Al mismo tiempo que Lerena en Madrid trataba, sin éxito, de
convencer al Gobierno de lo útil que podría ser el telégrafo, el ejército, que
estaba empeñado en la guerra carlista, organizaba sus propios telégrafos.
El Director de Telégrafos del Ejército de Operaciones del
Norte era, en 1836, el General don Manuel Santa Cruz y a él se debe la
organización de dos líneas estables de comunicaciones, un sistema original de
telégrafo y el correspondiente diccionario de claves (cuyo ejemplar manuscrito,
firmado por el propio General, se encuentra en el Museo Postal y Telegráfico de
Madrid).
Las dos líneas se unían en Logroño y proporcionaban un
enlace entre Vitoria y Pamplona, mediante 13 estaciones intermedias.
Las torres, fortificadas y guarnecidas permanentemente,
trazaban un semicírculo alrededor de Estella, punto fuerte de los carlistas, su
capital y corte, y el objetivo supuestamente final de la guerra.
La línea de Logroño a Pamplona estaba compuesta de las
siguientes torres:
La línea Logroño-Vitoria tenía seis torres intermedias. Las
más importantes cubrían el trayecto Logroño-Miranda, protegiendo el curso del
Ebro. Eran:
Nº 9.- Vitoria
Nº 10.- Ariñez
Nº 11.- La Puebla de Arganzón
Nº 12.- Miranda de Ebro
Nº 13.- Sierra de Herrera
Nº 14.- Briones
Nº 17.- Laguardia
Existía también una torre en Viana (la nº 18), que permitía
rodear Logroño, enlazando Laguardia con Agoncillo.
El sistema ideado por el General Santa Cruz consistía en un mástil, con dos travesaños fijos a diferentes alturas y dos indicadores (dos discos), uno a cada lado del mástil, que podían variar su posición respecto a los travesaños fijos. Los dos indicadores y los travesaños de referencia podían iluminarse mediante faroles y ello permitía mandar mensajes nocturnos.
El diccionario telegráfico comprende varias secciones en cada una de las cuales va aumentando la complejidad de los signos. Los más sencillos constan de un solo dígito y los más complejos de ocho. La notación se hace asignando a uno de los indicadores una cifra y al otro la cifra en forma de índice.
Las frases codificadas son eminentemente militares, aunque existen también palabras y voces sueltas. Así como frases e, incluso, medias frases con variaciones prolijas. Tiene expresiones para varios pesos, medidas, monedas, meses, estaciones, vientos y nombres propios. Incluso, a veces, tiene ribetes literarios.
Probablemente se intentó, inicialmente, el funcionamiento por un sistema alfabético, lo que podía realizarse fácilmente ya que los dos indicadores proporcionaban 7 x 7 = 49 signos, más que suficiente para las letras, cifras y signos complementarios. Corrobora esta suposición el que las combinaciones más simples del Diccionario correspondan a las letras a = 1, b = 2, … z = 6. Pero la lentitud que este procedimiento imponía, obligaría a cambiar el sistema (como se ha visto que les ocurrió a los demás telégrafos ópticos).
Del sistema telegráfico de Santa Cruz, que estuvo implantado cuatro años, se conservan testimonios gráficos y literarios que ayudan a su mejor comprensión. En el Museo de San Telmo de San Sebastián, figura un cuadro que representa la línea de fuertes entre Miranda de Ebro y Vitoria, en la que pueden verse las máquinas del telégrafo en lo alto de las torres, y en la revista Semanario pintoresco español de 1841 apareció un artículo describiéndolo. Se titula “Telégrafos españoles”, está firmado por F. Navarro Villoslada y es un panegírico del general Santa Cruz como inventor, ya que considera su telégrafo muy superior a cualquier otro que se haya probado hasta entonces, lo que le hace muy feliz.
Por otra parte, dice que durante sus cuatro años de existencia, el telégrafo de Santa Cruz transmitió 2.136 partes, es decir, menos de dos partes diarios. Realmente parece que un tráfico así sólo puede justificar la existencia de una línea de quince torres, si está servida por personal militar en campaña. Quizá por ello, después de acabada la guerra, aquellas torres estaban en un estado deplorable, como dice el mismo artículo: “Parece que la prosperidad del arte telegráfico está como vinculada en las revoluciones y transtornos”, aunque el articulista no está de acuerdo con ello y clama pidiendo que se establezca un servicio civil.
Este telégrafo no volvió a utilizarse, ni siquiera en las siguientes guerras carlistas, en las que se emplearon otros procedimientos ópticos.