Juan José Lerena era oficial de Marina y, después de servir en los mares de Europa y América desde 1809, participó activamente en la defensa de Cádiz en 1823 contra los Cien Mil Hijos de San Luis y, como consecuencia de la derrota y de la nueva implantación del absolutismo, se exilió, marchando a los pocos días de la caída de Cádiz a los Estados Unidos de Norteamérica.
Permaneció exiliado hasta el año 1829, año en que pasó a Cuba, y en La Habana presentó a varios oficiales de Marina, sus antiguos compañeros, un telégrafo de día y de noche, de mar y tierra con el propósito de interesarles en el tema.
Es de suponer que su procedimiento telegráfico tendría algún elemento nuevo que ofrecer, puesto que la Marina tenía ya su sistema de combinar banderas y faroles, del que incluso se había publicado un diccionario de claves telegráficas en 1819 y, sin embargo, como consecuencia de aquella presentación en La Habana y de los informes favorables que obtuvo, se le encargó la puesta en marcha de su sistema telegráfico.
En efecto, cuando Lerena regresó a España en julio de 1830, después de pasar por la purificación correspondiente, fue repuesto en su empleo y se dedicó de lleno a efectuar demostraciones de su aparato, que presenciaron incluso los reyes y, de resultas de ello, en febrero de 1831, se le encargó la dirección de las líneas telegráficas que él mismo debía construir.
El sistema de Juan José Lerena tenía dos partes: un mástil, que permitía elevar una bola y situarla en distintas posiciones, y un panel que cambiaba de color. El autor sólo dice que su sistema empleaba cuatro signos, pero no revela más detalles, incluso tiene interés en no darlos.
En cambio, gracias a un informe elevado por el propio autor al Consejo de Ministros, pueden conocerse exhaustivamente no sólo las torres que construyó y su coste, sino el número de despachos que por ellas se cursaron y el ahorro que ello supuso para el Estado. Así, podemos saber que:
-A finales de 1830 consiguió hacer una demostración de su telégrafo a los reyes, comunicando el palacio con Vista Alegre.
-En mayo de 1831 estableció la línea Madrid-Aranjuez, con torres intermedias situadas en la ermita del Cerro de los Angeles y en el Cerro de Espartinas, cerca de Valdemoro (es decir, en los puntos que podrían considerarse como los clásicos para esta ruta).
En la “Casa de Marinos” de Aranjuez, existe un cuadro en el que puede verse sobre un plano topográfico la línea telegráfica. El cuadro lleva por título Plano que manifiesta la situación de la línea telegráfica de Madrid a Aranjuez, dedicado al Rey N.S.Q.D.G. por el Teniente de Navío don Juan José de Lerena encargado de su establecimiento. En él puede verse el dibujo de dos torres (una en la ermita del Cerro de los Angeles), así como el detalle de los puntos más importantes.
La torre de Madrid debía estar en la llamada “Torre de Lujanes”, puesto que la leyenda dice: “Torre de la casa particular frente al Ayuntamiento en la Plaza de la Villa, adoptada como punto de donde parte en esta corte la línea telegráfica”. (*)
En Aranjuez, el terminal estaba en el “Monte Parnaso” y no en el propio Palacio.
El éxito parece que fue total, pero la Corte no sabía qué hacer con el telégrafo y sólo se cursó un telegrama, eso si, bastante largo, ya que estaba compuesto de 92 palabras, dirigido por el Rey al Ministro de la Guerra.
La instalación de las cuatro estaciones costó 170.901 reales, incluyendo las máquinas; los gastos de entretenimiento fueron 36.510 reales y los sueldos del personal 184.137 reales. Verdaderamente el telegrama, aun siendo largo y del propio Rey, resultó muy caro.
-En julio de 1832 se estableció la línea Madrid-San Ildefonso, con torres intermedias situadas en Siete Picos (en lo alto del Puerto de Navacerrada) y en la Sierra de Colmenar, cerca de Hoyo de Manzanares, en el lugar denominado El Hoyo.
Durante 1832 se cursaron 335 despachos entre Madrid y Aranjuez y 361 entre Madrid y San Ildefonso (de los cuales 71 y 45, respectivamente, eran avisos del propio servicio telegráfico). Entre ambas líneas cursaron, pues, 580 telegramas, la mayoría puestos por la Capitanía General de Madrid. El Rey puso diez telegramas.
Las torres de la nueva línea costaron 282.149 reales, en el entretenimiento de ambas líneas se gastaron 48.160 reales y los sueldos del personal importaron 241.051 reales.
El dinero para las instalaciones, gastos de mantenimiento y sueldos del personal de los años 1831 y 1832 fue proporcionado íntegramente por la Dirección General de las Reales Loterías (que, por otra parte, utilizó el telégrafo para enviar 22 telegramas).
-En 1833 no se cursó ningún despacho. Este hecho demuestra el desconocimiento que tenían la Corte y los gobernantes de la utilidad que podía tener el telégrafo y explica, también, el poco apoyo que su implantación obtenía. Hay que tener en cuenta que en este año de 1833 tenía lugar la fase final de la enfermedad y posterior muerte de Fernando VII, que se desarrolló en buena parte en San Ildefonso, y ni a los partidarios de la Infanta Isabel ni a los de don Carlos, todos ellos con acceso al telégrafo, se les ocurrió servirse de este sistema para conseguir alguna ventaja.
Sin embargo, el telégrafo estaba dispuesto, pues durante este año se gastaron, ya se ve que inútilmente, 151.219 reales en sueldos de personal y en gastos de mantenimiento de las torres.
-En 1834, en cambio, se establecieron de manera provisional, pero demostrando gran eficacia operativa, tres enlaces: uno con Carabanchel, donde había un lazareto en el que se recluía a los enfermos del cólera que atacaba a la capital; otro con el palacio de El Pardo, al que se había trasladado la familia real con motivo del mismo cólera, y el tercero desde San Ildefonso al palacio de Riofrío, con una estación intermedia en el cerro de Matabueyes. Las tres fueron instalaciones provisionales para cubrir necesidades del momento, y su instalación y funcionamiento demuestran el sentido profesional que daba Lerena al servicio y lo preparado que estaba para hacerlo.
Además de estos nuevos enlaces, continuaron funcionando las líneas de Aranjuez y San Ildefonso con Madrid. El total de comunicaciones causadas durante 1834 fueron 1.159, de las que 83 las puso la Reina Gobernadora. El incremento del servicio, frente a 1832, es del 100 por ciento, lo que parece probar la aceptación creciente del sistema. Los gastos ya se cubrieron con aportaciones directas del Tesoro, lo que originó la pérdida de operatividad y deudas que tardaron dos años en saldarse.
Lerena se sentía, sin duda, satisfecho del comportamiento de su telégrafo y pensaba en una red extensa que cubriera todo el territorio nacional. Para ello, y como primer paso, propuso el levantamiento de una línea telegráfica entre Madrid y Burgos, pasando por Valladolid, para la que estimaba se necesitarían 17 torres intermedias. Su propuesta fue aceptada y el 20 de marzo de 1835 se ordenó el comienzo de las obras de dicha línea.
Los trabajos se iniciaron aceleradamente, puesto que a los ocho días ya se encargaron los anteojos necesarios para toda la línea (36 de primera clase y 18 de segunda) y al mes se nombró a un arquitecto y un ingeniero para las obras de las torres (cuyo costo unitario se estimó en 45.000 reales).
El primero de mayo, Lerena le pidió al Ministro del Interior, de quien dependía el telégrafo, que se le entregaran 3.000 duros semanales para proseguir las obras y, a partir de ahí, empezaron las dificultades, ya que el Ministerio de Hacienda no tenía la misma agilidad que la Dirección de Loterías y los fondos tardaban en llegar o no llegaban, los obreros no cobraban puntualmente y, además, los funcionarios recelaban del sistema de pagar los trabajos al contado, sin los papeles acostumbrados. En julio le pidieron un estado de las obras, en agosto le enviaron un supervisor para que evaluara la obra hecha, en septiembre presentó un estado de cuentas y en octubre se suspendieron las obras.
En el momento de la suspensión estaban construyéndose las torres de Las Rozas (casi acabada), Torrelodones, Casa de la Parada (en el pueblo de Guadarrama), Puerto de los Leones y Cristo del Caloco, siguiendo el trazado del camino real. Se llevaban gastados en las obras 183.560 reales y 19 maravedíes
Los últimos meses de 1835 y parte de 1836 los pasó Lerena polemizando con el Gobierno y defendiéndose de las acusaciones de que sus telégrafos eran costosos y de que había gastado dineros públicos sin control.
A pesar de que se demostró, no sólo de que se habían ahorrado al Erario por una parte 26.288 reales, y que al propio Lerena se le adeudaban 25.694 reales y 14 maravedíes por su actuación al frente de los telégrafos de los Reales Sitios, y 243 reales y 25 maravedíes por su intervención en las obras suspendidas de la línea Madrid-Burgos, éstas no se reanudaron, y Lerena desapareció del escenario justo cuando en Logroño, Navarra y Alava se estaban estableciendo líneas telegráficas estables para fines militares.
Juan José de Lerena tuvo la mala suerte de iniciar sus obras en una etapa muy convulsa de la historia de España. Aun así, en su planteamiento de la línea Madrid-Burgos se mostró como un técnico en la materia. Sugirió el cambio de trayecto para cruzar la sierra de Guadarrama, evitando el alto de Siete Picos y optando por el puerto de los Leones; optó por una línea Madrid-Valladolid-Burgos y no Madrid-Burgos con una derivación a Valladolid, y aconsejó también la construcción de torres fortificadas, requiriendo la intervención de los ingenieros militares.
Había proyectado 17 torres (más o menos) desde Madrid a Burgos (años después tuvieron que construirse 27). Pero su previsión fue hecha antes de que se realizara ningún replanteo. Para las 17 torres de la línea había previsto la necesidad de disponer de 78 personas con un sueldo total mensual de 21.220 reales:
- Cuatro oficiales a 500 reales mensuales. - Diecisiete cabos de torre a 400 reales. - Diecisiete vigías a 300 reales. - Treinta y ocho mozos a 180 reales. - Dos escribientes a 240 reales.
Lerena tenía confianza en su aparato que consideraba que había demostrado suficientemente su eficacia, y se sentía decepcionado porque el Gobierno, mientras le regateaba el dinero para proseguir su obra, lo gastaba en experimentos telegráficos realizados por extranjeros sin la menor garantía, como si su sistema no estuviera prestando servicio desde hacía cuatro años.
El Tribunal de Cuentas le dio, al fin, la razón en el terreno del manejo de fondos, pero no en el terreno telegráfico, que era el que Lerena reivindicaba con más ilusión. Pero ni su tesón ni sus luchas pudieron evitarlo y sus telégrafos ni siquiera sirvieron para que su amigo, el entonces Teniente de Navío José María Mathé, los empleara para establecer las líneas ópticas, diez años después.
(*) La ilustración que acompaña a estas líneas es una composición sobre un grabado original de la "Torre de Lujanes".