45 artículos a
regularla, concluyendo con esta filosófica observación: "Art. 45
. Los torreros y ordenanzas tendrán siempre presente que el único
objeto a que han de aspirar para hacerse dignos de las ventajas de la
carrera, será el manifestar en todos los actos del servicio la más
profunda subordinación, mucha puntualidad en el desempeño de sus
deberes, el mayor celo y exactitud en el cumplimiento de las órdenes
de sus superiores, una absoluta reserva y observar en los actos
particulares el más decoroso comportamiento".
Por otra parte, los torreros, además
de su función de reproducir escrupulosamente todos los signos que
veían, debía mantener en buen estado de funcionamiento su torre,
responsabilizándose del «orden, aseo interior, cuidado de las
máquinas, limpieza y conservación de los anteojos y relojes, buen
estado del armamento y municiones, utensilios y demás enseres. (Art.
4 del Reglamento interior).
- Los ordenanzas formaban el último
escalón de la organización. Eran los encargados de llevar de puesto
en puesto aquellos partes que debían presentarse por escrito o
aquellos otros a los que la interrupción del telégrafo impedía su
transmisión en el plazo considerado anormalmente largo.
Para ello
debían ir armados y no podían emplear más de una hora por legua
(es decir, unos 5,5 kilómetros).
También actuaban corno
ayudantes-aprendices de los torreros, cargo que solían ocupar una
vez instruidos, previa prueba de aptitud ante el Comandante
respectivo.
El personal de este segundo nivel
procedía, casi exclusivamente, de soldados, cabos y sargentos
licenciados del ejército. Inicialmente el Director General de
Caminos, Canales y Puertos tenía el encargo de reclutarlos y
establecía con ellos los contratos en forma personal y por tiempo
indefinido.
Más adelante se encargó de la contratación la recién
creada Dirección General de Telégrafos, pero los contratos fueron
del mismo tipo, aunque por Real Orden del 15 de julio de 1849 se
añadió una cláusula que les obligaba a servir un mínimo de tres
años.
El personal empezó a contratarse
bastante antes de que entraran en servicio las torres. La Real Orden
de 29 de septiembre de 1844 autorizaba al Director General de Caminos
“a la admisión de los individuos precisos para plantear en las
tres primeras torres los ensayos de comunicaciones y la escuela
práctica de los empleados del ramo''. La autorización se empleó
inmediatamente, y se sabe que el 5 de octubre de este mismo año se
contrató "un escribiente temporero en la Comisión de Telégrafos"
de la Dirección General de Caminos, evidentemente para cubrir las
necesidades de tramitación de los asuntos telegráficos mas que como
telegrafista.
En septiembre de 1850, según decía un
informe de la Dirección General, el número de Jefes de sección,
torreros y ordenanzas que habían prestado servicio en el telégrafo
era de "más de ochocientos''. En 1853, según puede deducirse de
las relaciones de contribuyentes para Auxilios Mutuos, el número de
funcionarios de este nivel rondaba los seiscientos (31 oficiales de
sección, 402 torreros y 159 ordenanzas).
El que se transcribe a continuación
fue, probablemente, el primer contrato de profesionales que se
realizó. Está fechado más de quince meses antes de que se cursara
el primer despacho por la línea Madrid-Irún. "En uso de la autorización que me
está concedida por Real Orden de 30 de septiembre ppdo., nombro a
los sargentos primeros licenciados Don José Dalmau, Don Jacinto
Pliego y Don José María Carreira, y al sargento segundo Don Juan
González, para que se empleen en los trabajos que se están
ejecutando, con objeto de establecer la línea telegráfica desde
esta Corte a Irún, abonándoseles desde esta fecha y mientras
desempeñen dicho cargo, doscientos setenta r.v. mensuales a cada uno
de los tres primeros, y doscientos cuarenta al último. Nombro
asimismo Ordenanza, con destino a Telégrafos a José Fendrig, con
ciento cincuenta r.v. de haber mensual, que le será abonado desde el
día primero del corriente.
Madrid, primero de junio de 1845
M. V. y Límia."
Estos cuatro sargentos fueron los
primeros que manejaron las máquinas de la telegrafía óptica y
estuvieron presentes en las pruebas de exhibición ante la Reina.
Posteriormente se encargaron de la Escuela General en la que se
instruían los torreros. De todos ellos, José María Carreira llegó
a ser Comandante, pero los demás no pasaron de Jefes de sección.
Los emplazamientos de las máquinas
tenían que escogerse siempre entre lugares preeminentes. Los
repetidos intentos de establecer líneas con Aranjuez y San Ildefonso
habían consagrado ya algunos puntos de los alrededores de Madrid
como los propios para dichos menesteres; sin embargo, encontrar
emplazamientos adecuados para las líneas largas que se trataba de
implantar, representó la primera preocupación de la Dirección de
Caminos.
Una circular de marzo de 1844
establecía las normas generales a las que debían atenerse los
ingenieros de Caminos para proponer los puntos de emplazamiento de
las torres. Estas condiciones generales eran:
- la distancia entre las estaciones
debía ser de "lo menos dos leguas y lo más de tres", pero
teniendo en cuenta las condiciones geográficas, tanto los desniveles
debidos a las montañas como las nieblas ocasionadas por los ríos y
terrenos pantanosos,
- debía seguirse las carreteras
existentes, siempre que ello fuera posible,
- las estaciones debían fijarse en
las poblaciones, evitando cuanto fuera posible la construcción de
torres en parajes deshabitados,
- en las capitales de provincia debía
procurarse situar las estaciones "en el mismo edificio que tengan
señalado fijamente para su alojamiento las autoridades civiles o las
militares, prefiriendo en igualdad de ventajas el que ocupen las
primeras",
- en cualquier caso debían
preferirse edificios del Estado, torres de iglesias o ermitas,
castillos y casas fuertes antiguas,
debía mantenerse una alineación,
"procurando que el radio visual de la línea fuera perpendicular al
frente de cada torre".
En la práctica parece ser que se
descartaron las torres de las iglesias porque "el sonido de las
campanas desajustaba los aparatos ópticos".
Según estos criterios, se instalaron
las máquinas en algunos edificios singulares: la casa del Correo en
la Puerta del Sol, el edificio de la Aduana y el Cuartel de Guardias
de Corps, todos ellos en Madrid; el Alcázar en Toledo; la Fábrica
de Tabacos en Sevilla y alguno más.
Sin embargo algunos edificios escogidos
provocaron reacciones encontradas, por ejemplo, algún periódico de
Madrid de 1850 hablaba de que "la torre de Sevilla no ha podido ser
elegida con más acierto. Como que se trata de la histórica Torre
del Oro"; no obstante, tal emplazamiento fue descartado por la
oposición de la opinión pública sevillana.
Lo mismo parece que
ocurrió con la que se iba a instalar en Valencia, donde se cambió
la torre del Miguelete por el convento de San Francisco.
La norma de emplear los edificios
singulares no era solamente por su altura y mejor visibilidad, sino,
además, porque eran seguros, es decir, que no se podían atacar
impunemente, cosa que en aquella época turbulenta era una cualidad
no desdeñable.
Las torres que se establecían fuera de
los pueblos y que hoy constituyen la única reliquia de aquella
empresa y, en cierto modo, su símbolo, eran verdaderos fuertes.
Tenían la puerta de entrada situada a unos dos metros del suelo, de
manera que el acceso se hiciera por medio de una escalera que se
echaba desde dentro. Tenían, además, aspilleras para facilitar una
posible defensa .
Concebido el telégrafo como un
elemento de gobierno, su defensa frente al faccioso o al bandolero
fue la primera preocupación de los diseñadores de las torres e,
indirectamente, la causa de que tantas de ellas sobrevivan al paso
del tiempo. Sus gruesos muros han desafiado el paso de 160 años sin
sufrir demasiado y alguna de ellas puede verse, utilizada como
vivienda campestre, en las cercanías de Madrid. Aun así fue
incendiada y destruida la torre de Valverde del Júcar en julio de
1854.
En el plano que se adjunta se consignan
las dimensiones de la torre en pies de Burgos. El plano está
firmado por Mathé en Barcelona, en noviembre de 1848, es decir,
cuando iban a iniciarse las líneas de Cataluña y de Andalucía.
En el momento inicial, en la circular
citada del Director General de Caminos de marzo de 1844, se preveían
tres líneas de torres ópticas. La primera, desde Madrid a Irún,
pasando por La Granja, Segovia, Valladolid, Palencia, Burgos,
Vitoria, Tolosa y San Sebastián. La segunda, desde Madrid a Cádiz,
pasando por Toledo, Ciudad Real, Santa Cruz de Mudela, Bailén,
Córdoba, Écija, Sevilla, la Carraca y San Fernando. Y la tercera de
Madrid a la Junquera, pasando por Aranjuez, Ocaña, Albacete,
Almansa, Valencia , Castellón, Peñíscola, Vinaroz, Tarragona,
Barcelona, Gerona y Figueras.
Además tenían previstas otras líneas:
una, de Valladolid a Tordesillas, para allí dividirse en dos, una
para enlazar con Zamora, por Toro, y otra para enlazar con Asturias y
Galicia, por Rioseco; otra de Burgos a Santander; una tercera, de
Vitoria a Bilbao; la cuarta, de Bailén a Jaén, Granada y Málaga;
la quinta, de Sevilla a Huelva; la sexta, de Albacete a Murcia,
Alicante y Cartagena y la séptima, de Madrid a Barcelona, por
Zaragoza.
Sólo las tres primeras llegaron a
construirse y funcionaron regularmente, pero sus trayectos sufrieron
algunas modificaciones. Los trazados previstos en la circular del
Director General de Caminos eran los aconsejables desde el punto de
vista del Ingeniero de Caminos, pero el telegrafista que nacía tenía
que añadir alguna otra consideración.
Por ejemplo, que las torres tenían que
estar servidas permanentemente por personal trabajando prácticamente
a la intemperie y había que destacar, en lo posible, las zonas de
alta montaña; o, bien, que cuantas menos torres hubiera que instalar
mayor seguridad y eficacia tendría la línea; etc.. . .
Tales consideraciones cambiaron
parcialmente el recorrido de las líneas.
La primera de las establecidas fue la
de Madrid a Irún, cuya construcción fue ordenada por una Real Orden
de 29 de septiembre de 1844, y cuya entrada en servicio se produjo
exactamente dos años después, el 2 de octubre de 1846.
La línea se inició construyendo las
torres cercanas a Madrid y en ellas practicaron los primeros
torreros. Estas torres sirvieron de modelo a las restantes, cuya
construcción se sacó a subasta en junio de 1845.
La cabecera inicial de la línea, en
Madrid, se estableció en el Cuartel de los Guardias de Corps
(después conocido como Cuartel de Conde Duque), en una torre que
existía en la fachada oeste de dicho edificio. Posteriormente, ya en
1848, se construyó la torre de la Casa del Correo, en la Puerta del
Sol, debido, sobre todo, a que este edificio albergaba ya al
Ministerio de la Gobernación, de quien dependía el telégrafo y al
que estaban destinadas la mayoría de las comunicaciones que se
cursaban.
La misma Real Orden que ordenaba el
establecimiento de la línea de Irún, incluía la previsión de
creación de una escuela para el entrenamiento del personal.
Efectivamente, se estableció una
Escuela General, situándola en la torre de Las Tejoneras, cerca de
Galapagar. Esta torre probablemente cambió después de nombre y pasó
a ser la de Navalapiedra y puede verse perfectamente conservada,
cerca de Torrelodones. Abona la teoría del cambio de nombre el que
no parece que exista un lugar más cercano a Galapagar que pueda
llevar el nombre de Tejoneras y, en cambio, la torre de Navalapiedra
está edificada cerca de un valle llamado de Las Tejoneras.
Además de la torre que servía de
Escuela General, las torres de Aravaca y de Las Rozas también se
utilizaron para los entrenamientos. No obstante, aunque en la Escuela
se daba la instrucción básica a los torreros, ésta no se
consideraba completa hasta después de un período de prácticas en
las propias torres.
Otras veces, la primera instrucción no
se realizaba en la Escuela sino en la torre donde el aspirante había
entrado de Ordenanza. En estos casos el Comandante de la División le
examinaba y le daba el aprobado. Esto se hizo, sobre todo a medida
que las torres se alejaban de Madrid y era más difícil a los
aspirantes el desplazarse a la Escuela General (aunque, desde el
primer momento, se contempló la figura del torrero alumno
percibiendo sueldo).
Para el personal facultativo se
estableció en Valladolid una Academia de Comandantes y Ayudantes, al
frente de la cual estaba, normalmente, el Jefe de la División de
Valladolid.
En esta línea Madrid-Irún, que adoptó
la denominación de línea de Castilla, se establecieron Comandancias
en Madrid, Valladolid, Burgos, Vitoria y Tolosa. La Comandancia de
Tolosa se justificaba por la importancia militar que en aquella época
tenía la zona, debido a la guerra carlista, todavía latente. En los
últimos tiempos de la telegrafía óptica, esta Comandancia de
Tolosa fue, en realidad, de Tolosa-San Sebastián, con sede en esta
capital.
Eventualmente se establecieron otras
Comandancias; por ejemplo, en mayo de 1851 se estableció una
Comandancia en Villacastín con motivo de las elecciones por lo que
pudiera ocurrir en las provincias de Ávila y Segovia; otras veces se
había establecido en Labajos, con motivo de la estancia de los Reyes
en Riofrío. Conviene recordar que sólo los Comandantes estaban
facultados para cifrar y descifrar los despachos, por lo tanto se
necesitaba su presencia allí donde se suponía podían originarse
telegramas.
La línea estaba dividida en nueve
Secciones. La primera Sección comprendía las torres números 0 a 5;
la segunda las 6 a 11; la tercera las 12 a 17; la cuarta las 18 a 22;
la quinta las 23 a 28; la sexta las 29 a 34; la séptima las 35 a 40;
la octava las 41 a 46 y la novena las torres números 47 a 52.
Atravesaba las provincias de Madrid, Segovia, Valladolid, Palencia,
Burgos, Álava, Navarra y Guipúzcoa.
Las torres más duras de la línea de
Castilla estaban en las zonas montañosas que atravesaba, sobre todo
a partir de Burgos. Hay muchos testimonios de torreros describiendo
circunstancias dramáticas en su cometido.
En febrero de 1855 la línea de
telegrafía eléctrica había llegado a Irún, pasando por Zaragoza,
Pamplona y Vitoria, y se dispuso que los telegramas de Burgos a
Madrid siguieran un curso mixto: de Burgos a Vitoria, por las torres
ópticas, y de Vitoria a Madrid por la línea eléctrica. En el
escrito en que se comunicaba la disposición al Gobernador Civil de
Burgos, se le advertía que "el trayecto óptico exige generalmente
la mayor concisión al redactarse los mensajes" y que el texto de la
comunicación lo compondría adecuadamente el Comandante de Vitoria.
Así pues, a mediados de 1855 dejó de prestar servicio la línea
óptica de Irún y algunos de sus torreros fueron trasladados a la
línea de Andalucía.
La línea de Castilla sirvió, también,
para el telégrafo del real sitio de San Ildefonso. Se abandonó el
antiguo trazado de Lerena, desde Madrid al alto de Navacerrada, pero
se conservó el resto. Desde la torre nº 5, Monterredondo, situada
entre los pueblos de Alpedrete, Collado Mediano, Moralzarzal y
Becerril, partía un ramal que tenía tres torres: torre nº 101
Siete Picos, situada en la parte Este de Siete Picos, cerca del
puerto de Navacerrada (el lugar todavía se denomina “el
telégrafo”, pero no queda rastro de la torre); torre nº 102
Matabueyes, a veces denominada La Mata, y torre n° 103 La Granja, en
el mismo San Ildefonso.
La denominación de las torres de los
ramales se distinguía por el número de la centena: el primer ramal,
centena uno, segundo ramal, centena dos, etc.
La altura de la torre de Siete Picos (1
.982 m.), y las dificultades que presentaba en invierno,
probablemente ayudaron a Mathé a decidirse por la ruta del puerto de
los Leones (1 .552 m.) para atravesar la Sierra de Guadarrama, en
contra de lo inicialmente previsto por el Director General de
Caminos. (Ciento cuarenta años después, también se cambió la ruta
del radioenlace entre Madrid y Valladolid, variando el emplazamiento
del primer repetidor desde la cima de la Bola del Mundo, cerca del
puerto de Navacerrada, de muy difícil acceso en invierno, al puerto
de Los Leones, de mucha menor dificultad, repitiendo exactamente la
operación de los telegrafistas ópticos).
La segunda línea que entró en
servicio fue la de Cataluña por Valencia, que, desde el primer
momento, se denominó línea de Barcelona, aunque sólo hay
constancia de que funcionara regularmente el tramo Madrid-Valencia.
Este tramo se empezó a construir en 1848 y entró en funcionamiento
a finales de 1849.
Inicialmente se habían previsto 29
torres, y así funcionó durante el período de pruebas, pero tuvo
que construirse una torre intermedia entre la nº 4 El Campillo y la
del Mojón de Villago, dándosele el número 5 y corriendo la
numeración de las demás.
La torre n° 5, situada en el cerro
Quemada de Perales, cerca de Perales de Tajuña, se estableció en
octubre de 1850.
En el tramo Madrid-Valencia se habían
previsto únicamente Comandancias en Madrid y Valencia, pero, en
octubre de 1850, se dispuso el establecimiento provisional de una
tercera Comandancia en Motilla del Palancar, que quedó después como
definitiva.
Esta Comandancia intermedia tenía por
objeto «dar a este trozo de la línea de Barcelona toda la firmeza y
seguridad convenientes, para que el servicio de transmisión se haga
con inteligencia y celeridad” según reza el escrito con el que se
anuncia tal medida a los Comandantes de Madrid y Valencia.
La línea estaba dividida en cinco
secciones : la primera sección comprendía las torres números 1 a
8; la segunda, las 9 a 14; la tercera, las 15 a 19; la cuarta, las 20
a 24 y la quinta, las número 25 a 30.
Existe constancia de las dificultades
de comunicación en la zona de Requena, en cuyas cercanías estaban
las torres más difíciles de la línea. Incluso hubo que cambiar el
emplazamiento de alguna de ellas para facilitar la visibilidad y, en
Iniesta, existen dos torreones denominados Telégrafo 1 y Telégrafo
II por este motivo.
Las torres de las secciones más
próximas a Madrid y a Valencia sirvieron para el entrenamiento de
los nuevos torreros, y en la torre número 28, en Chiva, se
estableció una Escuela práctica para la formación del personal de
aquella zona.
Una estación particularmente
importante fue la de Tarancón, a causa de que desde ella partía el
ramal de Cuenca y, sobre todo, porque el duque de Riánsares, marido
de la Reina madre, era de allí y ambos efectuaban frecuentes
visitas.
El tramo Valencia-Barcelona comprendía,
también, treinta torres e inicialmente se había contemplado que la
línea finalizase en La Junquera, en la misma frontera con Francia,
con lo que tendría 17 torres más. Pero luego se consideró el tramo
Barcelona-La Junquera como un ramal de la línea de Barcelona.
Entre Valencia y Barcelona no existe
constancia de que llegara nunca a cursarse servicio. En 1850 se
estaba trabajando en su trazado, incluso se sabe que se aumentó una
torre y se rectificó la numeración. En julio de 1853 ya se habían
desmontado todos los telégrafos, trasladando todos los libros y
efectos de las Comandancias de Cataluña a Valencia.
Los trayectos Valencia-Castellón y
Barcelona-Tarragona estuvieron funcionando en forma no oficial, pero
el trayecto Castellón-Tarragona no parece que lo hiciera. La zona
que atravesaba la línea podría calificarse como tierra de nadie en
las residuales guerras carlistas que no acababan. Los latrofacciosos
-según la terminología oficial- fueron los dueños de los
descampados de aquellas tierras durante toda la década.
La numeración de las torres varió a
causa de rectificaciones en el trazado, pero no se encuentra
documentación que permita fijar exactamente sus emplazamientos.
Algunas torres se mantienen en pie, a veces muy bien conservadas,
permitiendo confirmar el trazado, pero en otros lugares no queda
rastro de ellas.
La línea de Barcelona se complementa
con dos ramales: el de Tarancón a Cuenca y el de Barcelona a La
Junquera .
El ramal de Cuenca se construyó en
1850, y constaba de ocho torres.
En 1854, durante la llamada Revolución
de julio, fue ocupada Cuenca por el Coronel Buceta, capitulando las
fuerzas vivas de la ciudad. El Comandante del Telégrafo optó por
huir hacia Tarancón, después de esconder documentos y diccionarios.
En esta misma acción los revolucionarios quemaron la torre de
Valverde del Júcar (n° 16 de la línea de Barcelona), cortando la
comunicación de Madrid con Valencia.
A raíz de estos sucesos se pensó en
sustituir el trazado del ramal de Cuenca por otro que acortara el
trayecto a la línea general, haciendo el enlace en las torres nº 15
o 16 (Olivares o Valverde del Júcar). Sin embargo, ya estaba
consolidándose la telegrafía eléctrica y en enero de 1855 se
suprimió el ramal y se abandonaron las torres.
El ramal de Barcelona a La Junquera se
componía de 17 torres, más la terminal de Barcelona, común a las
dos líneas. La numeración de las torres, corno corresponde al
segundo ramal de la línea, se iniciaba en la segunda centena.
Este ramal, en septiembre de 1850,
estaba funcionando en plan de prácticas, cursando servicio de forma
no oficial, pero ya estaban todas las torres dotadas y los telegramas
llegaban de extremo a extremo. Para su control estaba dividido en
tres secciones: la primera comprendía las torres 213 a 217; la
segunda las 207 a 212 y la tercera las 201 a 206.
El conjunto de la línea de Barcelona,
con sus ramales, comprendía nueve Comandancias: Madrid, Cuenca,
Motilla del Palancar, Valencia, Castellón, Tarragona, Barcelona,
Gerona y La Junquera.
En contraste con lo ocurrido en las
demás líneas de la telegrafía óptica, el funcionamiento de ésta
(salvo los tramos Madrid-Valencia y Tarancón-Cuenca) puede
considerarse como un fracaso, no sólo por las dificultades
invencibles que presentó la zona del Bajo Ebro, sino también por la
falta de actividad en el resto de la línea.
Una probable explicación a este hecho
está en que los principales usuarios de las demás líneas
telegráficas fueron los militares y Cataluña tenía establecidas
líneas militares independientes.
Precisamente fue el propio Mathé, con
personal del servicio de Telégrafos, como ya se ha dicho, quien
intervino activamente en el establecimiento de varias líneas
militares . Las más importantes unían Barcelona con Lérida y con
la frontera francesa.
Como curiosidad puede señalarse la
existencia, en 1848, de una red urbana de telégrafos ópticos,
utilizando un sistema original diseñado por el Coronel Leonardo de
Santiago, más tarde Inspector de Línea de Primera Clase de los
telégrafos civiles.
Esta red fue establecida por encargo
del entonces Capitán General de Cataluña, General Pavía. Unía los
fuertes de Montjuich, la Ciudadela, Las Atarazanas y Marqués de la
Mina, con el edificio de la Capitanía General.
El sistema se componía de un mástil
en el que se izaban varias banderas indicando, según el color, el
destino del mensaje (española, mensaje general; amarilla, para
Ciudadela; blanca, para Marqués de la Mina; listada azul-blanco,
para Atarazanas; azul, para Montjuich y roja, llamada de atención).
Además, una columna dividida en seis
partes, era recorrida verticalmente por un tambor que podía tomar
once posiciones, de manera semejante a como lo hacía el indicador
del telégrafo de Mathé. Un código adecuado permitía la
codificación de tipo decimal correspondiente.
No parece muy claro el porqué de la
supresión de todo el servicio telegráfico óptico de Cataluña en
1853, aunque, en realidad, parece que nunca llegó a cursarse
servicio entre Madrid y Barcelona. Por tanto, no sería correcto
decir que la supresión de la telegrafía óptica causara ningún
inconveniente, aun cuando la telegrafía eléctrica tardara todavía
cuatro años en implantarse en Barcelona.
El Director de las líneas, ya
Brigadier Mathé, lamentándose del mal trato que el Gobernador Civil
de Barcelona había dado a unos torreros, le decía al Ministro de la
Gobernación: " . . . no parece sino que la mano de la revolución,
cuyo fuego constante está en Cataluña, ha guiado la pluma del
Gobernador para poner en evidencia, en descrédito y en la más
completa abyección un instituto de gobierno como el telegráfico,
que quizá él solo baste para tener a raya a los perturbadores de
oficio". Lo que supone que el Brigadier entendía que existía una
oposición al telégrafo por parte, incluso, de las propias
autoridades civiles. Quizá esta impresión aceleró la orden de
desmantelamiento de las torres varios años antes que en las demás
líneas.
La tercera línea que entró en
funcionamiento fue la de Andalucía. Contaba con 59 torres entre
Madrid y San Fernando, en Cádiz (el doble de las que se preveían en
el proyecto de Betancourt en 1799). Tardó más de tres años en
construirse en su totalidad y fue entrando en servicio por tramos.
En
junio de 1850 empezó a funcionar el trayecto Madrid-Puertollano. En
febrero de 1853 se construía la última torre en San Fernando.
El trayecto Madrid-Aranjuez, a causa de
las frecuentes estancias de los Reyes en los Reales Sitios, tuvo
siempre especial importancia.
En realidad la línea de Aranjuez
estuvo funcionando mucho antes que el resto. En 1848 ya estaba en
servicio, aunque con una torre menos que las que se montaron para la
línea de Andalucía.
En la primitiva comunicación, la estación
cabecera de Madrid era el Cuartel de Guardias de Corps, es decir, la
misma que para la línea de Irún. Después se cambiaría por el
convento de La Trinidad, al principio de la calle de Atocha (en aquel
momento Ministerio de Fomento y hoy Teatro Calderón).
La segunda torre estaba en el cerro de
los Ángeles (coincidiendo línea antigua y nueva), pero la tercera
estaba en Espartinas, aproximadamente en la misma latitud que la
torre del Alto de la Cuesta de la Reina, pero más al Este,
saltándose la torre de Cabeza del Arenal en Valdemoro. Cuando la
línea hubo de seguir hacia el Sur, se varió la torre de Espartinas
para obtener visibilidad con la estación que se estableció en Val
de las Casas, y se adoptó la configuración final. En esta
configuración la estación de Aranjuez, con el nombre de maquinilla,
estaba intercalada entre las torres 4 y 5 . Esta estación sirvió,
además, de Escuela General sustituyendo a la Escuela de Tejoneras.
En la línea de Andalucía fueron
especialmente conflictivas la travesía de Sierra Morena, los
trayectos pantanosos de la Mancha y la zona Sevilla-Cádiz, por las
nieblas y por las condiciones insanas de vida. De la torre nº 31,
Loma del Carril, que parece ser que era una de las más penosas de
Sierra Morena, decía el Comandante de Ciudad Real, en un informe
apoyando la solicitud de traslado de un torrero: “el paraje en que
se halla situado aquel telégrafo y su temperatura influye mucho en
el mal estar de salud de los que lo guarnecen, atacados continuamente
de calenturas". (El traslado no sirvió ya para nada porque el
torrero murió prácticamente en la torre).
Otra característica especial de esta
línea fue el carácter marino de sus cuatro últimas torres . Ello
dio lugar a una curiosa incidencia, cuando una disposición obligó a
los Comandantes y oficiales de sección a disponer de caballo propio
para recorrer el trayecto de las torres a su cargo.
El Comandante
Ayudante de San Fernando expuso a la Dirección que para su cometido
era mucho más práctico utilizar una barca y pedía le dispensaran
de la obligación de comprar un caballo.
Estaba previsto que desde Toledo
partiera la línea hacia Extremadura. Incluso se buscó el
emplazamiento de las torres, pero no llegó a establecerse nunca.
En Toledo estaba situada la máquina en
el Alcázar y parece que la torre 8 podía establecer comunicación
con la 11, con lo que las torres 9 y 10 eran, en la práctica, un
ramal derivado de la línea general.
En Sevilla se construyó una torre
dentro de la ciudad, en la Fábrica de Tabacos, que tomó el número
101, como si fuera un ramal. La torre nº 48 se llamó torre
vértice.
Las Comandancias de la línea de
Andalucía estaban en Madrid, Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Sevilla
y Cádiz, suscitándose algún conflicto entre el Comandante de Cádiz
y el de San Fernando (La Isla), ya que este último, que no tenía
mando de Comandante, tenía funcionalmente más importancia teórica
por ser el de cabecera de la línea.
Durante los períodos que funcionaba el
servicio de Aranjuez se establecía en este punto otra Comandancia
provisional. En los últimos tiempos, la Comandancia de Madrid se
trasladó a Aranjuez.
La línea estaba dividida en once
secciones: la primera comprendía las torres 1 a 5; la segunda, las 6
a 11; la tercera, las 12 a 16; la cuarta, las 17 a 22; la quinta, las
23 a 27; la sexta, las 28 a 31; la séptima, las 32 a 36; la octava,
las 37 a 42; la novena, las 43 a 47; la décima, las 48 a 53, y la
undécima las 54 a 59.
La línea de Andalucía se mantuvo en
funcionamiento hasta 1857 . En agosto de dicho año se dispuso el
abandono de las torres, confiándose el cuidado de los edificios a la
Guardia Civil.
Cuando estaban funcionando plenamente
las tres líneas, sus tres cabezas (Cuartel de Guardias, Aduana y La
Trinidad) podían comunicar con la torre central, situada en la casa
de Correos, en la Puerta del Sol, pero tanto el edificio de la Aduana
como el convento de la Trinidad estaban situados muy próximos a
dicha torre, de modo que solamente el Cuartel de Guardias funcionaba
con ella.
En mayo de 1850 se obtuvo permiso del
Intendente general de la Casa Real para establecer una torre en el
Retiro que, inicialmente, estaba destinada a ser la cabecera de la
línea de Barcelona, pero que también podía servir para dar
comunicaciones a la línea de Andalucía. La torre del Retiro acabó
siendo la sede de la primera Escuela de la telegrafía eléctrica.
Cuando, en 1855, nació oficialmente la telegrafía eléctrica, quiso dejarse definitivamente atrás a las torres ópticas. Los nuevos telegrafistas hicieron ímprobos esfuerzos para que la sociedad se olvidara de que eran los mismos que antaño movían la hola en las torres, como avergonzándose de ello. Incluso, alguna vez, se sintieron afendidos si alguien les reprochaba que todavía tenían mentalidad de telegrafistas ópticos.
Por eso no es extraño que aquella primera etapa de la telegrafía no fuera sino un recuerdo borroso a los pocos años de haberse abandonado las torres.
La memoria popular sólo mantuvo el nombre de el telégrafo para designar algún cerro con una ruinosa torre. Sin embargo, parece que en plena época romántica un tema como el lenguaje de las torres podía haber conseguido alguna mayor resonancia poética y, además, la incidencia de las torres en el paisaje podía haber mantenido algún eco popular. Pero no fue así.
Sin embargo, a 160 años de distancia se puede afirmar rotundamente que la instalación y, sobre todo, el funcionamiento de las tres largas líneas ópticas, requirió una aportación de esfuerzos y sacrificios personales tan grande que es injusto que no haya merecido, por lo menos, un recuerdo más vivo.