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El trabajoso nacimiento institucional

Durante medio siglo, todos los intentos de crear una red telegráfica (Betancourt, Hurtado, Lerena y Santa Cruz) habían sido únicamente ensayos . Algunos con éxito demostrado e, incluso, con buena prensa, como hemos visto, pero ninguno había calado en el ánimo de los dirigentes de la nación con fuerza suficiente para hacer que los consideraran como asunto de Estado, en una época políticamente turbulenta.

No obstante, cuando surgió algún tipo de normalidad, después de los más de treinta años de situaciones sucesivamente calamitosas, el convenio de Vergara y la proclamación de la mayoría de edad de Isabel II dieron un poco de sosiego al país; dentro del conjunto de medidas que, a partir de 1843, se acometieron por los Gobiernos para modernizar la Administración, está la definitiva puesta en marcha de un servicio telegráfico de ámbito nacional.

Esta época de la historia de España tiene, para los historiadores, un carácter de transición entre el antiguo régimen, donde la Administración del Estado estaba en manos del Rey y de sus secretarios, y el concepto del moderno Estado, en el que la Administración se organiza por departamentos en manos de funcionarios profesionales, bajo la dirección del Poder Ejecutivo. Es todavía un paso previo, durante el que se van creando los principios del entramado burocrático de un Estado moderno. Los historiadores denominan a esta época la década moderada y precisan su duración desde la destitución de Salustiano Olózaga como Jefe de Gobierno, en diciembre de 1843, hasta la caída, después de una revolución, del conde de San Luis, en julio de 1854.

Probablemente no es una coincidencia casual, sino un producto de las mismas circunstancias, que la telegrafía óptica en España dure como servicio instituido el mismo y exacto período. Se inició por un Real Decreto de primero de marzo de 1844 y finalizó en agosto de 1857, cuando se ordenó el abandono de las últimas torres.

Para el servicio telegráfico, el funcionamiento por procedimientos ópticos significó un período de transición, durante el cual se preparó tanto la organización de una verdadera red telegráfica como la propia mentalidad de los usuarios.

Probablemente, desde el primer momento ofreció dudas la naturaleza del sistema telegráfico a implantar, ya que en 1844 el telégrafo óptico tradicional, el que se sabía que tenían en servicio la vecina Francia y otros países desde hacía más de cincuenta años, estaba siendo desplazado por el moderno procedimiento eléctrico.

En España no se desconocían los inventos que en este terreno se iban produciendo . Por ejemplo, el Boletín Oficial de Caminos, Canales y Puertos incluía, en el mismo año de 1844, un artículo dando cuenta de los pasos de los franceses hacia el telégrafo eléctrico y en el que se mencionaban las líneas de este tipo que ya existían en el mundo.

También en los periódicos y revistas de información general aparecieron noticias e incluso anuncios de registros de patentes de aparatos de telegrafía eléctrica.




Sin embargo, la electricidad era un elemento todavía poco conocido y, por ello, poco fiable su empleo. Y esta desconfianza no sólo se daba en España. En París, un tal M. Gonon, inventor de un telégrafo óptico universal y perpetuo, mantenía una polémica con el Gobierno, al que acusaba de destinar dinero del presupuesto (en el año 1846) al telégrafo eléctrico, basándose sólo en «afirmaciones arbitrarias, carentes de pruebas, y en promesas y esperanzas vagas».

Estaba dispuesto, M. Gonon, a construir a sus expensas una línea óptica, en paralelo a la eléctrica, para que pudiera compararse la eficacia de ambos sistemas, y afirmaba que sería mucho más rápido y seguro el sistema óptico. Daba múltiples razones para dudar de la posibilidad de que la electricidad sirviera como vehículo de señales telegráficas y, naturalmente, proponía su invento como la alternativa a las anticuadas torres de Chappe.

En la lista de los personajes que presenciaron las demostraciones del telégrafo de Gonon se incluía lo más representativo de la política y de las ciencias mundiales, y en ella figuraban varios nombres españoles, entre ellos Martínez de la Rosa, antiguo Presidente del Gobierno, y Subercase, Director de la Escuela de Ingenieros de Caminos.

La polémica era conocida en España, puesto que se había producido en revistas de actualidad y, además, se había difundido en un folleto recogiendo parte de las argumentaciones de M . Gonon.

Para los españoles de la época había una telegrafía ordinaria y una telegrafía eléctrica, y no debe extrañar que en una etapa de gobiernos conservadores se optara por lo existente y no se entrara en aventuras eléctricas

Tampoco debe subestimarse el peso que en esta decisión tuvo la situación de inseguridad en que sé encontraban los caminos, a merced, muchas veces, de partidas de guerrilleros-bandoleros. En estas circunstancias las líneas eléctricas eran muy vulnerables, mientras que las ópticas garantizaban una cierta seguridad con sus torres más o menos fortificadas. Por otra parte, los españoles no eran los únicos que adoptaban esta decisión, porque, en el mismo año de 1844, se estableció el servicio de telegrafía óptica en Argelia, recién conquistada por Francia.

En cualquier caso, el poner en marcha esta etapa de transición no fue una empresa fácil, ni en el plano político ni en el telegráfico, y, en cierto modo, ambos procesos marcharon paralelos.

En este período se sucedieron más de catorce gobiernos (alguno de los cuales duró escasamente tres días), hubo varias revoluciones, varias guerras menores, tanto internas como externas. Sin embargo, dentro de la década, hubo dos etapas más sosegadas, que correspondieron a los gobiernos del General Narváez (mayo de 1844 a abril de 1846, y octubre de 1847 a enero de 1951), y fue durante estas etapas cuando se pusieron en marcha las líneas telegráficas.

Aunque la puesta en marcha de los telégrafos en plan nacional se llevó a cabo en la década moderada, en realidad no había dejado de intentarse desde 1831.

Efectivamente, el Ministerio de la Gobernación encargó al Director General de Caminos el 14 de mayo de 1837 (un año y medio después del fracaso de Lerena) que propusiera un sistema telegráfico "para que cuando lo exija el servicio público y las relaciones del comercio interior, pueda dársele la extensión conveniente". Quince días más tarde, por Real Orden de primero de junio, encargó al mismo Director General la organización del servicio telegráfico, porque consideraba que el existente (es decir, se admitía que subsistía el de Lerena a los Reales Sitios) era imperfecto "por carecer desde su origen de una organización bien calculada", y consideraba que el medio más seguro para organizarlo mejor era "confiar su dirección al Cuerpo científico con quien tiene una conocida analogía; tal es el de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos".

Probablemente en este período, de 1837 a 1843, se iniciaron algunos trabajos encaminados a cumplir el encargo, por lo menos algo se hablaría de ello, porque Navarro Villoslada, en el artículo citado anteriormente, decía (en 1841): "Sabemos que se está tratando de establecer una línea telegráfica de Madrid a Irún, siguiendo la dirección del nuevo camino real, que debe pasar por Guadalajara y Soria. Pero atendida la escasez de recursos con que tienen que luchar nuestros gobernantes, es de temer que tan feliz proyecto no pueda verificarse".

Sea por la falta de recursos a que alude el artículo o por falta de voluntad, lo cierto es que el encargo no tuvo mucho éxito, porque siete años después, otro Ministro de la Gobernación tenía que recordarle a otro Director General de Caminos la existencia de aquellas reales órdenes y pedirle "a la mayor brevedad posible el plan de telégrafos, con el aparato y el sistema de comunicación que la Junta Consultiva haya designado como preferible, atendidos nuestros medios y circunstancias, acompañado el correspondiente presupuesto del coste del primer establecimiento y el de los gastos de conservación y servicio".

En esta ocasión, sin embargo, habían cambiado las circunstancias políticas. Se había iniciado la etapa de gobierno de los moderados. González Bravo estaba al frente del Gobierno y el orden era el punto principal de su programa. Para los moderados, el telégrafo ya no fue un asunto ambiguo de un progreso más o menos ideal, sino un elemento necesario para mantener el orden público (como la Guardia Civil, que por las mismas fechas se estaba gestando). Claramente lo dice el preámbulo del Real Decreto de primero de marzo de 1844: "Decidido el gobierno de S. M. a procurar por cuantos medios estén a su alcance el afianzamiento del orden público, tan necesario para que los pueblos puedan disfrutar de una administración paternal y previsora . . .", encarga a la Dirección General de Caminos establecer un telégrafo que una todas las capitales de provincia y puntos notables de las costas y fronteras con la capital del reino .

El comercio interior todavía no lo pedía, pero el telégrafo se establecía porque lo pedía el orden público . Quizá por esta vinculación directa con el orden público, el telégrafo óptico no llegó a ser nunca un telégrafo plenamente civil. Tanto su puesta en funcionamiento como su explotación se hicieron en régimen paramilitar, aun cuando una y otra correspondieran a ministerios civiles.

Además, la red telegráfica no empezó a prestar servicio a los particulares hasta 1855 (tres años después de que entraran en servicio los primeros telégrafos eléctricos, y cuando ya había acabado la década moderada). Pero, quizá también, por tener conciencia de que era un instrumento de gobierno muy útil en aquella cir cunstancia, el telégrafo se consolidó más rápidamente.

De todas formas, el éxito de la empresa, en cierto modo sorprendente conocidos los antecedentes, y que fue, sin duda, completo, probablemente se deba a la energía y voluntad que pusieron en ella los dos personajes que la encabezaron.

Un testigo excepcional, Pascual Madoz, opina que fue la amistad que existía entre Manuel Varela y Límia, a la sazón Director General de Caminos, y José María Mathé Aragua, inventor del sistema telegráfico, lo que permitió que triunfaran en su cometido. Y, efectivamente, visto con la perspectiva de 150 años, parece que las actuaciones de ambos en este tema fueron sobresalientemente diligentes. Manuel Varela, que era brigadier del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, fue encargado del establecimiento del servicio telegráfico por ocupar el puesto de Director General de Caminos.

Era una persona ilustrada, interesada en el estudio de su profesión y, por ello, tenía una idea clara de la utilidad del telégrafo en las campañas militares (algu nas muy recientes), y estaba en condiciones inmejorables para comprender e impulsar la empresa de poner en marcha los telégrafos civiles.

Fue nombrado Director de Caminos, Canales y Puertos y de su disposición de actuar sin pérdida de tiempo en el asunto del telégrafo da idea el que, dos días antes de que el Real Decreto de primero de marzo, antes citado, apareciera publicado en La Gaceta de Madrid (donde se publicó el día 6), envió ya una copia del mismo, así como las dos Reales Órdenes de 1837 que en él se citaban, a todos los ingenieros jefes de los distritos y, de propia iniciativa, una circular en la que se exponían las líneas generales de la red telegráfica que se deseaba. Se fijaban en ella las tres primera líneas; se encargaba a los ingenieros la práctica de reconocimientos del terreno previos a los replanteos; se fijaba la distancia entre las torres; se señalaba la conveniencia de que el trazado de las líneas estuviera cercano al de las carreteras; etc. La última parte de la circular era una verdadera arenga, propia de un general a sus tropas: "En este convencimiento, y teniendo presente la extremada urgencia con que se desea el establecimiento de las expresadas comunicaciones telegráficas, recomiendo a V.S., y me prometo de su celo y patriotismo y del ardiente interés de que le creo animado por el honor del Cuerpo, que procederá por sí en la parte que le toca, y hará proceder a los Ingenieros empleados bajo sus inmediatas órdenes, con la mayor actividad en el desempeño meditado y completo de las operaciones indicadas en la presente orden y con sujeción a todo lo que en la misma se previene".

No dejó que se enfriara el tema, y a finales del mismo mes de marzo volvió a oficiar a los jefes de distrito anunciándoles que el Ministerio de la Gobernación había dado órdenes a los jefes políticos de las provincias para que permitieran la entrada a los edificios oficiales, civiles y militares, a los ingenieros que buscaban emplazamientos para los telégrafos ópticos, a fin de que pudieran inspeccionarlos.

Simultáneamente había convocado el concurso para escoger el sistema telegráfico que se iba a emplear. Concurso que se resolvió rápidamente, puesto que su fallo se produjo por Real Orden de 29 de septiembre, que apareció en La Gaceta de Madrid el dos de octubre de 1844.

Varela Límia debía conocer bien a Mathé y tuvo la idea, que se revelaría extraordinariamente eficaz, de confiar al propio autor del proyecto ganador su puesta en marcha y, por ello, con la misma fecha del 29 de septiembre, se comunicó, de Real Orden, al Ministro de la Guerra, que el Coronel Mathé, «conforme con lo dispuesto por el Director General de Caminos», pasaba a ocuparse de la instalación de la línea Madrid-Irún, a las órdenes del propio Director General. Tres días después de la publicación de la Real Orden en La Gaceta, el 5 de octubre, se contrató el que sería el primer empleado del telégrafo, un escribiente asignado ex-profeso a la "Comisión de Telégrafos".

José María Mathé fue desde el primer momento el gestor ideal: infatigable, decidido y enérgico . Su formación le predisponía. Había conocido los trabajos de Lerena, ya que éste le citaba como persona que había colaborado en su empresa, en su Exposición al Consejo de Ministros. Formó parte de la Comisión encargada de levantar el mapa topográfico de España, lo que significaba que conocía directamente el terreno por el que iban a discurrir las líneas telegráficas. Había estado al frente de obras públicas, ya que, en 1833, tuvo a su cargo las fortificaciones de Castro Urdiales y conocía, por tanto, los problemas de las torres, mitad fortaleza mitad habitación. Su larga carrera militar y su grado de coronel le daban una experiencia y un ascendiente de gran utilidad para manejar a un personal que tendría que trabajar en condiciones muy duras y que se preveía de origen mayoritariamente militar.

Tampoco Mathé era hombre que gustara de perder el tiempo. Así puede verse que, aunque hasta el 16 de junio de 1845 no se aprobaron los presupuestos y los planos de las torres de la línea de Irún, la contratación de los primeros cuatro sargentos (recién licenciados del Ejército) para iniciar las prácticas en las torres, se había realizado el primero de dicho mes de junio.

Por Real Decreto de cinco de agosto del mismo año se aprobó el Reglamento orgánico del servicio telegráfico, y el once del mismo mes se propuso ya la contratación de los oficiales que habían de encabezar la organización: un inspector de línea de segunda clase, dos comandantes de línea de segunda y uno de tercera, tres oficiales de sección de segunda y uno de tercera y un oficial para la sección de contabilidad. Estas ocho personas iniciaron inmediatamente su trabajo y empezaron a seleccionar personal para las torres, de modo que la primera relación de torreros, de acuerdo ya con el Reglamento, tiene fecha de primero de septiembre. Esta primera relación comprende tres torreros de primera (que son aquellos sargentos contratados en junio), 17 de segunda clase, 12 de tercera y 15 ordenanzas.

Llama la atención que se tuviese la previsión de ir preparando personal con tanta anticipación, sobre todo habida cuenta de lo inestable de la situación política, estableciendo, incluso, una escuela donde realizar las prácticas y asignando un sueldo a los alumnos-aspirantes .

A partir de junio de 1845, se puede decir que Mathé no paró de viajar para intervenir personalmente en la determinación de los lugares de emplazamiento de las torres y resolver sobre el terreno los problemas que se planteaban. La organización de la naciente red, redacción del Reglamento, normas para la transmisión, confección de códigos, todo estaba en sus manos.

En realidad Mathé debía considerar (y la sociedad española de la época también) que todo lo del telégrafo le concernía. Así le vemos avalar con su firma las noticias que publicaba La Gaceta de Madrid sobre la Revolución de 1848 en Francia, establecer, por encargo del Capitán General de Cataluña, una línea óptica militar, diseñar un sistema para esa modalidad y dotarlo de un código adecuado y, además, ocuparse de los grandes y pequeños problemas de la organización del servicio telegráfico civil.

Su firma avala tanto el diseño de las torres como la notificación de una minúscula multa de pocos maravedises por "estropear unas cuartillas". Dirige indignados escritos al Ministro de la Gobernación, protestando por la actitud de algún Gobernador Civil, y escribe felicitando a los torreros que progresaban en la «carrera telegráfica».

Desde el primer momento ejerce el cargo de jefe de las líneas telegráficas y su superior inmediato, el Director General de Caminos, Varela Límia, le colma de elogios en los informes al Ministro, pero, cuando éste cesa, en 1847, Mathé no tiene reparo en solicitar para sí mismo el cargo de Director General de Telégrafos porque entiende que no debe agregarse el servicio a otra Dirección General. Reivindica la necesidad de autonomía, y afirma que "la administración central del telégrafo y las líneas mismas se hallan en tanta independencia de Correos como de otro ramo cualquiera del servicio público, tanto en su personal como en el servicio que prestan".

Su escrito y sus opiniones causaron efectos inmediatos y, por Real Orden de 14 de junio de 1847 (doce días después de su solicitud), se le comisionó para que se ocupar a de todo lo relativo a la organización del servicio telegráfico, dentro del Ministerio de la Gobernación, pero con cierta autonomía. En enero de 1851 le nombraron Director General, con el título de Director Jefe de las Líneas.

Lo más sorprendente de su asombrosa actividad para poner en marcha la telegrafía óptica es que, simultáneamente, era consciente de que era una obra condenada a muerte a muy corto plazo. De tal modo que parece que todo su trabajo, a partir del momento en que funcionó la línea de Cádiz, estuvo encaminado más a tener un grupo de personas seleccionadas y entrenadas para el establecimiento de la verdadera red telegráfica nacional, es decir, la Red de telegrafía eléctrica que sentía próxima, que a la ampliación de la propia telegrafía óptica, que nunca constituyó para él una red, aunque inicialmente se contemplara su extensión a toda la península.

En el período comprendido entre la terminación de la primera línea Madrid-Irún, a finales de 1846, y la instalación de las nuevas líneas Madrid-Valencia y Madrid-Andalucía, estuvo Mathé en Barcelona iniciando un sistema óptico para el Ejército.

El Capitán General de Cataluña, que era el marqués del Duero, le encargó la puesta en marcha de varias líneas ópticas, que enlazaran Barcelona con Lérida, Manresa, Vich y otros pueblos del interior, que en aquellas fechas estaban siendo acosados por gavillas de latrofaciosos, que es como denominaban los periódicos de Madrid a las partidas de carlistas y matiners.

Mathé creó un sistema más sencillo que el que ya utilizaba la línea Madrid-Irún y confeccionó un Diccionario y Tablas de transmisión para el telégrafo de noche y de día, para instrucción de los Oficiales y una “Instrucción para los torreros y cartilla de servicio interior y señales particulares" para los operadores. Además, se llevó algunos torreros de la línea de Irún para que actuaran como instructores.

Este encargo militar lo cumplió Mathé en su condición de Brigadier de Caballería - Coronel del Cuerpo de Estado Mayor - Director facultativo de las líneas de telégrafos. Y en los documentos que emite figuran ambas condiciones, probando, con ello, el carácter mixto, civil y militar, del servicio de los telégrafos ópticos .


No ha sido posible disponer del proyecto original que presentó el Coronel del Estado Mayor Don José María Mathé al concurso convocado por Real Orden de primero de marzo de 1844 para el establecimiento del telégrafo óptico, pero existen dos descripciones que, probablemente, fueron aprobadas por el propio autor o por algún colaborador próximo, que nos sirven para tratar de reconstruir el funcionamiento, tanto de la máquina como del sistema que se empleó durante diez años en España.

Se trata de la descripción que hace Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico y de la que acompaña al artículo "Los Telégrafos en España", publicado en la revista La Ilustración, del tres de mayo de 1851. Madoz publicó su Diccionario I en 1848, es decir, recién inaugurada la línea Madrid-Irún, y todavía en la fase inicial de la construcción de la línea Madrid-Valencia. Por el talante de la obra cabe suponer que los datos que aporta son de primera mano, pero, además, los cálidos elogios que dedica a Mathé y a Valera Límia (entonces Director General de Caminos, Canales y Puertos) hacen suponer que la información pudo contar con su asesoramiento.

El artículo de La Ilustración va acompañado de figuras, dibujos de torres y de un retrato del propio Mathé, por lo que cabe pensar que fue publicado con su aprobación y, probablemente, con su colaboración personal . El artículo va firmado con las iniciales M. R. que no corresponden a ningún colaborador conocido de Mathé. En el momento de su publicación funcionaba plenamente la nueva línea Madrid-Valencia, además de la de Irún, y se estaban construyendo las líneas Valencia-Barcelona y Madrid-Andalucía. En los dos artículos, la descripción de la máquina es literalmente igual, incluyendo los comentarios sobre las ventajas técnicas que ofrece en comparación con otros sistemas. Contiene, además, datos de la organización de las líneas y las torres muy documentados y puestos al día, reflejándose perfectamente los tres años de diferencia en las fechas de publicación de ambos artículos.

La descripción de la máquina contenida en las dos publicaciones es la siguiente: «consiste en 8 barras de hierro, 4 de ellas de 19 pies de altura y las otras de 21, plantadas verticalmente de cuatro en cuatro en los ángulos de dos cuadrados, el uno exterior, cuyos lados son de 11 pies, y el otro interior, paralelo, de 2-2/3 pies de lado. Dentro del espacio que forman las cuatro barras interiores, se mueve también en sentido vertical, por medio de un sencillo mecanismo, un cilindro hueco, o corona, llamado indicador, de 3 pies de diámetro y 18 pulgadas de altura, cuyas diversas posiciones, con relación a 3 fajas que se proyectan horizontalmente sobre las barras exteriores y cubren sus espacios intermedios dividiendo entre claros o secciones iguales, la altura de la máquina, suministran cuantos signos puedan ser necesarios para la transmisión de toda clase de comunicaciones oficiales y de servicio interior de la línea».

En el Diccionario de Madoz se incluye una vista de la Casa de Correos en la que puede observarse la máquina, aunque con un dibujo impreciso.



Esencialmente, el dispositivo consistía en una pieza móvil, llamada indicador, que podía ascender y descender libremente por el centro de un bastidor que tenía tres franjas oscuras, paralelas, separadas claramente entre sí. El indicador, mediante una polea convenientemente graduada (llamada volante), podía tomar doce posiciones, diez de las cuales se hacían corresponder con los números de cero a nueve, y las otras dos se asignaban a funciones identificadas por las letras «X« (repetición) y ”m”, (error). Una posición decimotercera, consistente en esconder el indicador a la vista (la arriada), se empleaba para separar dos signos (que se denominaban por ello signos absolutos), o dos frases.

La arriada se anotaba en los diarios con una línea vertical; un signo absoluto se representaba entre dos rayas. Las doce posiciones se obtenían colocando el indicador tangente a las franjas por la parte inferior o superior, poniéndolo en línea con ellas o colocándolo en el espacio intermedio. En la figura se indican las posiciones posibles.

Una bola situada a un lado del armazón, variando su posición con parecidos criterios que el indicador, proporcionaba señales de servicio complementarias.

La Instrucción General para el Servicio de Transmisión 13 explicaba que: Los signos de la bola se verifican en los centros de los espacios y de las fajas. Por consiguiente sus posiciones son seis.

1ª posición: a la altura de la faja superior.
2ª posición: a la altura central del espacio superior.
3ª posición: a la altura central de la faja del medio.
4ª posición: a la altura central del segundo espacio.
5ª posición: a la altura de la faja inferior.
6ª posición: a la altura central del espacio inferior.

Para mayor claridad se advierte que las figuras que se representan con una sola línea son bolas en las fajas, y las que llevan dos, en el espacio; su orden numérico es de alto a bajo. Las señales de servicio eran:

1. Niebla a vanguardia, es decir, indicando que no podía seguir el despacho. Se usaba también cuando se reanudaba la transmisión interrumpida .

2. Llegada de un despacho de mayor categoría, ante el que había que interrumpir la transmisión que se estaba cursando .

3. Ausencia a vanguardia, significaba que el torrero de la torre siguiente no había izado la señal de inicio del mensaje pasado un tiempo prudencial de espera (2 minutos).

Calificar de ausencia a un torrero le suponía una multa, porque retrasaba el curso del mensaje. Su empleo dio lugar a rencillas entre torreros colaterales, por si se esperaba más o menos tiempo con tolerancia o mala fe.

4. Cuando coincidían dos despachos de igual categoría, esta señal desempataba, si uno de ellos iba hacia Madrid (o hacia el punto en el que residiera el Gobierno en aquel momento).

5. Señal de que estaba funcionando la vanguardia y el mensaje no podía seguir, de momento.

6. Señal de avería de la vanguardia o propia, según se continuara o no con el movimiento del indicador.



Las posiciones de la bola se registraban en los cuadernos, pero no se incluían en los despachos, salvo en aquellos en que se había producido una interrupción en la transmisión. Esta circunstancia se indicaba al final del despacho, con el número de la posición de la bola (1 = niebla, 3 = ausencia, etc .).

Durante los, aproximadamente, diez años en que estuvo en servicio el telégrafo óptico en España, hubo tres modelos de máquina, aunque todos funcionalmente iguales.

El primero, que es el descrito por Madoz y M. R., tiene cuatro bastidores y el indicador central sirve, simultáneamente, a los cuatro, de modo que la señal se puede observar desde los cuatro lados de la torre. Esto, que es una ventaja si el observador no está en un punto fijo, es superfluo si los puestos que van a formar la línea son fijos, porque, en este caso, sólo verán siempre una única cara . Por ello, esta primera solución, que se había presentado como ventajosa frente al telégrafo francés, se abandonó pronto por un dispositivo idéntico, pero con un solo bastidor, que se veía de frente o de espalda desde las dos torres colaterales (la única diferencia, de verlo de uno u otro lado, era que la bola se veía a la derecha o a la izquierda del marco).

Algunas torres, sin embargo, mantuvieron el sistema primitivo para dar servicio en varias direcciones. Por ejemplo, la torre del Cuartel de Guardias de Corps (después Cuartel del Conde Duque, daba despachos como torre nº 1, a la línea de Irún, pero también servía como cabecera a la línea de Aranjuez . Lo que suponía que la torre nº 2 de la línea de Irún, Aravaca, estaba en dirección Oeste, mientras que la torre nº 2 de la línea de Aranjuez, cerro de los Ángeles, estaba en dirección Sur. Era pues conveniente mantener el primitivo sistema (más tarde se buscó otra cabecera para la línea de Andalucía, de la que Aranjuez pasó a formar parte, fijándola en el edificio de la Aduana, al principio de la calle de Alcalá) .

La tercera versión de la máquina, que no llegó a entrar en servicio, fue propuesta para la línea de Andalucía, y consistía en que las franjas oscuras del bastidor estaban constituidas por persianas divididas en dos partes, pudiendo hacerse cada mitad transparente u opaca, con lo que se multiplicaba el número de combinaciones posibles.

La máquina correspondiente a esta variante fue presentada por su constructor Tomás de Miguel (El Vizcaíno), a la Exposición de la Industria Nacional de 1850. La Ilustración publicaba un dibujo de la máquina, diciendo que era un nuevo sistema aprobado por S. M. que se estaba colocando en la línea de Andalucía. Sin embargo, aunque en el mismo artículo periodístico se dice que era muy superior a las anteriores «por el aumento de voces que proporciona», la verdad es que no se utilizó realmente, porque hacerlo suponía cambiar el sistema de codificación que tenían las otras dos líneas en servicio.

El sistema de funcionamiento de una línea permitía la casi simultánea operación de todas sus torres. Cada torrero tenía la obligación de observar constantemente a sus colaterales, "observar a vanguardia y retaguardia constante y alternativamente", dice la Instrucción.

El torrero, cuando veía una señal, después de observar que el otro colateral estaba disponible, es decir, que había visibilidad y no había signo de avería, repetía en su máquina la señal que veía y la escribía en su cuaderno. Para este torrero, la torre en la que había aparecido la señal era la retaguardia y la torre siguiente a la suya la vanguardia. Los despachos debían avanzar, pues, de retaguardia a vanguardia. Izado el signo de su máquina, observaba cómo su vanguardia también lo repetía y "repetido que sea por su vanguardia volverá a observar la retaguardia, copiando fielmente el signo que ésta tendrá elevado, escribiéndolo en el cuaderno después de rectificarse como en el anterior, procediendo del mismo modo en el curso de todo el trabajo hasta su terminación".

De esta forma los signos que iba izando cada estación eran vigilados por su retaguardia para asegurarse de que eran correctos, pudiendo corregirlos, si no lo eran, mediante la repetición del signo precedido de la combinación ”m”.

Este modo de operar suponía que el despacho avanzaba simultáneamente por toda la línea; pero la falta de un torrero en su puesto podía impedir el funcionamiento del conjunto. Por ello, una vez izada la primera señal, el torrero esperaba un tiempo a que su vanguardia lo repitiera (parece ser que hasta dos minutos), y si aquélla no lo repetía, daba por supuesto que el torrero de vanguardia estaba ausente, ponía la bola en la posición correspondiente (3 ) y se desentendía de la vanguardia, recibiendo el despacho completo, repitiendo todos los signos que iba izando su retaguardia sólo como confirmación.

En este caso el despacho quedaba en poder de la estación que había detectado la ausencia. Esta torre mantenía izada la señal de calificación del despacho hasta que su vanguardia contestaba. Si ésta había contestado durante el curso del telegrama, esperaba a que finalizara la recepción completa y, a continuación, se iniciaba la nueva transmisión hacia la vanguardia.

Para indicar que esta nueva transmisión no implicaba a las torres de retaguardia, la torre que la efectuaba colocaba su hola en la 1ª posición e iniciaba la transmisión, colocando con el indicador el número absoluto 171, si la comunicación se dirigía hacia el extremo de la línea, o el 191 , si la comunicación se dirigía hacia Madrid y, a continuación, iniciaba el telegrama que estaba detenido.

El mismo procedimiento se empleaba cuando, en mitad de una transmisión, se perdía contacto visual con la torre de vanguardia, por niebla, por ejemplo. Cuando volvía la visibilidad, la torre reanudaba el mensaje en el mismo punto en que había sido interrumpido, iniciando la transmisión con la cifra absoluta 151 (que se llamaba, por ello, signo absoluto de continuación).



En cada torre existía un cuaderno del volante, que, según la Instrucción, "estará precisamente pautado y dividido en veintisiete casillas, y cada nueve de éstas, separadas clara y distintamente por una línea de tinta, para evitar la confusión de los períodos", en el cual se anotaban los despachos.

También se anotaba en el mismo cuaderno la posición de la bola de los colaterales y, si la comunicación se interrumpía, se indicaba. Para diferenciar las anotaciones que correspondían a vanguardia y a retaguardia, se consideraba que la parte superior del renglón era la vanguardia y la parte inferior la retaguardia .

En el mismo cuaderno se indicaba, con números menores, la tardanza en repetir la señal los colaterales. Según la Instrucción debían darse, por término medio, cuatro signos por minuto. Por eso se observa que las anotaciones aparecen cuando se tarda un minuto o más en repetir. Se decía entonces que era una transmisión pesada.

En las copias de dos hojas de volante que se muestran, pueden verse algunas de las características indicadas: el papel pautado, el signo con la hora de interrupción, las anotaciones marginales sobre los retardos a vanguardia o retaguardia, etc. Incluyen, también, anotaciones resaltando la diferencia del tiempo real empleado y el tiempo teórico.

Se ve, en todos los casos, que ambos tiempos se diferencian en función de las anotaciones marginales de retardo. Las horas corresponden a 1855, época tardía del sistema, y las anotaciones son de tipo sistemáticamente taquigráfico. (Obsérvese la diferente expresión de los números en los despachos y en las anotaciones auxiliares de fecha, hora y cómputo). Las columnas de la izquierda indican que las hojas corresponden a un día 28 y que la anotación inicial se hizo a las 17 horas (la x repite el cero).

La segunda hoja sigue a la primera en el tiempo y continúa las anotaciones. Puede verse que la última anotación de la primera corresponde a las 18,12 horas (terminando a las 18,18) y la primera anotación de la segunda es de las 18,20 horas

También puede verse que el primer mensaje anotado es de Madrid a Cádiz (bien entendido: dirección de Madrid a Cádiz, porque el destino vendrá cifrado en el mensaje), en la hoja de abrevia "De M. a C.", al que siguen mensajes cortos en sentido contrario "a M.".



El primer mensaje se interrumpe a las 17,40 horas y lleva una indicación 0291 que significa que la interrupción ha sido en la torre 029 a causa de la niebla (1). A las 18,35 horas hay un intento de reanudar la transmisión, pero se interrumpe inmediatamente. (La anotación de la hora de esta interrupción debe ser errónea: si empezó el intento a las 18,35 no pudo cortarse a las 18,30, como anota, sino, probablemente, a las 18,40). Esta segunda interrupción fue por falta de luz, aunque no lo diga, ya que no hay más anotaciones hasta que se reanuda la transmisión al día siguiente (29), a las 5,30 horas.

En otra copia de hoja de volante pueden confirmarse las mismas observaciones y verse que, algunas veces, los retardos podían ser notables, produciéndose tanto a vanguardia como a retaguardia. También se confirma el tipo de anotaciones taquigráficas.

Los despachos telegráficos estaban, todos ellos, redactados en lenguaje cifrado. La operación del cifrado y descifrado correspondía exclusivamente al personal facultativo, comandantes y ayudantes.

Probablemente los códigos para cifrar los despachos variaron durante el tiempo en que se empleó el telégrafo óptico. En el Museo Postal y de Telecomunicación existe un Diccionario, editado en 1846, que da idea de cómo se hacía la codificación y decodificación. Tiene unas instrucciones para uso de los comandantes, pero, desgraciadamente, no incluye las cifras que se empleaban (por eso, porque deja en blanco los lugares para ellas, creo que pudo cambiarse la clave periódicamente) .


La época, socialmente poco asentada, y el concepto para-militar que del telégrafo se tenía, hizo que la mayor parte de los hombres que hicieron posible su implantación fueran reclutados entre licenciados del ejército. Acabada la primera guerra carlistas quedaban disponibles una gran cantidad de militares profesionales, sobre todo de los escalones inferiores, cabos y sargentos, que fueron empleados en la nueva organización.

Probablemente, para manejar a este tipo de hombres, la propia organización del Telégrafo adoptó una estructura de tipo militar, con dos clases de personal: un nivel superior, denominado facultativo, encargado de la parte científica del proceso telegráfico; y un nivel inferior, encargado de las labores prácticas de la transmisión de los despachos.

El nivel superior estaba formado por un número reducido de personas, la mayoría oficiales del ejército, con algún abogado o funcionario del Ministerio reconvertido a causa de alguna cesantía.

A este nivel le correspondían las funciones de:

– Un Inspector de línea de primera, que siempre fue «el Coronel Inspector de primera clase» o, incluso “el Brigadier Inspector de primera clase", del mismo modo que el Director General efectivo fue “el Brigadier Jefe de las líneas", ya que se procuraba mantener los grados militares para reforzar la organización. Pero, además, porque el único que ocupó este puesto fue don Leonardo de Santiago, que ascendió de Coronel a Brigadier durante su mandato.

Este puesto era el segundo dentro de la organización telegráfica y empezó a tener importancia a partir de la instalación de la segunda línea. Desde 1844 a 1847 Mathé asumió todas las funciones, tanto de dirección como de ejecución de la línea de Irún.

A raíz de su estancia en Cataluña, en 1848, debió entrar en contacto con el Coronel de Santiago, que había sido el responsable de los telégrafos del Capitán General marqués de Novaliches, y al que el propio Mathé iba a sustituir, a las órdenes del nuevo Capitán General marqués del Duero. Inmediatamente el Coronel de Santiago pasó a ser su colaborador y a ocupar el segundo puesto de la organización de los telégrafos civiles.

El Inspector de primera era el responsable del servicio y, tenía a su cargo el “vigilar incesantemente sobre la puntual y completa observancia de las obligaciones de cada clase respectiva y de infundir en todas, con el ejemplo y el celo más asiduo, la energía de acción tan necesaria para que el servicio telegráfico se desempeñe con la rigurosa eficacia que requiere su instituto, y el alto grado de confianza que en todos sus empleados, y con especialidad en los de clase superior, deposita el Gobierno” . (Art . 90 del Reglamento interior).

– Inspectores de línea de segunda clase, que, en principio, eran tantos como extremos de líneas establecidas, y que se encargaban de vigilar el cumplimiento de los Reglamentos, sobre todo «la sólida instrucción, reserva y buena disciplina en las clases inferiores y la delicadeza, circunspección y dignidad en las de oficiales y jefes así como las propias para cimentar el servicio telegráfico en los principios inalterables de la probidad y del honor.» (Art . 89 del Reglamento interior).

El que jugó un papel más importante fue el Coronel Don Manuel del Busto, que ya fue contratado en la temprana fecha de 11 de agosto de 1845. Como Inspector de la cabecera de Madrid de la única línea existente, sustituía a Mathé mientras éste recorría el terreno para el establecimiento de las últimas torres. En el momento de la inauguración de la línea actuó como Comandante de la cabecera de Irún.

En realidad asumía el papel de segundo jefe de la organización. Su nombre puede verse inmediatamente después del de Mathé (con el que estaba emparentado) en las listas de personalidades que manifiestan su adhesión al Gobierno después de que fuera dominada la revuelta del Regimiento de España, el 7 de mayo de 1848, y que publicaba La Gaceta de Madrid.

En 1849, cuando se proyectó la ampliación de las líneas, se encargó de trazar la línea Valladolid-Coruña-Ferrol, con ramal a Zamora, que no pasó de la fase de proyecto.

Cuando apareció el Inspector de línea de primera como segundo jefe de Telégrafos, don Manuel del Busto pasó a ocupar una especie de Jefatura de Personal.

– Comandantes de línea, que ocupaban las jefaturas de División. Había aproximadamente cuatro o cinco por línea, coincidiendo con las capitales de provincia, o ciudades de especial importancia política o estratégica, para el buen funcionamiento de la línea. Cada División ocupaba varias secciones, de cuatro o cinco torres cada una, y a los Comandantes les correspondía controlar, revistando periódicamente sus actividades, a los Jefes de las Secciones.

Los primeros Comandantes fueron el Teniente Coronel de Infantería Don Joaquín Calviño, Don Pedro de Bayo y Don Ramón Martínez Valdés, todos ellos contratados el 11 de agosto de 1845. – Aunque no estaba previsto en el Reglamento interior de 1846, pronto se recurrió a contratar Ayudantes, que en realidad eran Comandantes-Ayudantes, que se destinaban como segundos en apoyo de aquéllos.

El personal de este primer nivel era el único que podía cifrar y descifrar los mensajes que se transmitían. Se reclutaba inicialmente entre oficiales del ejército, licenciados o en activo a petición propia. Pero pronto se empleó personal de otra procedencia, puesto que existía la norma de aprovechar los cesantes del propio Ministerio. Así, por ejemplo, cuando se trató de establecer las líneas de Valencia y Andalucía, en 1848, se solicitó la incorporación de cuatro Comandantes y dos Ayudantes, y los nombramientos recayeron en un "oficial tercero, cesante de la administración del correo general", un "teniente de Infantería retirado, con grado de Capitán y oficial cesante de la suprimida Dirección General de Correos", un "oficial de la clase de los sestos, de la Contabilidad especial" del Ministerio de la Gobernación, dos "oficiales cesantes del ramo de correos" y un "oficial primero que fue del Gobierno político de Lugo".

Debía existir una gran oferta de aspirantes para ocupar este escalón facultativo de la organización telegráfica, porque, en marzo de 1850 apareció en La Gaceta de Madrid, un anuncio puesto por el Ministerio de la Gobernación, que decía: "Hallándose provistas todas las plazas de Comandantes y Ayudantes de telégrafos, se previene a, los que las han pretendido, que no pueden tener lugar, por ahora, sus solicitudes, y que no habrá nuevas plazas que proveer hasta que el año próximo comience la construcción de otras líneas".

Muchos Comandantes y Ayudantes continuaron en la telegrafía eléctrica. Probablemente el más representativo de los primeros momentos fue Don Domingo Agustín, que fue jefe de la División de Valladolid y el encargado de la formación de los primeros Comandantes y Ayudantes. Más tarde sería el que dirigiría la construcción de la primera lí-nea del telégrafo eléctrico entre Madrid y Zaragoza. Su hijo, Antonio Agustín, que tendría también un papel relevante en la historia del telégrafo, casó con una hija de Mathé.

La diferencia entre el personal facultativo y el personal operativo, tanto desde el punto de vista de su selección, como de sus funciones, era total pero no puede decirse que el paso de un escalón a otro fuera imposible y, aunque no existían cauces por los que los torreros y oficiales de sección pudieran llegar a Comandantes, sin embargo alguno lo logró.

El nivel inferior puede decirse que fue el que soportó con su esfuerzo, siempre grande y a veces dramático, el funcionamiento del telégrafo óptico. Este nivel estaba compuesto por tres escalones:

- Los oficiales de sección, que tenían a su cargo la supervisión del funcionamiento de varias torres (cada sección se componía de cinco o seis). Su trabajo consistía en procurar "la instrucción de los torreros, el orden y gobierno interior de los telégrafos y el vigilar que todas las clases inferiores observen la más estricta disciplina". (Art . 46 del Reglamento interior).

Los oficiales de sección procedían de torreros aventajados que aprovechaban su experiencia en el servicio, aunque los primeros Jefes de sección se formaron directamente en la Escuela de Tejoneras, establecida cuando se iniciaba la línea Madrid-Irún.

Los Jefes de sección debían revisar mensualmente todas las torres a su cargo, aunque en realidad la vigilancia sobre el funcionamiento tenía que ser permanente y, como dice uno de ellos, "por espacio de mucho tiempo, mientras no se fue sistematizando el servicio, apenas pasó un día que no tuviera que montar a caballo visitando las torres que se les habían confiado, para instruir y enseñar teórica y prácticamente al personal de las mismas". También debían efectuar observaciones sobre las condiciones atmosféricas típicas del paraje donde estaba enclavada cada torre, enseñando a los torreros, “a conocer y distinguir con exactitud nieblas densas, nieblas ligeras, vapores nebulosos de los ríos y pantanos, celajería suelta, atmósfera pesada, horizontes ofuscados, etc.". (Art . 59 del Reglamento interior).

- Los torreros formaban el segundo escalón y eran el elemento capital del telégrafo óptico y por ello debían "estar muy instruidos en el manejo e inteligencia del mecanismo de la máquina y de las piezas que la componen para hacer rápida y segura la ejecución y transmisión de las señales". (Art. 1.2 del Reglamento interior).

La obligación principal del torrero era la transmisión material de los signos que componían los mensajes, pero desconocía su verdadero contenido, puesto que ya se le entregaban en forma cifrada. En las torres intermedias se limitaban a repetir lo recibido .

Esta fidelidad en la repetición daba lugar a chistes más o menos cariñosos, como el que relató, a cuarenta años de distancia del funcionamiento del telégrafo óptico, uno de los pocos españoles que se han ocupado de estos temas. Antonino Suárez Saavedra, en una conferencia que pronunció en el Ateneo barcelonés en 1884, decía: "Hay cuentos, señores, de los cuales puede decirse perfectamente aquello de que se non é vero é ben trovato, cuentos que hacen fortuna porque expresan perfectamente una idea cierta e interpretan con conciencia su sentimiento arraigado. Pues bien, cuéntase que en una ocasión el telegrafista de servicio en una torre tuvo la mala ocurrencia. . . que suelen tener otros que no son telegrafistas, y se suicidó; se ahorcó, y se ahorcó precisamente colgándose de una cuerda destinada habitualmente a mover las poleas de su aparato; de modo que el hombre ahorcado se veía perfectamente desde la estación o torre colateral . El torrero de servicio en ésta, atento siempre con su anteojo, antiguo soldado como era de reglamento el serlo, tenía de heroísmo y de disciplina todo lo que le faltaba de discernimiento y de aplomo; él vio aquella señal extraña, un hombre colgado, se creyó en el deber de reproducirla, no sabía cómo hacerlo, y entre el deber y el amor a la vida, lo primero triunfó de lo segundo, y se suspendió por el pescuezo a la cuerda: se ahorcó también. ¿Creeréis, señores, que de torre en torre la terrible e inesperada señal fue reproducida y que en la estación de término, como en las intermedias, la gente vio con asombro un hombre ahorcado en lo alto de la torre? La moraleja de esto la comprendereis bien, y haréis justicia conmigo al espíritu severo, a la ruda disciplina, a la honradez intachable de aquellos telegrafistas de las montañas, de aquellos soldados de la patria y agentes del progreso".

Aun dando al cuento de Suárez Saavedra el valor de una chanza para amenizar su conferencia, sin embargo es cierto que la disciplina militar más rigurosa era la característica más potenciada por el Reglamento, que dedicaba 45 artículos a regularla, concluyendo con esta filosófica observación: "Art. 45 . Los torreros y ordenanzas tendrán siempre presente que el único objeto a que han de aspirar para hacerse dignos de las ventajas de la carrera, será el manifestar en todos los actos del servicio la más profunda subordinación, mucha puntualidad en el desempeño de sus deberes, el mayor celo y exactitud en el cumplimiento de las órdenes de sus superiores, una absoluta reserva y observar en los actos particulares el más decoroso comportamiento".

Por otra parte, los torreros, además de su función de reproducir escrupulosamente todos los signos que veían, debía mantener en buen estado de funcionamiento su torre, responsabilizándose del «orden, aseo interior, cuidado de las máquinas, limpieza y conservación de los anteojos y relojes, buen estado del armamento y municiones, utensilios y demás enseres. (Art. 4 del Reglamento interior).

- Los ordenanzas formaban el último escalón de la organización. Eran los encargados de llevar de puesto en puesto aquellos partes que debían presentarse por escrito o aquellos otros a los que la interrupción del telégrafo impedía su transmisión en el plazo considerado anormalmente largo.

Para ello debían ir armados y no podían emplear más de una hora por legua (es decir, unos 5,5 kilómetros). También actuaban corno ayudantes-aprendices de los torreros, cargo que solían ocupar una vez instruidos, previa prueba de aptitud ante el Comandante respectivo.

El personal de este segundo nivel procedía, casi exclusivamente, de soldados, cabos y sargentos licenciados del ejército. Inicialmente el Director General de Caminos, Canales y Puertos tenía el encargo de reclutarlos y establecía con ellos los contratos en forma personal y por tiempo indefinido.

Más adelante se encargó de la contratación la recién creada Dirección General de Telégrafos, pero los contratos fueron del mismo tipo, aunque por Real Orden del 15 de julio de 1849 se añadió una cláusula que les obligaba a servir un mínimo de tres años.

El personal empezó a contratarse bastante antes de que entraran en servicio las torres. La Real Orden de 29 de septiembre de 1844 autorizaba al Director General de Caminos “a la admisión de los individuos precisos para plantear en las tres primeras torres los ensayos de comunicaciones y la escuela práctica de los empleados del ramo''. La autorización se empleó inmediatamente, y se sabe que el 5 de octubre de este mismo año se contrató "un escribiente temporero en la Comisión de Telégrafos" de la Dirección General de Caminos, evidentemente para cubrir las necesidades de tramitación de los asuntos telegráficos mas que como telegrafista.

En septiembre de 1850, según decía un informe de la Dirección General, el número de Jefes de sección, torreros y ordenanzas que habían prestado servicio en el telégrafo era de "más de ochocientos''. En 1853, según puede deducirse de las relaciones de contribuyentes para Auxilios Mutuos, el número de funcionarios de este nivel rondaba los seiscientos (31 oficiales de sección, 402 torreros y 159 ordenanzas).

El que se transcribe a continuación fue, probablemente, el primer contrato de profesionales que se realizó. Está fechado más de quince meses antes de que se cursara el primer despacho por la línea Madrid-Irún. "En uso de la autorización que me está concedida por Real Orden de 30 de septiembre ppdo., nombro a los sargentos primeros licenciados Don José Dalmau, Don Jacinto Pliego y Don José María Carreira, y al sargento segundo Don Juan González, para que se empleen en los trabajos que se están ejecutando, con objeto de establecer la línea telegráfica desde esta Corte a Irún, abonándoseles desde esta fecha y mientras desempeñen dicho cargo, doscientos setenta r.v. mensuales a cada uno de los tres primeros, y doscientos cuarenta al último. Nombro asimismo Ordenanza, con destino a Telégrafos a José Fendrig, con ciento cincuenta r.v. de haber mensual, que le será abonado desde el día primero del corriente. Madrid, primero de junio de 1845 M. V. y Límia."

Estos cuatro sargentos fueron los primeros que manejaron las máquinas de la telegrafía óptica y estuvieron presentes en las pruebas de exhibición ante la Reina. Posteriormente se encargaron de la Escuela General en la que se instruían los torreros. De todos ellos, José María Carreira llegó a ser Comandante, pero los demás no pasaron de Jefes de sección.


Los emplazamientos de las máquinas tenían que escogerse siempre entre lugares preeminentes. Los repetidos intentos de establecer líneas con Aranjuez y San Ildefonso habían consagrado ya algunos puntos de los alrededores de Madrid como los propios para dichos menesteres; sin embargo, encontrar emplazamientos adecuados para las líneas largas que se trataba de implantar, representó la primera preocupación de la Dirección de Caminos.

Una circular de marzo de 1844 establecía las normas generales a las que debían atenerse los ingenieros de Caminos para proponer los puntos de emplazamiento de las torres. Estas condiciones generales eran:

- la distancia entre las estaciones debía ser de "lo menos dos leguas y lo más de tres", pero teniendo en cuenta las condiciones geográficas, tanto los desniveles debidos a las montañas como las nieblas ocasionadas por los ríos y terrenos pantanosos,

- debía seguirse las carreteras existentes, siempre que ello fuera posible,

- las estaciones debían fijarse en las poblaciones, evitando cuanto fuera posible la construcción de torres en parajes deshabitados,

- en las capitales de provincia debía procurarse situar las estaciones "en el mismo edificio que tengan señalado fijamente para su alojamiento las autoridades civiles o las militares, prefiriendo en igualdad de ventajas el que ocupen las primeras",

- en cualquier caso debían preferirse edificios del Estado, torres de iglesias o ermitas, castillos y casas fuertes antiguas, debía mantenerse una alineación, "procurando que el radio visual de la línea fuera perpendicular al frente de cada torre". En la práctica parece ser que se descartaron las torres de las iglesias porque "el sonido de las campanas desajustaba los aparatos ópticos".

Según estos criterios, se instalaron las máquinas en algunos edificios singulares: la casa del Correo en la Puerta del Sol, el edificio de la Aduana y el Cuartel de Guardias de Corps, todos ellos en Madrid; el Alcázar en Toledo; la Fábrica de Tabacos en Sevilla y alguno más.

Sin embargo algunos edificios escogidos provocaron reacciones encontradas, por ejemplo, algún periódico de Madrid de 1850 hablaba de que "la torre de Sevilla no ha podido ser elegida con más acierto. Como que se trata de la histórica Torre del Oro"; no obstante, tal emplazamiento fue descartado por la oposición de la opinión pública sevillana.

Lo mismo parece que ocurrió con la que se iba a instalar en Valencia, donde se cambió la torre del Miguelete por el convento de San Francisco.

La norma de emplear los edificios singulares no era solamente por su altura y mejor visibilidad, sino, además, porque eran seguros, es decir, que no se podían atacar impunemente, cosa que en aquella época turbulenta era una cualidad no desdeñable.

Las torres que se establecían fuera de los pueblos y que hoy constituyen la única reliquia de aquella empresa y, en cierto modo, su símbolo, eran verdaderos fuertes. Tenían la puerta de entrada situada a unos dos metros del suelo, de manera que el acceso se hiciera por medio de una escalera que se echaba desde dentro. Tenían, además, aspilleras para facilitar una posible defensa .



Concebido el telégrafo como un elemento de gobierno, su defensa frente al faccioso o al bandolero fue la primera preocupación de los diseñadores de las torres e, indirectamente, la causa de que tantas de ellas sobrevivan al paso del tiempo. Sus gruesos muros han desafiado el paso de 160 años sin sufrir demasiado y alguna de ellas puede verse, utilizada como vivienda campestre, en las cercanías de Madrid. Aun así fue incendiada y destruida la torre de Valverde del Júcar en julio de 1854.

En el plano que se adjunta se consignan las dimensiones de la torre en pies de Burgos. El plano está firmado por Mathé en Barcelona, en noviembre de 1848, es decir, cuando iban a iniciarse las líneas de Cataluña y de Andalucía.

En el momento inicial, en la circular citada del Director General de Caminos de marzo de 1844, se preveían tres líneas de torres ópticas. La primera, desde Madrid a Irún, pasando por La Granja, Segovia, Valladolid, Palencia, Burgos, Vitoria, Tolosa y San Sebastián. La segunda, desde Madrid a Cádiz, pasando por Toledo, Ciudad Real, Santa Cruz de Mudela, Bailén, Córdoba, Écija, Sevilla, la Carraca y San Fernando. Y la tercera de Madrid a la Junquera, pasando por Aranjuez, Ocaña, Albacete, Almansa, Valencia , Castellón, Peñíscola, Vinaroz, Tarragona, Barcelona, Gerona y Figueras.

Además tenían previstas otras líneas: una, de Valladolid a Tordesillas, para allí dividirse en dos, una para enlazar con Zamora, por Toro, y otra para enlazar con Asturias y Galicia, por Rioseco; otra de Burgos a Santander; una tercera, de Vitoria a Bilbao; la cuarta, de Bailén a Jaén, Granada y Málaga; la quinta, de Sevilla a Huelva; la sexta, de Albacete a Murcia, Alicante y Cartagena y la séptima, de Madrid a Barcelona, por Zaragoza.

Sólo las tres primeras llegaron a construirse y funcionaron regularmente, pero sus trayectos sufrieron algunas modificaciones. Los trazados previstos en la circular del Director General de Caminos eran los aconsejables desde el punto de vista del Ingeniero de Caminos, pero el telegrafista que nacía tenía que añadir alguna otra consideración.



Por ejemplo, que las torres tenían que estar servidas permanentemente por personal trabajando prácticamente a la intemperie y había que destacar, en lo posible, las zonas de alta montaña; o, bien, que cuantas menos torres hubiera que instalar mayor seguridad y eficacia tendría la línea; etc.. . .

Tales consideraciones cambiaron parcialmente el recorrido de las líneas. La primera de las establecidas fue la de Madrid a Irún, cuya construcción fue ordenada por una Real Orden de 29 de septiembre de 1844, y cuya entrada en servicio se produjo exactamente dos años después, el 2 de octubre de 1846. La línea se inició construyendo las torres cercanas a Madrid y en ellas practicaron los primeros torreros. Estas torres sirvieron de modelo a las restantes, cuya construcción se sacó a subasta en junio de 1845.

La cabecera inicial de la línea, en Madrid, se estableció en el Cuartel de los Guardias de Corps (después conocido como Cuartel de Conde Duque), en una torre que existía en la fachada oeste de dicho edificio. Posteriormente, ya en 1848, se construyó la torre de la Casa del Correo, en la Puerta del Sol, debido, sobre todo, a que este edificio albergaba ya al Ministerio de la Gobernación, de quien dependía el telégrafo y al que estaban destinadas la mayoría de las comunicaciones que se cursaban.

La misma Real Orden que ordenaba el establecimiento de la línea de Irún, incluía la previsión de creación de una escuela para el entrenamiento del personal.



Efectivamente, se estableció una Escuela General, situándola en la torre de Las Tejoneras, cerca de Galapagar. Esta torre probablemente cambió después de nombre y pasó a ser la de Navalapiedra y puede verse perfectamente conservada, cerca de Torrelodones. Abona la teoría del cambio de nombre el que no parece que exista un lugar más cercano a Galapagar que pueda llevar el nombre de Tejoneras y, en cambio, la torre de Navalapiedra está edificada cerca de un valle llamado de Las Tejoneras.

Además de la torre que servía de Escuela General, las torres de Aravaca y de Las Rozas también se utilizaron para los entrenamientos. No obstante, aunque en la Escuela se daba la instrucción básica a los torreros, ésta no se consideraba completa hasta después de un período de prácticas en las propias torres.

Otras veces, la primera instrucción no se realizaba en la Escuela sino en la torre donde el aspirante había entrado de Ordenanza. En estos casos el Comandante de la División le examinaba y le daba el aprobado. Esto se hizo, sobre todo a medida que las torres se alejaban de Madrid y era más difícil a los aspirantes el desplazarse a la Escuela General (aunque, desde el primer momento, se contempló la figura del torrero alumno percibiendo sueldo).

Para el personal facultativo se estableció en Valladolid una Academia de Comandantes y Ayudantes, al frente de la cual estaba, normalmente, el Jefe de la División de Valladolid.

En esta línea Madrid-Irún, que adoptó la denominación de línea de Castilla, se establecieron Comandancias en Madrid, Valladolid, Burgos, Vitoria y Tolosa. La Comandancia de Tolosa se justificaba por la importancia militar que en aquella época tenía la zona, debido a la guerra carlista, todavía latente. En los últimos tiempos de la telegrafía óptica, esta Comandancia de Tolosa fue, en realidad, de Tolosa-San Sebastián, con sede en esta capital.

Eventualmente se establecieron otras Comandancias; por ejemplo, en mayo de 1851 se estableció una Comandancia en Villacastín con motivo de las elecciones por lo que pudiera ocurrir en las provincias de Ávila y Segovia; otras veces se había establecido en Labajos, con motivo de la estancia de los Reyes en Riofrío. Conviene recordar que sólo los Comandantes estaban facultados para cifrar y descifrar los despachos, por lo tanto se necesitaba su presencia allí donde se suponía podían originarse telegramas.

La línea estaba dividida en nueve Secciones. La primera Sección comprendía las torres números 0 a 5; la segunda las 6 a 11; la tercera las 12 a 17; la cuarta las 18 a 22; la quinta las 23 a 28; la sexta las 29 a 34; la séptima las 35 a 40; la octava las 41 a 46 y la novena las torres números 47 a 52. Atravesaba las provincias de Madrid, Segovia, Valladolid, Palencia, Burgos, Álava, Navarra y Guipúzcoa.

Las torres más duras de la línea de Castilla estaban en las zonas montañosas que atravesaba, sobre todo a partir de Burgos. Hay muchos testimonios de torreros describiendo circunstancias dramáticas en su cometido.

En febrero de 1855 la línea de telegrafía eléctrica había llegado a Irún, pasando por Zaragoza, Pamplona y Vitoria, y se dispuso que los telegramas de Burgos a Madrid siguieran un curso mixto: de Burgos a Vitoria, por las torres ópticas, y de Vitoria a Madrid por la línea eléctrica. En el escrito en que se comunicaba la disposición al Gobernador Civil de Burgos, se le advertía que "el trayecto óptico exige generalmente la mayor concisión al redactarse los mensajes" y que el texto de la comunicación lo compondría adecuadamente el Comandante de Vitoria. Así pues, a mediados de 1855 dejó de prestar servicio la línea óptica de Irún y algunos de sus torreros fueron trasladados a la línea de Andalucía.



La línea de Castilla sirvió, también, para el telégrafo del real sitio de San Ildefonso. Se abandonó el antiguo trazado de Lerena, desde Madrid al alto de Navacerrada, pero se conservó el resto. Desde la torre nº 5, Monterredondo, situada entre los pueblos de Alpedrete, Collado Mediano, Moralzarzal y Becerril, partía un ramal que tenía tres torres: torre nº 101 Siete Picos, situada en la parte Este de Siete Picos, cerca del puerto de Navacerrada (el lugar todavía se denomina “el telégrafo”, pero no queda rastro de la torre); torre nº 102 Matabueyes, a veces denominada La Mata, y torre n° 103 La Granja, en el mismo San Ildefonso.

La denominación de las torres de los ramales se distinguía por el número de la centena: el primer ramal, centena uno, segundo ramal, centena dos, etc.

La altura de la torre de Siete Picos (1 .982 m.), y las dificultades que presentaba en invierno, probablemente ayudaron a Mathé a decidirse por la ruta del puerto de los Leones (1 .552 m.) para atravesar la Sierra de Guadarrama, en contra de lo inicialmente previsto por el Director General de Caminos. (Ciento cuarenta años después, también se cambió la ruta del radioenlace entre Madrid y Valladolid, variando el emplazamiento del primer repetidor desde la cima de la Bola del Mundo, cerca del puerto de Navacerrada, de muy difícil acceso en invierno, al puerto de Los Leones, de mucha menor dificultad, repitiendo exactamente la operación de los telegrafistas ópticos).

La segunda línea que entró en servicio fue la de Cataluña por Valencia, que, desde el primer momento, se denominó línea de Barcelona, aunque sólo hay constancia de que funcionara regularmente el tramo Madrid-Valencia. Este tramo se empezó a construir en 1848 y entró en funcionamiento a finales de 1849. Inicialmente se habían previsto 29 torres, y así funcionó durante el período de pruebas, pero tuvo que construirse una torre intermedia entre la nº 4 El Campillo y la del Mojón de Villago, dándosele el número 5 y corriendo la numeración de las demás.

La torre n° 5, situada en el cerro Quemada de Perales, cerca de Perales de Tajuña, se estableció en octubre de 1850. En el tramo Madrid-Valencia se habían previsto únicamente Comandancias en Madrid y Valencia, pero, en octubre de 1850, se dispuso el establecimiento provisional de una tercera Comandancia en Motilla del Palancar, que quedó después como definitiva.

Esta Comandancia intermedia tenía por objeto «dar a este trozo de la línea de Barcelona toda la firmeza y seguridad convenientes, para que el servicio de transmisión se haga con inteligencia y celeridad” según reza el escrito con el que se anuncia tal medida a los Comandantes de Madrid y Valencia.

La línea estaba dividida en cinco secciones : la primera sección comprendía las torres números 1 a 8; la segunda, las 9 a 14; la tercera, las 15 a 19; la cuarta, las 20 a 24 y la quinta, las número 25 a 30.

Existe constancia de las dificultades de comunicación en la zona de Requena, en cuyas cercanías estaban las torres más difíciles de la línea. Incluso hubo que cambiar el emplazamiento de alguna de ellas para facilitar la visibilidad y, en Iniesta, existen dos torreones denominados Telégrafo 1 y Telégrafo II por este motivo.

Las torres de las secciones más próximas a Madrid y a Valencia sirvieron para el entrenamiento de los nuevos torreros, y en la torre número 28, en Chiva, se estableció una Escuela práctica para la formación del personal de aquella zona.

Una estación particularmente importante fue la de Tarancón, a causa de que desde ella partía el ramal de Cuenca y, sobre todo, porque el duque de Riánsares, marido de la Reina madre, era de allí y ambos efectuaban frecuentes visitas.

El tramo Valencia-Barcelona comprendía, también, treinta torres e inicialmente se había contemplado que la línea finalizase en La Junquera, en la misma frontera con Francia, con lo que tendría 17 torres más. Pero luego se consideró el tramo Barcelona-La Junquera como un ramal de la línea de Barcelona.

Entre Valencia y Barcelona no existe constancia de que llegara nunca a cursarse servicio. En 1850 se estaba trabajando en su trazado, incluso se sabe que se aumentó una torre y se rectificó la numeración. En julio de 1853 ya se habían desmontado todos los telégrafos, trasladando todos los libros y efectos de las Comandancias de Cataluña a Valencia.

Los trayectos Valencia-Castellón y Barcelona-Tarragona estuvieron funcionando en forma no oficial, pero el trayecto Castellón-Tarragona no parece que lo hiciera. La zona que atravesaba la línea podría calificarse como tierra de nadie en las residuales guerras carlistas que no acababan. Los latrofacciosos -según la terminología oficial- fueron los dueños de los descampados de aquellas tierras durante toda la década.

La numeración de las torres varió a causa de rectificaciones en el trazado, pero no se encuentra documentación que permita fijar exactamente sus emplazamientos. Algunas torres se mantienen en pie, a veces muy bien conservadas, permitiendo confirmar el trazado, pero en otros lugares no queda rastro de ellas.

La línea de Barcelona se complementa con dos ramales: el de Tarancón a Cuenca y el de Barcelona a La Junquera . El ramal de Cuenca se construyó en 1850, y constaba de ocho torres.



En 1854, durante la llamada Revolución de julio, fue ocupada Cuenca por el Coronel Buceta, capitulando las fuerzas vivas de la ciudad. El Comandante del Telégrafo optó por huir hacia Tarancón, después de esconder documentos y diccionarios. En esta misma acción los revolucionarios quemaron la torre de Valverde del Júcar (n° 16 de la línea de Barcelona), cortando la comunicación de Madrid con Valencia.

A raíz de estos sucesos se pensó en sustituir el trazado del ramal de Cuenca por otro que acortara el trayecto a la línea general, haciendo el enlace en las torres nº 15 o 16 (Olivares o Valverde del Júcar). Sin embargo, ya estaba consolidándose la telegrafía eléctrica y en enero de 1855 se suprimió el ramal y se abandonaron las torres.

El ramal de Barcelona a La Junquera se componía de 17 torres, más la terminal de Barcelona, común a las dos líneas. La numeración de las torres, corno corresponde al segundo ramal de la línea, se iniciaba en la segunda centena.

Este ramal, en septiembre de 1850, estaba funcionando en plan de prácticas, cursando servicio de forma no oficial, pero ya estaban todas las torres dotadas y los telegramas llegaban de extremo a extremo. Para su control estaba dividido en tres secciones: la primera comprendía las torres 213 a 217; la segunda las 207 a 212 y la tercera las 201 a 206.

El conjunto de la línea de Barcelona, con sus ramales, comprendía nueve Comandancias: Madrid, Cuenca, Motilla del Palancar, Valencia, Castellón, Tarragona, Barcelona, Gerona y La Junquera. En contraste con lo ocurrido en las demás líneas de la telegrafía óptica, el funcionamiento de ésta (salvo los tramos Madrid-Valencia y Tarancón-Cuenca) puede considerarse como un fracaso, no sólo por las dificultades invencibles que presentó la zona del Bajo Ebro, sino también por la falta de actividad en el resto de la línea.

Una probable explicación a este hecho está en que los principales usuarios de las demás líneas telegráficas fueron los militares y Cataluña tenía establecidas líneas militares independientes. Precisamente fue el propio Mathé, con personal del servicio de Telégrafos, como ya se ha dicho, quien intervino activamente en el establecimiento de varias líneas militares . Las más importantes unían Barcelona con Lérida y con la frontera francesa.

Como curiosidad puede señalarse la existencia, en 1848, de una red urbana de telégrafos ópticos, utilizando un sistema original diseñado por el Coronel Leonardo de Santiago, más tarde Inspector de Línea de Primera Clase de los telégrafos civiles.

Esta red fue establecida por encargo del entonces Capitán General de Cataluña, General Pavía. Unía los fuertes de Montjuich, la Ciudadela, Las Atarazanas y Marqués de la Mina, con el edificio de la Capitanía General.

El sistema se componía de un mástil en el que se izaban varias banderas indicando, según el color, el destino del mensaje (española, mensaje general; amarilla, para Ciudadela; blanca, para Marqués de la Mina; listada azul-blanco, para Atarazanas; azul, para Montjuich y roja, llamada de atención).

Además, una columna dividida en seis partes, era recorrida verticalmente por un tambor que podía tomar once posiciones, de manera semejante a como lo hacía el indicador del telégrafo de Mathé. Un código adecuado permitía la codificación de tipo decimal correspondiente.



No parece muy claro el porqué de la supresión de todo el servicio telegráfico óptico de Cataluña en 1853, aunque, en realidad, parece que nunca llegó a cursarse servicio entre Madrid y Barcelona. Por tanto, no sería correcto decir que la supresión de la telegrafía óptica causara ningún inconveniente, aun cuando la telegrafía eléctrica tardara todavía cuatro años en implantarse en Barcelona.

El Director de las líneas, ya Brigadier Mathé, lamentándose del mal trato que el Gobernador Civil de Barcelona había dado a unos torreros, le decía al Ministro de la Gobernación: " . . . no parece sino que la mano de la revolución, cuyo fuego constante está en Cataluña, ha guiado la pluma del Gobernador para poner en evidencia, en descrédito y en la más completa abyección un instituto de gobierno como el telegráfico, que quizá él solo baste para tener a raya a los perturbadores de oficio". Lo que supone que el Brigadier entendía que existía una oposición al telégrafo por parte, incluso, de las propias autoridades civiles. Quizá esta impresión aceleró la orden de desmantelamiento de las torres varios años antes que en las demás líneas.

La tercera línea que entró en funcionamiento fue la de Andalucía. Contaba con 59 torres entre Madrid y San Fernando, en Cádiz (el doble de las que se preveían en el proyecto de Betancourt en 1799). Tardó más de tres años en construirse en su totalidad y fue entrando en servicio por tramos.

En junio de 1850 empezó a funcionar el trayecto Madrid-Puertollano. En febrero de 1853 se construía la última torre en San Fernando.

El trayecto Madrid-Aranjuez, a causa de las frecuentes estancias de los Reyes en los Reales Sitios, tuvo siempre especial importancia. En realidad la línea de Aranjuez estuvo funcionando mucho antes que el resto. En 1848 ya estaba en servicio, aunque con una torre menos que las que se montaron para la línea de Andalucía.

En la primitiva comunicación, la estación cabecera de Madrid era el Cuartel de Guardias de Corps, es decir, la misma que para la línea de Irún. Después se cambiaría por el convento de La Trinidad, al principio de la calle de Atocha (en aquel momento Ministerio de Fomento y hoy Teatro Calderón). La segunda torre estaba en el cerro de los Ángeles (coincidiendo línea antigua y nueva), pero la tercera estaba en Espartinas, aproximadamente en la misma latitud que la torre del Alto de la Cuesta de la Reina, pero más al Este, saltándose la torre de Cabeza del Arenal en Valdemoro. Cuando la línea hubo de seguir hacia el Sur, se varió la torre de Espartinas para obtener visibilidad con la estación que se estableció en Val de las Casas, y se adoptó la configuración final. En esta configuración la estación de Aranjuez, con el nombre de maquinilla, estaba intercalada entre las torres 4 y 5 . Esta estación sirvió, además, de Escuela General sustituyendo a la Escuela de Tejoneras.



En la línea de Andalucía fueron especialmente conflictivas la travesía de Sierra Morena, los trayectos pantanosos de la Mancha y la zona Sevilla-Cádiz, por las nieblas y por las condiciones insanas de vida. De la torre nº 31, Loma del Carril, que parece ser que era una de las más penosas de Sierra Morena, decía el Comandante de Ciudad Real, en un informe apoyando la solicitud de traslado de un torrero: “el paraje en que se halla situado aquel telégrafo y su temperatura influye mucho en el mal estar de salud de los que lo guarnecen, atacados continuamente de calenturas". (El traslado no sirvió ya para nada porque el torrero murió prácticamente en la torre).

Otra característica especial de esta línea fue el carácter marino de sus cuatro últimas torres . Ello dio lugar a una curiosa incidencia, cuando una disposición obligó a los Comandantes y oficiales de sección a disponer de caballo propio para recorrer el trayecto de las torres a su cargo.

El Comandante Ayudante de San Fernando expuso a la Dirección que para su cometido era mucho más práctico utilizar una barca y pedía le dispensaran de la obligación de comprar un caballo.

Estaba previsto que desde Toledo partiera la línea hacia Extremadura. Incluso se buscó el emplazamiento de las torres, pero no llegó a establecerse nunca.

En Toledo estaba situada la máquina en el Alcázar y parece que la torre 8 podía establecer comunicación con la 11, con lo que las torres 9 y 10 eran, en la práctica, un ramal derivado de la línea general.

En Sevilla se construyó una torre dentro de la ciudad, en la Fábrica de Tabacos, que tomó el número 101, como si fuera un ramal. La torre nº 48 se llamó torre vértice.

Las Comandancias de la línea de Andalucía estaban en Madrid, Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Sevilla y Cádiz, suscitándose algún conflicto entre el Comandante de Cádiz y el de San Fernando (La Isla), ya que este último, que no tenía mando de Comandante, tenía funcionalmente más importancia teórica por ser el de cabecera de la línea.

Durante los períodos que funcionaba el servicio de Aranjuez se establecía en este punto otra Comandancia provisional. En los últimos tiempos, la Comandancia de Madrid se trasladó a Aranjuez.

La línea estaba dividida en once secciones: la primera comprendía las torres 1 a 5; la segunda, las 6 a 11; la tercera, las 12 a 16; la cuarta, las 17 a 22; la quinta, las 23 a 27; la sexta, las 28 a 31; la séptima, las 32 a 36; la octava, las 37 a 42; la novena, las 43 a 47; la décima, las 48 a 53, y la undécima las 54 a 59.

La línea de Andalucía se mantuvo en funcionamiento hasta 1857 . En agosto de dicho año se dispuso el abandono de las torres, confiándose el cuidado de los edificios a la Guardia Civil.

Cuando estaban funcionando plenamente las tres líneas, sus tres cabezas (Cuartel de Guardias, Aduana y La Trinidad) podían comunicar con la torre central, situada en la casa de Correos, en la Puerta del Sol, pero tanto el edificio de la Aduana como el convento de la Trinidad estaban situados muy próximos a dicha torre, de modo que solamente el Cuartel de Guardias funcionaba con ella.

En mayo de 1850 se obtuvo permiso del Intendente general de la Casa Real para establecer una torre en el Retiro que, inicialmente, estaba destinada a ser la cabecera de la línea de Barcelona, pero que también podía servir para dar comunicaciones a la línea de Andalucía. La torre del Retiro acabó siendo la sede de la primera Escuela de la telegrafía eléctrica.



Cuando, en 1855, nació oficialmente la telegrafía eléctrica, quiso dejarse definitivamente atrás a las torres ópticas. Los nuevos telegrafistas hicieron ímprobos esfuerzos para que la sociedad se olvidara de que eran los mismos que antaño movían la hola en las torres, como avergonzándose de ello. Incluso, alguna vez, se sintieron afendidos si alguien les reprochaba que todavía tenían mentalidad de telegrafistas ópticos.
                                                    
Por eso no es extraño que aquella primera etapa de la telegrafía no fuera sino un recuerdo borroso a los pocos años de haberse abandonado las torres.
                                                    
La memoria popular sólo mantuvo el nombre de el telégrafo para designar algún cerro con una ruinosa torre. Sin embargo, parece que en plena época romántica un tema como el lenguaje de las torres podía haber conseguido alguna mayor resonancia poética y, además, la incidencia de las torres en el paisaje podía haber mantenido algún eco popular. Pero no fue así.
    
Sin embargo, a 160 años de distancia se puede afirmar rotundamente que la instalación y, sobre todo, el funcionamiento de las tres largas líneas ópticas, requirió una aportación de esfuerzos y sacrificios personales tan grande que es injusto que no haya merecido, por lo menos, un recuerdo más vivo.