Nuestro querido y veterano telegrafista Rafael Delgado Dorrego contaba al periodista de El Mundo, que le hizo una entrevista con motivo del 150 aniversario de la creación de Telégrafos, la siguiente anécdota:
"En mis primeros años como telegrafista, llegó a la Oficina donde prestaba servicio un humilde campesino a poner un giro telegráfico. Eran los años 30 y la gente aún no salía de su asombro.
-¿Los billetes van por los hilos telegráficos? -le preguntó el campesino. -Si, salga usted y los verá pasar -le respondí para no romper el encanto.
Pasado un breve tiempo, el labriego volvió.
-Efectivamente, van por los hilos, los he visto pasar."
Otrás anécdotas del increible e inagotable baul de los recuerdos de Rafael Delgado, son las siguientes:
En una ocasión, en
Muros de San Pedro, precioso pueblo de las Rías Bajas gallegas, un
barco pesquero del lugar que había salido a faenar, tuvo que
refugiarse en otro puerto de la costa a causa de un fuerte temporal.
Las mujeres de los pescadores de Muros, preocupadas porque sus
maridos no regresaban del mar, acudieron a la oficina de Telégrafos
para tratar de conseguir noticias. Una de ellas, pesarosa de no
haberle preparado suficiente comida a su marido, llegó con un queso
a la oficina, con la sana intención de que le enviaran el queso a su
marido por el telégrafo al puerto de refugio. Si las noticias
llegaban hasta su marido ¿por qué no podía llegar el queso?
Allá por los años
de 1920, el Jefe de Telégrafos en un pueblo era una autoridad
querida y respetada y se codeaba con la flor y nata del lugar. La
Oficina de Telégrafos de Cuntis era el punto de encuentro de las
autoridades del pueblo, que se reunían allí en amistosas y
entrañables tertulias en las que se comentaba sobre todo lo divino y
lo humano. Aquel lugar de encuentro lo llamaban los propios
tertulianos el Olimpo, pues cada uno asumía la personificación de
un dios de la mitología griega: Mi padre, como Jefe de Telégrafos,
era Júpiter, dios de los Rayos; el médico del pueblo era Esculapio,
dios de la Medicina; el recaudador de la contribución, era Mercurio,
dios del Comercio; el capitán de la Guardia Civil, era Marte, dios
de la Guerra; el médico de los baños, era Neptuno dios de las
Aguas. Y el Cura Párroco oficiaba como Sumo Sacerdote.
También de Rafael Delgado es la anécdota sobre el cumplimiento del deber de un joven telegrafista español durante la Guerra de Cuba.
Hacia el final de la
guerra de Cuba, atendía la Oficina de Telégrafos de La Habana un
tal Miguel Lara Herrera. Cuando los independentistas tomaron el
poder, el general jefe de sus fuerzas instó a Miguel a que saliera
de Cuba en un barco que iba a zarpar de La Habana para España.
Miguel, muy dignamente, contestó que él no abandonaría la Oficina
hasta recibir la orden directamente de su Dirección General. La
orden llegó al cabo de unos meses, tiempo durante el cual Miguel se
mantuvo al frente de la oficina de Telégrafos. Cuando Miguel Lara
partió para España, las fuerzas independentistas, con su general al
frente, rindieron honores a este telegrafista español, que supo
cumplir con su deber hasta el final. Esta anécdota la publicó en su
día Rafael Delgado en una revista telegráfica llamada “El
electricista”.
Nuestro compañero Felipe Vela nos envía esta anécdota que ilustra perfectamente como cuando el entramado político (principalmente en las dictaduras) se entromete en la vida laboral, eleva a las jefaturas a ciertos personajillos cuya capacidad está muy por debajo de los que, en teoría, son sus inferiores.
"Madrid<-->Barcelona"
Las relaciones entre ambas
ciudades, de tiempo inmemorial y especialmente durante la dictadura,
han sido de subordinación de la segunda respecto a la primera en
todos los aspectos de la vida.
Políticamente la
represión franquista fue mayor que en cualquier otro lugar de
España, está en la mente de todos; a título de ejemplo cabe citar
la lengua, en lo que colaboró la burguesía catalana de forma
notable.
Desde la óptica
telegráfica, donde hubo delegados del dictador disfrazados de
directores de servicio en la sala de aparatos de Madrid, voy a
relatar una anécdota de un hecho vivido en primera persona y que es
absolutamente verídico, acaecido hace muchos años, obviamente
durante la dictadura.
Sala de aparatos de
Barcelona, PaP. 16000 con Madrid, transmisor el que suscribe.
Permitirme un inciso para deciros que me considero buen teletipista y
que los compañeros me llamaban Philips, (por aquello de que “mejores
no hay”), modestia aparte.
Al poco de empezar la
jornada observé que el número de rectis solicitadas por mi
colateral eran excesivas, lo que le hice notar para que interviniera
el TI, (técnico de instalaciones para los novatos), y volviendo a
meter la cinta perforada de nuevo para que viera que los errores no
eran debido a lasmanos del transmisor, (con modestia ya os he dicho
que me considero bueno). Una de las rectis me la solicitó varias
veces y al preguntar a mi colateral cual era el fallo que observaba
no quiso decírmelo.
Al poco rato dijo:
“presente del D.S. de Madrid, llame al suyo”. Así lo hice y al
preguntarme mi D.S. que habia pasado se lo expliqué tal cual, por lo
que se produjo la siguiente conversación entre ellos:
D.S.Madrid. Haga el favor
de mirar el control del 16127 (por ejemplo).
D.S.Barcelona. Control
correcto.
D.S.Madrid. Haga el favor
de meter cinta de nuevo en el 16127.
D.S.Barcelona. Me ordena
meter cinta de nuevo en la citada serial.
D.S.Madrid. Mire usted en
esa srl. el origen siempre sale Santpedor suponemos será Santpedro.
D.S.Barcelona. Al darnos
cuenta que el supuesto error era ignorancia de ellos, le dijo mi D.S.
la página y línea del nomenclator en la que aparecía Santpedor.
D.S.Madrid. Bueno, de
todas formas si no cambian a ese transmisor cerramos esta
comunicación.
Como podéis comprender la
argumentación del D.S.Madrid nos dejó estupefactos, no obstante mi
D.S. cedió a todo lo que ordenaba el delegado del dictador y le dijo
al D.S. de Madrid que de acuerdo y me ordenó dar las buenas tardes
como si fuera un nuevo transmisor y que cambiara los signos de
separación. Le dije que los signos de separación que yo daba eran
los que el reglamento, (dobleguión (=) y cruz (+)), establece y que
no los iba a cambiar, no obstante di las buenas tardes como me
ordenó, pero de la forma que yo lo hago habitualmente:
“bnstdstngmskdosvci”.
Felipe Vela.
Barcelona."
Nuestro compañero Juan José Mª Martínez Domínguez nos envía esta fotografía con un oficio de 1926, que él titula "Sanción al deporte", donde se impone una sanción a un repartidor que, al parecer, quiso hacer una demostración del noble arte de la lucha libre con sus compañeros.
Nuestro compañero Juan José Mª Martínez Domínguez nos remite esta divertida anécdota que le ocurrió al poco tiempo de ingresar en Telégrafos.
Como el original nos lo envió en formato presentación PowerPoint que no admite esta web, hemos procurado reproducirlo conservando, en la medida de lo posible, la edición original.
Nuestro compañero Paco Medina nos remite un trío de anécdotas ocurridas durante su vida activa en Telégrafos.
ANÉCDOTAS DE NUESTRO OFICIO
Se supone que en todos los oficios y trabajos se dan anécdotas que de alguna forma enriquecen y humanizan a los mismos. Pero es preciso reconocer que el nuestro siempre se prestó a múltiples y sabrosas anécdotas. Hoy voy a narrar tres de ellas, que sirvan como muestra.
Hubo tiempo que, en especial si eras Jefe de Oficina Telegráfica, es decir, la ejercías en un pueblo, con un buen número de las personas el trato en ventanilla era tan personal y directo que era como si hubiese familiaridad entre ambos. Y casi siempre te pedían que les ayudases a redactar el texto de lo que querían decir (“esas cosas del stop y demás, ustedes lo saben manejar mejor que uno”, solían decir). Y casi era lo mejor, porque cuando eran ellos lo que lo hacían directamente, podía ocurrir como lo que narro a continuación.
A mí me ocurrió concretamente en la Oficina de Alguazas (Murcia). Cierto usuario puso un telegrama de pésame para un conocido, donde se podía leer textualmente: “Me congratulo grandemente de la muerte de tu querido padre”. El dilema que a mí se me planteaba era si indicarle al individuo en cuestión que aquel “me congratulo” no era precisamente lo que en realidad deseaba manifestar, con lo que vendría a decirle que no conocía precisamente bien nuestro castellano, o, por mi cuenta, y sin decirle nada, transmitir luego: ”Siento profundamente la muerte de tu padre”, que quedaba correctamente como texto, pero que a su vez me daban dos palabras menos de las tasadas. Sobre la marcha, decidí transmitirlo tal como yo pensaba más correcto y “birlar” dos “motas” –debidamente tenido en cuenta a la hora de transmitir, y para que el colateral no me las “reclamase”, a la hora de contar-. Al fin y a la postre todos quedaban bien, y era mucho más “humana” mi decisión final.
Segunda: En cierta ocasión una madre que tenía un hijo haciendo la “mili”, y a quien solía enviar un giro más o menos periódicamente, me advierte a la hora de entregar el importe del mismo, que qué pasaba con el dinero que ella enviaba. Que lo solía abonar, en parte, con moneda fraccionaria –en efecto así era, lo que me solía extrañar a mí-, de una, cinco y veinticinco pesetas. Cuya intención final era el que su hijo dispusiera de esa moneda fraccionaria a fin de que pudiera llamarle por teléfono desde cualquier cabina telefónica, cuando salía de paseo. Cosa que no solía hacer, porque, se excusaba, no tenía nunca moneda fraccionaria para poder meter en el teléfono de cabina. Que a él, los giros, se los abonaban en papel moneda y no pocas veces en billetes “grandes”. Que haber qué hacíamos con la que ella entregaba en ventanilla, precisamente con aquella exclusiva intención.
Como se podrá bien comprender si así pensaba la buena mujer, no fue tan fácil poder aclararle el tema y sacarla de su error y creencia.
La tercera anécdota me sucedió cuando ya se había llevado a cabo la fusión entre Correos y Telégrafos. Otra madre, y otro hijo en la “mili”, y de alguna forma conexión con parte de la anécdota anterior. La buena mujer quería, aunque tuviera que pagar algo más, no importaba, que el paquete postal de los embutidos que solía enviar con cierta regularidad a su hijo, se le enviase por aquel mismo “aparatico” – se refería, está claro, al teletipo- con que le enviábamos los giros telegráficos, que, como mucho al día siguiente lo tenía, mientras que los paquetes tardaban a veces más de una semana en llegar.
Y claro, si te hacen estos razonamientos, sacarles de su error, aunque parezca mentira, no siempre era fácil. Pero así de ricas en anécdotas y en humanidades eran nuestras ventanillas, lo que a la larga terminaba repercutiendo en todos nosotros, que nos enriquecíamos con ello y nos hacían crecer día a día como personas que atendíamos un servicio público –que no sólo “al público”-, y como tal lo asumíamos.