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Durante los días del 21 al 25 de junio se ha celebrado en el Colegio de Ingenieros de Caminos de Madrid, el X Congreso Internacional de Caminería Hispánica.

En el Congreso participaron 80 conferenciantes europeos y americanos y fue patrocinado por el Colegio de Caminos Canales y Puertos, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Fomento.

Dentro de los diferentes actos organizados, el día 24 de junio nuestra asociada y Directora del Museo Postal y Telegráfico, Mª Victoria Crespo Gutierrez, pronunció en el salón de actos Betancourt del Colegio de Ingenieros de Caminos una conferencia bajo el título "Caminería y comunicación telegráfica en España en el siglo XIX: el telégrafo óptico."

Nuestra compañera, a quien podeis ver en la fotografía en un momento de la conferencia, ha tenido la gentileza de enviarnos el texto de la mísma, que podeis leer a continuación.







































Conferencia pronunciada por Dª María José Martínez Sánchez, Vocal de Cultura de la Asociación, en los actos conmemorativos del IV Memorial Clara Campoamor, celebrados en el Salón de Actos de la antigua Escuela Oficial de Madrid el 17 de febrero de 2010.

María Telo Núñez por Mª José Martínez Sánchez.

Buenas tardes a todos:

Sr. Presidente, Sr. Secretario, compañeros de la Junta, Sras y Sres, queridos amigos: En este día dedicado a la mujer telegrafista, y siguiendo la costumbre de recordar a ilustres mujeres, que tanto hicieron por otras, voy a contaros, brevemente, algo sobre la persona que consiguió en España la independencia jurídica de la mujer. María Telo Núñez nació en Cáceres en 1915 y aún vive hoy, en Madrid, con sus 95 años a cuestas y su buen humor. Tuvo una hija y enviudó joven.

Su padre, que era notario, sin duda influyó en su temprana vocación jurídica. Estudió el bachillerato en Santander, y como el reciente Decreto de 29 de abril de 1931, en su artículo 1º, permitió a las mujeres acceder a las oposiciones para Notarías y Registros de la Propiedad, decidió aprovechar la oportunidad de ese profundo cambio social, y empezar en 1932, la carrera de Derecho en Salamanca, carrera que tuvo que interrumpir durante la guerra civil al cerrarse dicha Universidad. Luego acabó sus estudios en Zaragoza.

En su libro “Mi lucha por la igualdad jurídica de la mujer1, nos dice: “Después del ingreso en la Universidad mi vida no fue la misma. Al conocer tan directamente la situación jurídica de la mujer dentro de Código Civil, me sentí tan humillada ... tan nada, que ninguna explicación ni histórica, ni jurídica, ni religiosa, ni humana, podían convencerme de que yo exageraba” ....y pensé que nada podía justificar “la muerte civil de la mujer al contraer matrimonio”

María empezó trabajando como Licenciada en Derecho, en el Cuerpo Técnico del Ministerio de Agricultura, donde fue la primera mujer en conseguir un puesto en ese Cuerpo; pero cansada de todos los absurdos inconvenientes que le ponían para realizar su trabajo, como por ej. decir que una mujer no sabía guardar un secreto, pues estuvo en el Departamento de Expedientes disciplinarios, o dejar su puesto sin contenido, en 1952 decide dejar este trabajo e ingresar en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

Ella era una mujer libre y decidida que conducía su propio coche y que, al igual que Clara Campoamor, quería dedicar su esfuerzo a cambiar la situación de la mujer. Así las cosas, echó sobre su espalda la tarea de conseguir, por los legales cauces del Derecho, la emancipación jurídica de la mujer casada, para que, por ejemplo, pudiera viajar sin la licencia expresa del marido, para que pudiera trabajar, disponer del dinero obtenido en régimen de gananciales, tener pasaporte y hasta para disponer de los bienes que legalmente le pertenecían si habían sido heredados de su propia familia. Tal como luego expresó en una publicación 2, “La situación jurídica actual de la mujer casada en España, de romántica no tiene nada”

En 1958 ingresó en la Federación Internacional de Mujeres con Carreras Jurídicas, y, después de pedir autorización para salir de España, como era preceptivo, tuvo la oportunidad de participar en el Congreso de Mujeres Juristas que se celebró en Bruselas. En este viaje hecho en un SEAT 600, adjudicado a ella porque a pesar de ser mujer constaba como funcionaria del Mº de Agricultura, fue acompañada por Ana Mª Aguilera, nieta del que había sido político y alcalde de Madrid, Don Alberto Aguilera Velasco. Salieron de España por Jaca, y después de recorrer Francia y Bélgica viendo museos, llegaron a Bruselas con el tiempo justo para asistir al Congreso. Allí se enteró de que la Fed. Intern. de Mujeres con Carrera Jurídica, había sido fundada en 1929, por Clara Campoamor y otras cuatro mujeres, y allí se encontró con ella, con la que ya desde hacía tanto tiempo era su ídolo, cosa que, según nos dice en el libro, le causó una emoción enorme. María le prometió que intentaría organizar otro congreso igual en Madrid, Congreso abierto. Después de muchas dificultades consiguió, en el año 69, la autorización para la entrada en España de las delegaciones de mujeres juristas de los países del Este.

Y así, poco a poco, fue avanzando y demostrando que la capacidad y la fuerza espiritual de la mujer es, al menos, tan grande y tan noble como puede ser en el hombre. En esta tarea tan ardua, estuvo acompañada por otras mujeres amigas y compañeras de profesión, que con su ayuda hicieron posible la consecución de sus propósitos. En ese Congreso de Madrid estuvo presente Pilar Primo de Rivera, ya que desde la Sección Femenina, que había participado en un Encuentro de Mujeres, en Rusia, también se contemplaba el tema de las mujeres en España. Pero nunca se unieron en esta tarea, pues ellas consideraban que las pretensiones de la Asociación Española de Mujeres Juristas, eran excesivas.

En este congreso, María Telo presentó la ponencia “La mujer en el Derecho Civil”, que incluía serios estudios jurídicos sobre la Licencia marital, Bienes gananciales, Mayoría de edad, Los menores, La patria potestad, y La adopción. Estos temas fueron desarrollados, en parte, por otras compañeras. Y ese es el momento en que se empiezan a sentar las bases de la posterior reforma del Derecho de Familia, en el que la mujer dejaría de estar incluida, por ley, entre los menores de edad y disminuidos psíquicos. María, junto a otra compañera, Amalia Franco Granado, crean la Comisión de Estudios que luego revisaría el Código Civil, para poder cambiar aquel estado de cosas.

En 1971, la Asociación Española de Mujeres Juristas, fundada por ella, fue considerada lícita, por el Mº de la Gobernación, así como sus estatutos. En ella se siguieron estudiando el tema de la mujer en el Código Civil y la consiguiente reforma. Poco a poco se fueron ganando batallas, pero mucho más despacio, y con muchas más dificultades de las que ellas hubieran deseado. El Proyecto de Ley del 2 de mayo de 1975, iniciaba la reforma del Código Civil sobre aquellas absurdas leyes que el uso y la norma popular, que no jurídica, ya habían abolido. El correspondiente anteproyecto, había sido firmado por el Príncipe D. Juan Carlos, en agosto del 74, en el Consejo de Ministros al que Franco ya no pudo acudir por enfermedad. Cuando D. Juan Carlos fue proclamado rey, la Asociación E. de Mujeres Juristas le envió el siguiente telegrama: “Junta Directiva Asoc. E. Mujeres Juristas, eleva votos para que puedan ser cumplidos en vuestro reinado los deseos manifestados en el Discurso de la Corona. Las mujeres juristas esperamos continúe la reforma Código Civil iniciado por ley de 2 mayo 1975”

Como ya sabemos todos, luego vendrían todas las leyes justas y liberadoras de los yugos que antaño habían atenazado a la mujer. Y como esto fue tan rápidamente asumido por la sociedad, ella misma tuvo que recordarnos, en un artículo publicado en el periódico ABC, en enero del 98, como hubo un momento en España en que “sin licencia de su marido, la mujer solamente podía hacer testamento”. Efectivamente, algunos no querían reconocer su trabajo, y a todos ya se nos habían olvidado aquellos años en los que el marido hasta podía dar en adopción a los hijos sin contar con la mujer.

Además de otra condecoraciones, Mª Telo Núñez fue distinguida con la Cruz de San Raimundo de Peñafort, del Mº de Justicia, en 1976, con el Premio Clara Campoamor, del Aytº de Madrid, en 2006, y finalmente nombrada Doctora Honoris Causa, por la Universidad de Salamanca, en 2007, honor compartido solamente por otra mujer, Santa Teresa. Este nombramiento lo recibió en el aula “Fray Luis de León” donde ella se había examinado por primera vez, y por libre, de Derecho Romano.

Y por agradecimiento a María, y creo que con toda la razón, os pido un fuerte aplauso para ella.

Muchas gracias.
 
Madrid, 17 de febrero de 2010

 1 Prólogo de Luis Martí Mingarro. Editorial Aranzadi, 2009. Madrid.
 2 Revista “Diana”, número de Primavera, editada por el banco de Bilbao. Madrid, 1973

Conferencia pronunciada por Dª María José Martínez Sánchez, Vocal de Cultura de la Asociación, en los actos del III Memorial Clara Campoamor, celebrados en el Salón de Actos de la antigua Escuela Oficial de Madrid el 12 de febrero de 2009.

Clara Campoamor: Una vocación política.

Buenas tardes a todos:

Sr. Presidente, Sr. Secretario, compañeros de la Junta, queridos amigos, señoras y señores.

En este 12 de febrero en el que ya celebramos por 3ª vez, el "Día de la Mujer Telegrafista", aquí estoy con el agradable encargo de contaros algo sobre nuestra querida Clara Campoamor.

Agradezco la confianza que depositasteis en mí al encomendarme esta conferencia, y reconozco que al principio me asusté. Pero al empezar a prepararla y leyendo más sobre nuestra compañera y sobre la época que le tocó vivir, me fui entusiasmando. Os hablaré un poquito de ella, y lo haré desde una perspectiva femenina.

Siempre me intrigó saber cómo nace y cómo se desarrolla una vocación, y en este caso, cómo nace una vocación política, en una mujer del XIX, que empieza su vida activa a principios del XX, cargando a su espalda con toda una tradición negativa sobre la actividad de las mujeres fuera del ámbito familiar. Y creo que en una vocación pueden influir muchas cosas, la familia, la tradición, etc, pero en este caso me he fijado en dos circunstancias particulares: una, el barrio en que nació, y otra, la época que le tocó vivir. 

Clara Campoamor nació en Madrid en 1888, en una familia humilde, en el Barrio de Maravillas, en la calle del Rubio, que en 1894 empezó a llamarse calle del Marqués de Santa Ana. Y pensando en cómo el entorno pudo influir en esta niña, se me ocurren dos cosas: primera, que en dicha calle estuvo situada la editorial del periódico “La Correspondencia de España”, propiedad del Marqués de Sta. Ana, que dio nombre a la calle, y segunda, que aquel barrio era el barrio de Manuela Malasaña. Alrededor de Clara, por tanto, hubo dos cosas muy claras: señales de cultura, por un lado, y por otro, sobrevolando todo el barrio, la imagen de aquella chica, aquella heroína que, si bien fue una víctima de los desastres de la guerra, quedó en el imaginario colectivo como una de las mujeres mártires, valientes y rebeldes de nuestra Historia.

Sobre la muerte de Manuela Malasaña hay dos versiones, una nos dice que era la hija de un “chispero” que fue alcanzada por una bala cuando ayudaba a su padre a cargar el cañón contra los franceses, y otra, que era una joven bordadora, huérfana de padre que, a la vuelta de su trabajo y llevando encima los artilugios de bordar, entre ellos una tijerita, fue detenida por los soldados y fusilada, ya que según el bando dado por Murat, “serían fusilados todos los paisanos que portaran armas blancas”. Los historiadores se decantan más por esta segunda versión.

Del padre de Clara Campoamor sólo se sabe que era de Vallecas, tal vez de origen francés, y no sabemos si él legó ciertas inquietudes a su hija. Tampoco sabemos si tuvo una buena maestra o si fue su madre, en la misma casa, quien le transmitió el enorme deseo de superación y de lucha que ella tuvo toda su vida. El padre muere cuando ella tiene 13 años, y Clara ha de trabajar en el pequeño taller de costura que organiza su madre y que les ayuda a sobrevivir. Quizá ella al coser en el taller también usaba las tijeras, Y esta coincidencia con Manolita Malasaña, no le pasaría inadvertida. Podía haber seguido cosiendo, ocupándose de la casa, y casándose tal vez, pero parece haber en ella un sentido de lucha que le impulsa a salir de éste ámbito, estudiar y saber, para tomar en sus manos el arma de la palabra. Esta arma la ayudaría a conseguir mas adelante que, en algo tan fundamental para un país como el voto, las mujeres llegasen a ser equiparables a los hombres.

Porque el voto de las mujeres era importante.

En 1909, acude a las primeras oposiciones al Cuerpo de Telégrafos en que se admitieron mujeres, e ingresa como auxiliar de segunda. Allí conoció a otra telegrafista destacada, Consuelo Álvarez, que trabajó en el Cuerpo desde 1908, como Auxiliar de Tercera, pero contratada. Nos cabe el honor de que Telégrafos fuese el primer organismo público donde, a pesar de todas las reticencias y dificultades, trabajaron las mujeres.

Para darnos una idea del panorama educativo español, pensemos en que la escolarización estaba en manos de la instrucción pública, y una buena parte de ella en manos de la Iglesia. Sólo eran escolarizados el 50% aproximadamente de los niños, y de estos, un 65 %, de los menores de 13 años, no sabían leer y escribir correctamente. La primera enseñanza consistía en poco más que en saber bien la Cartilla y las primeras letras. Y, curiosamente, el analfabetismo era mayor en los hombres que en las mujeres, y hasta en ellas disminuye mas rápidamente que en los hombres. Y a pesar de todo, ¿cómo van a participar las mujeres en la vida pública, si casi no saben leer? —decían algunos.

Y no todo era así, pues en esto influía la clase social que, si era alta, podía dar, y de hecho daba, más y mejor educación a sus hijos.

La vida política era muy convulsa en esos años. Alfonso XII había subido al trono en mayo de 1902, siguiendo la Restauración Borbónica, y la lucha entre los partidos políticos era enorme. España arrastraba el desastre del 98, y a nuestro alrededor despuntaban países con mejor industrialización que nosotros, que carecíamos de un buen tejido industrial.

Algunos acontecimientos muy graves marcaron la época.

Precisamente en 1909, tiene lugar la Semana Trágica de Barcelona, que va del 26 de julio al 2 de agosto, siendo uno de los días más terribles el día 27, cuando llega a la Ciudad Condal la noticia de los 1.200 soldados muertos en el “Barranco del Lobo”. Estos soldados eran parte de los reservistas que habían salido del puerto de Barcelona el 18 de julio anterior. Fueron a Marruecos para sofocar los levantamientos de las cábilas del norte que habían atacado ferozmente a los obreros que trabajaban en unas minas cercanas a Melilla. Esas minas era propiedad del Conde de Romanones.

Hay que tener en cuenta que los que pudieran pagar 6.000 reales, se libraban de ir a la guerra, pero de esa cantidad de dinero no disponían los obreros a los que no les quedaba más remedio que acudir. La indignación de las clases obreras era creciente. Y por otra parte, los niños que iban a los colegios regentados por instituciones religiosas, tenían que oír comentarios despectivos a las organizaciones obreras donde militaban sus padres.

En Cataluña, las organizaciones sociales más importantes de este tipo eran dos: Solidaridad Catalana, conservadora, y Solidaridad Obrera, de origen sindical.

La noticia de esas muertes dio lugar a grandes disturbios en Barcelona, con una protesta antibélica muy seria contra el envío de tropas al norte de África, protesta que enseguida se hizo anticlerical, irracional y especialmente violenta.

Lógicamente, las mujeres, madres, hermanas y esposas, salieron a la calle.

En cuanto a la prensa, esta andaba entonces escasa de recursos y unos periódicos recibían subvenciones del gobierno francés, y otros del alemán, que pretendía hacer valer la idea de ser una nación sana y fuerte. También había un colegio alemán, a dónde acudían los hijos de los personajes importantes. España admiraba la cultura alemana, pero en esos momento no era afín políticamente.

En el año 1910, un grupo de 36 señoras aristocráticas de Madrid, protestaron ante Canalejas, jefe del partido Liberal, por las medidas laicas que se estaban tomando desde el gobierno, y que posiblemente afectaran a la educación. Estos grupos o asociaciones de mujeres de clase elevada, que no entendían la igualdad del hombre y la mujer, organizaron en las iglesias y en la calle, rezos y manifestaciones en las que se decía, que dichas medidas eran nefastas para las mujeres ya que “la mujer española no entiende otra política que la religión”.

Contra estas manifestaciones se levantan las asociaciones republicanas de mujeres que, como ellas mismas decían, no tenían miedo al infierno. De nuevo vemos a las mujeres en la calle.
Todas estas asociaciones no aglutinarían a más de 200 mujeres que, en parte eran trabajadoras con más conciencia de los problemas sociales, y en parte, clase media con algunos estudios.

Había trabajadoras de la fábrica de tabacos, tradicionalmente mujeres, las famosas cigarreras, algún que otro taller pequeño, y también alguna fábrica, como por ejemplo, la de la c/ Cañizares, una pequeña fábrica de sobres en donde trabajaban numerosas mujeres doblando papel, engomando sobres, etc. Su sistema de trabajo era a destajo, y tenían que pagar multas si se equivocaban o si dejaban encendida la luz más tiempo del necesario.

En una ocasión se presentó una mujer con una autorización para votar por su marido enfermo, otras veces varias de ellas quisieron presenciar el recuento de votos en las elecciones locales. Son anécdotas que nos hablan del interés de la mujer en la vida pública, ya que, según parece, era costumbre que el cabeza de familia leyese y comentase la prensa durante la comida en presencia de su mujer, de tal forma que ésta estaba al tanto de lo que ocurría en la calle y también de lo que iban a votar su padre o su marido.

Las asociaciones de mujeres eran numerosas, pero de vida efímera, tal vez por las dificultades que siempre han tenido para cuidar casa e hijos y además participar en la vida pública. Estas asociaciones agrupaban en mayor proporción a mujeres conocedoras del feminismo que imperaba en otros países 1 y que aquí llegaba con retraso. Pero aún así, el feminismo animó el crecimiento de asociaciones de carácter progresista como la Agrupación Feminista Republicana, y la Sección Femenina de la Juventud Republicana, formadas ambas por animosas mujeres militantes. De ésta última surge luego “Acción Colectiva de las Mujeres Republicanas”, estimuladas por una convocatoria de El País. Todas las asociaciones propugnaban “la educación de la mujer para su dignificación y emancipación” 2 .

Pero las asociaciones de mujeres tenían que estar tuteladas siempre por un varón, aunque este fuese menor de edad. La tradición se imponía. La tradición no entiende razones. La tradición es poderosa y está asentada en el imaginario de todas las clases sociales aunque sean progresistas.

A Clara Campoamor no le quedaba más remedio que seguir luchando.




En 1914 pide la excedencia en el Cuerpo de Telégrafos, y empieza a trabajar como profesora en las escuelas de mayores.

En 1916 ingresa en el Ateneo de Madrid, en la sección de Pedagogía que entonces dirigía el famoso “Azorín”.

En 1918 funda la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, de corte conservador, donde sus militantes aceptan el Sufragio Universal, pero no lo defienden. De ésta asociación sale luego la llamada, Juventud Universitaria Femenina, donde también participa, junto a Victoria Kent, su oponente, tal vez con el deseo de transmitir sus ideas.

En 1921, cuando tiene lugar el desastre de Anual, y desde la tribuna del Ateneo, pide cuentas al gobierno por la política militar en el Norte de África.

En 1922, acaba el bachillerato. En 1925, se colegia como abogada, y en 1926 encabeza una manifestación en Madrid, donde la mayoría son mujeres, para protestar de nuevo contra la política seguida por el gobierno en el tema de Marruecos.

Escribe en “La Tribuna”, revista de estudio sobre la obra de E. Pardo Bazán, que junto a María Zambrano y María de Maetzu son mujeres destacadas de esa época.

A finales de 1915 es nombrado Director General de Telégrafos, el también político y escritor, D. José Francos Rodríguez, “Juan Palomo” como seudónimo, médico, hombre influyente, dos veces diputado, otras dos alcalde de Madrid, periodista, presidente de la Asociación de la Prensa, senador vitalicio, académico de la Lengua Española, y también dos veces ministro. De él se dijo que era masón, hecho frecuente entre los intelectuales de la época. Esta condición también se afirmó de nuestra amiga.

Francos Rodriguez crea muy pronto el gabinete de prensa de Telégrafos donde trabaja Consuelo Álvarez Pool, perteneciente a Unión Republicana, que en su día fundó la agrupación llamada “Las Damas Rojas”. Ella y Clara son amigas, escriben en El País, y ambas defienden a la mujer. Las dos quieren sacarla de esa situación humillante de menores de edad frente a los hombres. Concretamente Consuelo Álvarez, que escribe bajo el pseudónimo de “Violeta”, ante aquellos rezos y manifestaciones de los sectores más conservadores, dijo:

“Mis arcaicos señores: la mujer tiene opinión propia y necesita tomar parte en la vida nacional. Se ríe de las prohibiciones y hace lo que sabe según el grado de cultura en que la habéis colocado”.

Como vamos viendo, las mujeres deseaban participar en la vida pública. Tienen voz, pero no tienen voto. Tenían derecho de reunión, pero no podían votar. Tenían sentido común. Como madres o esposas veían a sus hombres partir a la guerra de África, y para sacar consecuencias no se necesitan muchos estudios sino lógicas conclusiones y valor para manifestarse. No había que esperar más madurez, como pedían algunos que propusieron esperar a que las mujeres tuviesen 45 años para poder votar. En cambio los varones votaban a los 25 .

Como ya dije antes, Clara Campoamor, había hablado en el Ateneo pidiendo responsabilidades por el desastre de Anual. Ella, mujer destacada por su cultura, prestó su voz a las mujeres menos preparadas.

Y ya en 1931, con 43 años, diputada por Madrid en las primeras Cortes de la República, defiende el Sufragio femenino en medio de grandes disputas y opiniones degradantes de algunos hombres destacados, como el Dr. Novoa Santos, gallego, que prefiero no comentar.

Defendió el voto femenino exhortando a los diputados a que pensasen con qué derecho se lo negaban a las mujeres que serían una fuerza nueva y joven, aquellas que, ya presentes en las calles, eran mayoría en las manifestaciones.

El partido Socialista apoyaba su propuesta, pero otros partidos de izquierdas se opusieron por considerar que el voto de la mujer sería conservador en su mayoría al estar influido por la Iglesia, sobre todo en la clase social alta, como luego ocurrió, y dieron las oportunas directrices a sus miembros. Clara Campoamor, y otros diputados, rompieron con esta obligación de voto.

Al fin, el día 1º de octubre de 1931, se aprueba en el Parlamento español la Constitución hecha por el primer gobierno de la II República. En uno de sus artículos decía así:

“Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”.

Con este texto tan sencillo se superaba la tradición.




En 1932 se aprobó la ley del divorcio. Otras leyes importantes quedaban a la espera. En 1933, con el voto femenino vigente, la derecha ganó las elecciones. Clara Campoamor no consiguió escaño.

En 1934 sale del Partido Radical, y cuando quiere entrar en Izquierda Republicana es rechazada.
Se exilió en Buenos Aires en 1936, y luego en Suiza. Murió en Lausana a los 84 años.

Clara Campoamor nos situó a las mujeres en el lugar necesario para que pudiéramos trabajar, junto a los hombres, en la difícil tarea de organizar la sociedad.

Ella nos enseñó que todo se consigue con esfuerzo. Con el uso que hizo, no de la fuerza, sino de la palabra, nos dio ejemplo de vida.

Algunas mujeres, ya sabéis, también la usamos.

A todos los que tan amablemente me habéis escuchado, muchas gracias.

Mª José Martínez Sánchez.
Madrid, 12 de febrero de 2009-02-08

1 Datos tomados de la revista Hispania, 2007, vol. LXVII, nº 226.-
2 Datos tomados de El País, 22 – XII – 1908.-

Conferencia pronunciada por D. Sebastián Olivé Roig el 26 de abril de 2008 en la E.T.S. de Ingeniería de Telecomunicación, Campus Muralla del Mar de Cartagena dentro de los actos de la Semana del Telégrafo celebrada en dicha ciudad.

+ de 150 años del Telégrafo en España
Hace 150 años que el telégrafo llegó a Murcia y Cartagena.

El 22 de Abril de 1855 la reina Isabel II firmó la Ley que establecía la primera red telegráfica para unir a Madrid con “todas las capitales de provincia y departamentos marítimos”.

La fecha del 22 de Abril de 1855, tomada tradicionalmente como fecha del nacimiento del telégrafo en España, es convencional. Antes de aquella fecha ya hubo algunos servicios telegráfico entre diferentes ciudades españolas, pero no en forma sistemática ni cubriendo un servicio público de carácter general.

Diez años antes, en 1845, se estaba implantando un sistema de “telégrafo óptico” mediante la construcción de torres que permitían el envío de señales codificadas con cualquier tipo de mensajes. En los diez años que duró el “telégrafo óptico” se construyeron tres líneas de torres, que unían Madrid con Irún, con Valencia y Barcelona y con Cádiz, y daban servicio a las capitales de provincia comprendidas en esos trayectos. Pero el servicio que podían dar no era satisfactorio para el Gobierno, porque era lento, no funcionaba por la noche y las nieblas lo interrumpían frecuentemente.

Por ello se decidió emplear algunos “torreros” para establecer una línea de postes y alambres que permitiera unir Madrid con Irún, para, empleando un telégrafo eléctrico, conectar con las líneas del nuevo sistema que estaba construyendo la Administración francesa. Esta línea de ensayo, de mas de 600 Kilómetros, se terminó con éxito a finales de 1854 ( se envió el primer telegrama eléctrico el 5 de Junio de Guadalajara a Madrid y el primer telegrama internacional, de Madrid a París, el 8 de Noviembre del mismo año). El servicio telegráfico todavía era sólo para asuntos oficiales, pero, visto el buen funcionamiento de la línea, se permitió el uso público de este servicio en Abril de 1855.

En la línea de Irún se utilizaron los aparatos que empleaban los telégrafos ingleses, que eran los que, en aquellos primeros años, tenía el servicio telegráfico mas desarrollado. Eran los denominados “Wheatstone de dos agujas”. Pero Francia empleaba otro tipo de aparatos, de modo que en la frontera de Irún tenían que intercambiarse los despachos escritos a mano y previamente decodificados. Esto ocurría también en las diferentes fronteras europeas y los países, que ya habían organizado una Unión para establecer las condiciones en las que se intercambiarían los telegramas internacionales, decidieron que había que unificar los sistemas telegráficos entre ellos, y escogieron para los intercambios internacionales el aparato del norteamericano Samuel Morse.

Morse había ideado su aparato hacia 1940 y había presentado diferentes versiones sin demasiado éxito, pero su código se demostró que era muy superior a los modelos que se estaban empleando, y las sucesivas modificaciones de sus aparatos ya habían tomado, hacia 1855, la forma que sería la definitiva y se mantendría prácticamente invariable a los largo de los cien años siguientes.

Cuando empezaron a instalarse las primeras líneas de la red española ya se había adoptado el acuerdo en Europa, y España decidió que el morse sería el aparato que se emplearía en toda la red.
 
El éxito de la línea “de prueba” Madrid-Irún debió impulsar a Gobierno a presentar a las Cortes el Proyecto de Ley que se aprobó el 22 de Abril de 1855. Se destinaron 17 millones de reales para construir una red de hilos telegráficos que abarcara el territorio peninsular. Paralelamente se creó el “Cuerpo de Telégrafos” para atender al servicio telegráfico.

La red que se pretendía instalar tendría una longitud de líneas de mas de 6.000 Kilómetros. Se dividió en varias “líneas” denominadas por puntos cardinales “línea del Sur” , “línea del Nordeste”, etc. . Murcia y Cartagena estaban incluidas en la “línea del Este” que, en parte, proyectaba apoyarse en los postes que facilitaría la Compañía que construía el ferrocarril Madrid-Almansa, aunque no fue posible hacerlo.

La construcción de la red se sacó a concurso entre empresarios privados. Se definieron varios tramos de líneas, que se adjudicaron por separado. Se conoce que el tramo Alicante-Cartagena, de 130 Kilómetros, lo construyó la empresa de José Ruiz de Quevedo y costó 378.771 reales. Tenía solo tres Oficinas: Orihuela, Murcia y Cartagena. Fue entregada oficialmente el 5 de Enero de 1858.

La red inicial muestra un dibujo “en estrella”, con el centro en Madrid y los brazos hacia la periferia, pero se pretendía que cada capital de provincia tuviera, por lo menos, un camino alternativo para llegar a Madrid y, en años sucesivos, se fueron construyendo líneas que convirtieran la “estrella” en “polígono”.
 
Con esta pretensión se construyó la línea Murcia-Almería, con Oficinas en Alhama, Totana, Lorca y Águilas. Esta línea entró en funcionamiento en Agosto de 1864.

La red telegráfica se iba completando pero quedaban por conectar las capitales insulares. Los cables submarinos todavía estaban en sus primeras etapas. En España se probó el tendido de los cables submarinos uniendo Tarifa y Ceuta, con motivo de iniciarse la campaña de O’Donnell en Marruecos.  El cable se tendió, sin ningún estudio previo de las condiciones del fondo marino, a finales de Diciembre de 1859, y un furioso temporal, de varios días de duración, acabó con él en los primeros días de Enero de 1860, aunque pudo transmitir la victoria de la batalla de Castillejos, probablemente el hecho mas comentado de aquella guerra.

Mas preparación tuvo el tendido del cable que uniría las islas Baleares con la Península. El buque cablero Stella, siguiendo la ruta que le marcaba la goleta española Buenaventura, tendió el cable entre Jávea e Ibiza, entre Ibiza y Palma de Mallorca y entre Pollensa y Ciudadela, en Menorca. Se completó la operación con un segundo cable entre Barcelona y Mahón, aunque el tendido de este segundo cable tuvo que completarlo la propia goleta Buenaventura.
 
Para constatar las dificultades que había para los tendidos de los cables submarinos, Cartagena intervino en un caso curioso.

Debido a las dificultades que presentaban los cables entre Francia y Argelia, y para que el trayecto submarino fuera mas corto, la Administración francesa acordó con España, en 1863, el tendido de un cable francés entre Cartagena y Orán, de tal modo que los telegramas llegarían por líneas terrestres desde Francia a Cartagena, para retransmitirse por el cable a Orán. Se inició el tendido del cable en Cartagena pero la operación fracasó, y el cable se perdió en el fondo del mar antes de empezar a dar servicio.

Para completar la red nacional quedaba pendiente el enlace con Canarias. Hubo varias propuestas de tender un cable trasatlántico que enlazara España con Cuba y Puerto Rico, cuya primera etapa estaría en Canarias. Pero, aunque la concesión administrativa se adjudicó varias veces, incluso a la misma Compañía que pretendía tender el cable desde Gran Bretaña a Terranova, no llegó a iniciarse ningún intento serio de tender el cable. Tendrían que pasar veinte años, hasta 1883, para que Canarias pudiera incorporarse a la red telegráfica española. Y tendrían que pasar diez años más para que, desde Almería y Algeciras, se tendieran cables que incorporar a la red telegráfica a Melilla, Ceuta y los destacamentos militares de la zona Norte de Marruecos. Cuba no tuvo nunca comunicación con España por un cable español, a pesar de que los telegrafistas lo promovieron, hasta extremos tan descabellados como proponer comprar el cable mediante suscripción pública, que pensaban encabezar, a pesar de sus menguados sueldos.

Salvo los enlaces con Canarias, la red estaba prácticamente finalizada en 1863 y, aunque con los años se fue haciendo mas tupida, estableciendo enlaces con lo pueblos mas pequeños y aumentando el número de vías alternativas, la red se mantuvo funcionando 135 años más.

Durante muchos años se emplearon exclusivamente aparatos morse para todas las comunicaciones, tanto nacionales como internacionales, de modo que el mismo aparatos servía para la comunicación con un pequeño pueblo como para el enlace Madrid-París. (Hacía 1868 en Murcia había 5 aparatos morse, en Cartagena 1, igual que en Lorca y en Orihuela, a pesar de que el número de telegramas que se transmitía desde Cartagena era mucho mayor).

Las líneas de enlace eran casi idénticas a las que se emplearon durante los 150 años de existencia del telégrafo: postes de mas de 7 metros de altura sostenían unas piezas de cristal o de cerámica (que los telegrafistas denominaban “aisladores”), que se sujetaban, bien clavados en el propio poste, bien dispuestos sobre travesaños (que los telegrafistas denominaban “crucetas”). En los aisladores se apoyaban unos alambres de hierro, de unos 3 milímetros de diámetro (el lenguaje técnico les denominaba “hilos desnudos”, porque no estaban recubiertos de ninguna capa aislantes). Cien años después los alambres eran de cobre, pero los postes y los aisladores eran iguales.
 
Hacía 1875 se empezaron a emplear los aparatos “hughes”, cuya imagen suele recordarse porque tiene un teclado parecido al del piano. Este aparato permitía transmitir los telegramas sin necesidad de codificarlos, pulsando las teclas correspondientes a las letras y signos. También suele recordarse porque funcionaba mediante un sistema motor de pesas, que había que remontar mediante un pedal que el telegrafista debía accionar. Estos aparatos hughes se emplearon durante mas de cincuenta años en las comunicaciones importantes, aunque el morse seguía siendo el sistema mas utilizado.

Pero en una Oficina se empleaban otros aparatos complementarios, pilas, conmutadores, traslatores, etc., todos ellos novedosos, que daban a la profesión de telegrafista un empaque científico. La electricidad seguía siendo un elemento misterioso, un símbolo del progreso, y los telegrafistas la entendían y la empleaban.
 
Puesto que estamos en Murcia y Cartagena se puede destacar, por ejemplo, a un telegrafista insigne, Francisco Pérez Blanca, autor de un muy documentado “Tratado de telegrafía práctica”, que estuvo destinado en Murcia en diferentes etapas, e impresionado por los devastadores efectos de las crecidas y desbordamientos periódicos de los ríos de esta zona, inventó, en 1880, un aparato “avisador de crecidas de los ríos” y, además, cedió “en beneficio de las provincias de Alicante Murcia y Almería, todos los derechos que pudieran corresponderle por la explotación del aparato”.  O, también, al telegrafista murciano, Enrique Bonnet Ballester, recientemente honrado por el Colegio de Ingenieros de Telecomunicación de la región de Murcia como “pionero de las telecomunicaciones en España”, cuyas aportaciones han recogido en un hermoso libro.

De todos modos la vida de los telegrafistas, en sus primeros treinta años de actividad profesional, no resultaba muy satisfactoria. Los cambios políticos que se produjeron en España les afectaron directamente, porque dependían del ministerio de la Gobernación y, muchas veces, los gobiernos quisieron que actuaran como instrumentos suyos, impidiendo las comunicaciones o ejerciendo la censura sobre las noticias ( y eso tanto la facción ganadora y como la que acababa perdiendo – por ejemplo, los telegrafistas de Murcia y, sobre todo, los de Cartagena, se vieron afectados por ambos bandos en los episodios de la revolución cantonal).

Los Presupuestos generales del Estado asignaban al telégrafo cantidades siempre escasas, no solo para los sueldos de los empleados, sino para mantener la red en buen estado. Para hacer “economías”, se quiso que los maestros nacionales se encargaran de las oficinas de Telégrafos de los pueblos y que los peones camineros arreglaran las líneas. Se proyectó unificar, en u Cuerpo de Comunicaciones, a los Cuerpos de Correos y de Telégrafos, con lo que los telegrafistas consideraron que se menospreciaba su capacitación técnica.

Esta insatisfacción provocó que ocurriera un hecho insólito: en Junio de 1892 se declaró una huelga de telegrafistas. Se ha dicho que fue una huelga romántica, los telegrafistas se sintieron muy orgullosos de ella, pero la realidad es que, salvo que no se realizó la unificación con el Cuerpo de Correos, no se consiguió mucho más. Cesaron el ministro de la Gobernación y el Director general de Correos y Telégrafos (que era yerno del ministro), pero los Presupuestos generales siguieron igual de menguados.

Desde el punto de vista de la técnica telegráfica, tanto los aparatos como las líneas apenas habían variado. Sin embargo en la telecomunicación había nacido un nuevo vástago: la telefonía. A finales de 1877 llegaron a España los primeros aparatos telefónicos. Se hicieron pruebas con ellos, empleando las líneas telegráficas. Todavía en plena fase de ensayos, los telegrafistas ofrecieron al rey Alfonso XII y a su prometida la infanta Mercedes, dos de los primeros aparatos telefónicos, para que pudieran hablar, la víspera de su boda, desde Aranjuez, donde estaba la novia, hasta el palacio real de Madrid.

La explotación del nuevo medio de comunicación trajo complicaciones a los telegrafistas. Aunque al principio solo cabía la instalación de pequeñas redes telefónicas de ámbito local, por las dificultades de mantener conversaciones de larga distancia, los telegrafistas pretendían que la explotación telefónica debía incluirse como un apartado de la telegrafía y, por tanto, debía explotarla el Estado, por medio del Cuerpo de Telégrafos.

El problema estaba en que había que invertir para instalar las redes, y el Congreso de los Diputados solo quería reducir gastos, y no incluía en los Presupuestos las cantidades necesarias. A pesar de ello Telégrafos instaló en Madrid una Red Telefónica Oficial, que unía telefónicamente todos los edificios de carácter oficial relevante: Palacio real, edificios del Congreso y del Senado, sedes ministeriales, etc., Red Oficial que ha estado funcionando hasta el año 2000.

Las discusiones en el Congreso de los Diputados, entre la conveniencia de la explotación pública o privada de la telefonía, duraron muchos años, y los gobiernos iban cambiando de criterio con frecuencia. Esto suponía que las redes telefónicas eran explotadas, ora si ora no, por Telégrafos, con las complicaciones de tener que disponer de personal y medios preparados, sin interferir en la prestación del servicio telegráfico.

Esta situación  duró hasta 1924, ya que en Agosto de ese año el gobierno adjudicó a la Compañía Telefónica Nacional de España , como monopolio, la explotación de la red telefónica. La separación de la explotación de la telegrafía y la telefonía fue considerada por los telegrafistas una herejía técnica, pero tuvieron que aceptarla con disgusto.

Otra novedad técnica de gran trascendencia que apareció en el campo de la telecomunicación fue la radio. Marconi obtuvo sus primeras patentes hacia 1895 y en 1901 consiguió enviar una señal a través del Atlántico, lo que se confirmó su invento y se inició la época de las comunicaciones por radio. Eran comunicaciones telegráficas que utilizaban señales del código morse. Por eso se denominaba a la radio “telegrafía sin hilos” “T.S.H.”.

La radio se empleaba para comunicar puntos de imposible conexión con las líneas de hilos o de cables. Los barcos en alta mar fueron sus primeros usuarios. Los telegrafistas españoles, aunque se interesaron por la radio en sus revistas, apenas intentaron emplearlo y fueron los militares, sobre todo los marinos, los que hicieron los primeros ensayos e instalaron los primeros emisores.

La figura mas relevante de la primera época fue el comandante Cervera que patentó un sistema propio, con el que realizó, con éxito, pruebas entre diferentes cuarteles en las cercanías de Madrid y entre Tarifa y Ceuta. En 1904 Telégrafos le encargó establecer un enlace entre la costa peninsular, en el cabo de Palos, e Ibiza, pero no se consiguió una comunicación estable y se desistió. Al año siguiente, con aparatos extranjeros, se enlazó Coruña con Ferrol, pero tampoco se obtuvo un enlace satisfactorio. Estos tímidos ensayos hicieron que Telégrafos se desentendiera de nuevos intentos de establecer enlaces por radio y en 1907 el gobierno decidió que los servicios radiotelegráficos civiles se explotaran por empresas privadas.

Pero algunos telegrafistas no se desentendieron de la radio y algunas de sus investigaciones culminaron con éxito. El periódico ABC de 2 de Mayo de 1907 relataba que “el joven oficial de Telégrafos D. Matías Balsera es inventor de un maravilloso aparato con el cual acaban de verificarse pruebas muy interesantes. Estas se hicieron en Cartagena a presencia de ilustrados jefe de la Armada...”. La aportación de Balsera era un sistema de sintonización que permitía hacer explotar a distancia “torpedos fijos” suprimiendo los cables de conexión.



El propio Balsera, años después, en 1921 hizo la primera retransmisión de conciertos musicales, incluso una ópera desde el Teatro Real, desde una emisora situada en el edificio del Palacio de Comunicaciones de la plaza de Cibeles, en Madrid, y presentó un plan para un servicio nacional de radiodifusión.

Los vaivenes políticos y económicos que atravesó España entre 1920 y 1950 hicieron que se variaran los planteamientos sobre la prestación de los servicios radiotelegráficos y Telégrafos se encargó de ellos en varias etapas. Por ejemplo, alguna de las estaciones radiocosteras que atendían telegráficamente a los barcos estaba en el Cabo de Palos.
 
Por otra parte, en lo que podríamos llamar telegrafía clásica, iban apareciendo nuevos sistemas de transmisión. Hacia 1910 se empezó a utilizar en la red española el aparato inventado  por el francés Emile Baudot, que ya era un aparato que anticipaba los modernos diseños de la transmisión de datos, aunque apoyándose en soluciones técnica exclusivamente mecánicas. El baudot posibilitaba la transmisión simultánea de varios canales, generalmente para obtener dos comunicaciones bidireccionales y los mensajes se recibían impresos en una cinta de papel con los caracteres alfabéticos ya decodificados. El baudot se empleaba, principalmente en Europa, en los enlaces internacionales mas importantes y estuvo funcionando en la red española hasta 1960.

Hacia 1920 aparecieron varios aparatos que, utilizando procedimientos de transmisión parecidos a los de Baudot, aunque sin el sistema de multiplexación, se asemejaban a las máquinas de escribir. Estos aparatos, denominados teleimpresores (o teletipos a causa de que una de las primeras marcas que los puso en servicio se denominaba Teletype) acabaron imponiéndose en la red telegráfica y fueron universalmente utilizados.

Los teleimpresores empleaban un código parecido al del baudot, con cinco elementos para la codificación propiamente dicha y dos elementos para conseguir el arranque y la parada del sistema de sincronía. Técnicamente se conocían como “sistemas de arranque/parada  o de start/stop”.

Con los avances de la electrónica, sobre todo a partir de la segunda guerra mundial, y, al ser los teleimpresores cada vez más fácilmente manejables, se estableció un sistema de conmutación automática entre ellos, mediante centrales semejantes a las telefónicas. El sistema se denominó Télex. Los teleimpresores podían estar en las casa particulares, a las que se accedía mediante un par de hilos (del mismo modo que lo hacía el teléfono). Este servicio se implantó en España en 1954 y, a partir de 1960, se expandió rápidamente. La red Télex tenía cobertura mundial y seguramente puede verse como un ensayo general de Internet.

Las oficinas de Telégrafos también se conectaron a la red Télex, pero como abonados de una categoría especial, constituyendo una “red Géntex”, también de ámbito mundial. Esta etapa culminaba el deseo de los fundadores de la telegrafía, al permitir que cualquier Oficina diera, directamente, el servicio a la oficina de destino.

El Telégrafo de esta última etapa disponía de los equipos técnicos mas avanzados, las líneas aéreas “de hilos desnudos” se habían ido sustituyendo por cables y, sobre todo, por radioenlaces. Los cables empezaban a ser de fibra óptica. (Como curiosidad se puede constatar que entre Murcia y Alicantes se tendió el primer cable de fibra óptica que empleó la red de Telégrafos. Era un cable “mixto”, con conductores de cobre y conductores de fibra óptica. Se tendió hacia 1990).

Los radioenlaces establecían rutas poligonales, como aquella primitiva red de 1863, pero ahora completada por enlaces por el satélite Hispasat que unía a Canarias a la red. Todavía pueden verse las torres con las parábolas en las cimas de Ricote y Sierra Espuña.

Conferencia pronunciada por D. Vicente Miralles Mora el 22 de abril de 2008 en el Salón de Actos del Edificio de Servicios Múltiples en Murcia, dentro de los actos de la Semana del Telégrafo celebrada en dicha ciudad y en Cartagena.

LOS TELEGRAFISTAS  

Uno de los fines recogidos en los Estatutos de la Asociación de Amigos del Telégrafo es el estudio de los aspectos relativos al desarrollo y la historia de la Telegrafía, y este objetivo es el que justifica buena parte de los actos que la Asociación ha programado en la celebración  del 153 aniversario de la creación del Cuerpo de Telégrafos, que como hace mas de un siglo hacemos coincidir cada año con la fecha del 22 de abril.

Como justificación de la designación con que la Asociación me ha honrado para dirigiros la palabra en esta oportunidad, he de hacer referencia a mi interés y admiración por lo que ha sido la vida del Cuerpo de Telégrafos y su aportación al servicio de la Nación, en su extensa y permanente entrega a una de las mas apasionantes contribuciones a la modernización e integración de la Sociedad española: las Telecomunicaciones.

Que la Historia es maestra de la vida, ya lo dijeron los romanos hace muchos siglos. Su estudio tiene el mayor interés para aprender de los errores del pasado, cuando los hubo, y sobre todo para apreciar y valorar las experiencias positivas que siempre existieron, y que contribuyeron al progreso de la Humanidad en todas las épocas.

Detrás de todas esas realidades siempre hubo hombres y mujeres insignes que protagonizaron las ideas, creencias, afanes y acontecimientos históricos. Y junto a estos hombres y mujeres insignes, otros muchos cuyos nombres no han trascendido, pero que participaron igualmente de aquellos afanes y logros, y que merecen también nuestro recuerdo y gratitud. En nuestra  parcela, fueron los telegrafistas.

La Historia de las Telecomunicaciones, en su sentido moderno, es relativamente breve, apenas siglo y medio. De tal modo que los que contamos con algunos años participamos de un apreciable porcentaje vital de la misma, que para los mas veteranos puede ser incluso próximo al 40%, ya que hemos conocido y seguramente utilizado desde el veterano morse inicial  hasta los satélites de comunicaciones o internet, y recordamos aquellos telegramas azules, con la cinta pegada imprimida por el hughes, el baudot o el teletipo, aunque ahora codifiquemos nuestros mensajes en el teléfono móvil con mas o menos respeto a la ortografía que aprendimos en el Miranda Podadera.

Mi charla quiere recordar, abusando de la benevolencia de ustedes, algunos aspectos y hechos de esos mas de 150 años de historia telegráfica, con especial énfasis en los cien primeros, que considero los menos conocidos y mas apasionantes, cuando hombres ilustres y abnegados, ahora olvidados en su mayor parte, pusieron su inteligencia, entusiasmo y esfuerzo, al servicio de una causa tan noble como el acercamiento y comunicación entre las personas y los pueblos. Si bien para los mayores representa un legítimo orgullo y añoranza, para los mas jóvenes debería ser un ejemplo a seguir en lo que muestra el esfuerzo de un colectivo por prepararse lo mejor posible para servir a su País, estando siempre atentos a la innovación, y supliendo con su mayor dedicación y sacrificio personal las limitaciones o contingencias adversas, que siempre están presentes en la vida de los individuos, las Corporaciones o los Estados.    

Pero veamos la Historia. El telégrafo como servicio público nace en España a raíz de la promulgación de la Ley de 22 de abril de 1855, que autorizaba al Gobierno para plantear "un sistema completo de líneas electrotelegráficas, que pusieran en comunicación a la Corte con todas las capitales de provincia y departamentos marítimos, y que llegasen a las fronteras de Francia y Portugal".  

Esta ley se considera fundacional del Cuerpo de Telégrafos, nueva carrera, como la denomina su artículo 7º, y su texto y apéndices se referían, además, al Reglamento del Cuerpo y a la configuración inicial de las líneas telegráficas previstas. En 1855 se partía de la experiencia de las tres líneas de telegrafía óptica establecidas en España a partir de 1844, y de los resultados de la primera línea de telegrafía eléctrica Madrid-Irún, cuya construcción se dispuso por Real Decreto de 27 de noviembre de 1852, terminándose a finales de 1854. El 8 de noviembre de ese año se transmitió el primer telegrama oficial a París.  

La línea se había construido bajo la dirección del Brigadier D. José María Mathé Arangua, Director General de Telégrafos desde 1844, con sus colaboradores en las líneas de telegrafía óptica, ahora reconvertidos a la telegrafía eléctrica. Para la nueva red se redactaron rápidamente los Proyectos y Pliegos de Condiciones, convocándose seguidamente las subastas para su ejecución. Las adjudicaciones comenzaron en septiembre de 1855 y se completaron en los cuatro meses siguientes.  

El año 1856 registró una febril actividad para establecer la nueva organización telegráfica, abriendo hacia finales de año nuevas Estaciones al servicio público, y formando a los telegrafistas, tanto para su adiestramiento como operadores de los nuevos sistemas, como para el mantenimiento de las líneas y aparatos telegráficos. Había, además, que establecer procedimientos de contabilidad para el servicio, normas de admisión y curso de los telegramas, horarios de las oficinas, relaciones internacionales, etc., etc.  

A todo ello se dedicaron con gran entusiasmo y la disciplina heredada de la anterior explotación de la telegrafía óptica los nuevos telegrafistas, algunos reconvertidos desde aquélla, generalmente Jefes y Oficiales militares como personal superior facultativo, y suboficiales y clases de tropa retirados, como operadores. El Reglamento de 1856 dividía al personal en tres categorías: personal superior facultativo, que se encargaría de la dirección del Cuerpo, personal facultativo de operadores telegrafistas y personal subalterno no facultativo.  

La pretensión era contar con un Cuerpo Facultativo de gran altura técnica, semejante a los restantes cuerpos facultativos civiles y militares que integraban la Administración Pública. Para el ingreso en este Cuerpo, se exigían conocimientos de matemáticas, física y química, geografía física y política, dibujo lineal, dos idiomas extranjeros, y organización administrativa del Estado. Y, efectivamente, ingresaron en el nuevo Cuerpo Jefes y Oficiales de Artillería, Ingenieros, Estado Mayor, y Cuerpo General de la Armada, e Ingenieros de Caminos, Minas, Montes e Industriales.  
El escalafón de 1860 integra a 157 individuos en este Grupo de Directores y Subdirectores y 808 en el grupo de los llamados "subalternos facultativos", divididos en Jefes de Estación, Oficiales de Sección, Telegrafistas, y Escribientes. Todos ellos para su ingreso debían acreditar conocimientos de aritmética, gramática y correcta escritura en español y francés u otro idioma extranjero. Los subalternos de vigilancia y servicio (celadores de líneas y personal de reparto) no estaban incluidos en el Cuerpo, y se contrataban por otros procedimientos.  

Todo el personal de Telégrafos, bajo la dirección de Mathé, se entregó con el mayor entusiasmo a la construcción de la red, venciendo todas las dificultades que se derivaban de lo accidentado de la topografía, la inexistencia de ferrocarriles y el mal estado de los caminos, de tal forma que en mayo de 1858 se había completado la red proyectada tres años antes. El número de estaciones era de 118, comprendiendo todas las capitales de provincia no insulares.    

En los años siguientes se continuó ampliando la red, cerrando líneas poligonales para disponer de un doble acceso a las capitales y completar con comunicaciones transversales la primitiva red radial, añadiendo conductores en los ejes principales para facilitar el curso del creciente tráfico, y tendiendo los cables submarinos al archipiélago balear. De tal forma que, a finales de 1863 la red comprendía más de 10.000 Km. de líneas, y el número de estaciones abiertas al público era de 194. Todos los proyectos y direcciones de obra corrieron a cargo del Cuerpo de Telégrafos bajo la dirección de Mathé, que se jubilaría al año siguiente, después de 20 años como Director general de Telégrafos. Ese mismo año de 1864 hubo un intento de llamar Ingenieros al Grupo Facultativo Superior, e incluso se creó la Academia del Cuerpo y se estableció un Plan de Estudios de 3 años de duración para los nuevos aspirantes; pero las controversias políticas de la época y otras circunstancias, no permitieron que fructificase entonces el propósito.      

Es fácil comprender que, tanto en la primera época del establecimiento de las líneas y estaciones telegráficas, como en las décadas siguientes del siglo XIX y buena parte del XX y, en alguna medida, hasta nuestros días, además de funcionarios ocupados en la construcción y mantenimiento de las líneas y aparatos telegráficos, y operadores para el curso del servicio, ha sido necesario desarrollar otras múltiples facetas de la explotación telegráfica. Los aspectos presupuestarios, contables, de gestión del personal y edificios, curso del tráfico, reglamentaciones internacionales, concesiones y autorizaciones a particulares y empresas, y un largo etcétera, han requerido desde los tiempos iniciales una intensa actividad administrativa de la Organización Telegráfica, que ya en el último cuarto del siglo XIX, con la aparición del teléfono, podría considerarse como Administración de Telecomunicaciones, aunque este término no aparecería hasta más tarde, logrando su consagración definitiva en España en 1913, hace ahora 95 años.  

Y junto a la actividad propia de la explotación telegráfica a su cargo, los telegrafistas españoles desarrollaron otras muchas tareas, relacionadas con otros servicios de telecomunicación no propiamente telegráficos que fueron apareciendo. En 1882, y siguiendo el modelo de los Gabinetes Telegráficos ministeriales que enlazaban los Ministerios y otros Organismos importantes con la Central Telegráfica de Madrid, para el curso de los despachos oficiales, se estableció en Madrid la Red Telefónica Oficial, primera red conmutada manual que funcionó en la capital, ya que la subasta para el servicio telefónico público, realizada aquel mismo año en Madrid, resultó desierta. Esta Red Telefónica Oficial sirvió de banco de pruebas para otras redes telefónicas urbanas, que se encomendaron a Telégrafos hasta 1924, entre ellas la de Barcelona  así como para el servicio telefónico interurbano que tuvo a su cargo en los últimos años del siglo XIX, aunque con medios muy limitados.  

El servicio telefónico oficial se ha prolongado hasta fecha muy reciente a través de la Red Integrada de Comunicaciones Oficiales (red RICO), con centrales electrónicas en todas las capitales de provincia y otras localidades importantes, con numeración cerrada de cinco cifras, mediante radioenlaces y cables de pares de cobre y de fibras ópticas, comunes a los modernos servicios telegráficos, y que ha prestado valiosos servicios a numerosos Organismos de la Administración Central.

Además de la explotación directa de estas redes telefónicas, y otros servicios radioeléctricos de posterior aparición, como el costero con barcos en algunas épocas, y todos los servicios telegráficos que han ido surgiendo a lo largo de los años  -telefotografía, telex, gentex, burofax- el Cuerpo de Telégrafos tuvo a su cargo tradicionalmente la autorización, intervención e inspección de los servicios de telecomunicación de todo tipo, otorgados mediante concesiones a particulares y empresas, incluídas la radiotelegrafía y radiotelefonía, las líneas telegráficas telefónicas y microfónicas privadas, las autorizaciones del servicio móvil terrestre, la radiodifusión hasta 1940, o el servicio de radioaficionados. Con la excepción, desde 1924, de la concesión a la Compañía Telefónica Nacional de España, a la que se autorizaron sus propios reglamentos técnicos y de servicio, que habían de ser refrendados por la Delegación del Gobierno en la Compañía.

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que los telegrafistas de todas las estaciones, pero sobre todo en las menos importantes, donde frecuentemente habían de actuar en solitario, tenían que conocer, no sólo la operación de los sistemas de transmisión y recepción de los telegramas -morse, hughes, baudot, teleimpresores, etc.,- sino también otros elementos de estación como pilas, relevadores, conmutadores, protecciones, galvanómetros, tomas de tierra, etc. y, por supuesto, toda la reglamentación aplicable a la admisión, curso y entrega de los telegramas.

Debían conocer los destinos admisibles en España y el extranjero, los lenguajes autorizados, las prioridades de transmisión, la tasación de los diversos tipos, destinos y vías de los telegramas, las franquicias establecidas para ciertas Autoridades y Organismos, las normas sobre incidencias del servicio, la normativa administrativa general, la organización territorial, las relaciones con las autoridades, etc.,etc. El Reglamento de régimen interior y servicio contaba con cerca de mil artículos, lo que puede dar idea de la complejidad de la normativa que debían conocer y aplicar. El régimen sancionador ocupaba numerosos artículos, mientras que a las recompensas por servicios extraordinarios se dedicaban apenas unas líneas.

Por consiguiente, la formación de los telegrafistas había de ser necesariamente extensa, tanto en la fase de oposiciones para acceso a esta función pública, como en los estudios y prácticas subsiguientes, en los centros de formación de la Dirección general de Telégrafos y en su actualización ulterior, que requería la aprobación de ciertos exámenes de ampliación para ascender a algunas categorías superiores. La introducción de nuevos aparatos y sistemas telegráficos, así como las innovaciones en las reglamentaciones, tanto nacional como internacional, requerían una progresiva y constante ampliación de conocimientos.  

Esta formación y perfeccionamiento permanentes eran particularmente necesarios porque, durante más de cien años, los medios materiales y humanos puestos al servicio de la Administración Telegráfica fueron notoriamente insuficientes para atender las demandas de la sociedad española. El conocimiento que tenían los telegrafistas de la situación de las telecomunicaciones en los países avanzados, con los que se relacionaban diariamente, estimulaban la inquietud e inventiva de los profesionales más imaginativos y tenaces.  

La historia del Cuerpo registra numerosos nombres de telegrafistas ilustres como Suárez Saavedra, Morenés, Bonnet, Pérez Blanca, Galante, Echenique, Pérez Santano y muchos más, que ya en el siglo XIX inventaron nuevos sistemas o dispositivos, asombraron por su pericia en el manejo de los aparatos, ganando concursos internacionales, o escribieron valiosos tratados de telegrafía eléctrica siguiendo la estela de Ambrosio Garcés de Marcilla, ingeniero militar que publicó en 1851 su "Tratado de telegrafía eléctrica", primer libro editado en castellano sobre la materia. Pero la vida de los telegrafistas en las primeras épocas e incluso hasta bien entrado el siglo XX era particularmente dura. Solían tener horarios de trabajo agotadores, pues se consideraba que su servicio, o al menos su disponibilidad, debían ser permanentes, ya que constituían el único medio rápido de transmisión de acontecimientos y órdenes y, por tanto, quedaban implicados en la cadena de la "acción de gobierno" que enlazaba el Poder central con las Autoridades periféricas, y justificaba su adscripción al Ministerio de la Gobernación.

Desgraciadamente, en España disponían de medios técnicos y personales considerablemente precarios y junto a unos sueldos raquíticos, comunes por lo demás a casi toda la Administración Pública, estaban sujetos a la movilidad geográfica que requiriesen las necesidades del servicio, o el capricho de los gobernantes y los caciques locales. Podían ser declarados cesantes por ajustes presupuestarios y era habitual que en las capitales de provincias tuvieran que realizar horas extraordinarias o nocturnas sin límite alguno, para dar salida al servicio retrasado por las frecuentes averías. En tanto que la percepción de sus indemnizaciones por excesos de jornada o dietas se retrasaba meses e incluso años en ocasiones.  

Eso si, gozaban de un alto prestigio social, que valoraba su esfuerzo y dedicación, admirando su capacidad para manejar los extraños aparatos y códigos que utilizaban. Pero las constantes limitaciones presupuestarias, que no permitían acometer las ampliaciones del personal imprescindibles, ni el correcto mantenimiento de las líneas, sometidas a frecuentes temporales que se traducían en importantes averías e interrupciones de las comunicaciones, tenían relegado el servicio telegráfico a una situación indigna de la competencia, entusiasmo y esfuerzo de los telegrafistas.  

En 1892 protagonizaron una huelga de "aparatos caídos" como protesta por su situación, agravada por la reciente fusión con Correos, y rematada por cierta intemperancia verbal del ministro del Ramo. Aquella huelga ocasionó la interrupción de todas las comunicaciones y provocó la caída del Gobierno, a la que siguió la separación de Correos. La fusión de ambas corporaciones se había realizado impremeditadamente en aras de unas pretendidas economías, que apenas consistían en la utilización conjunta de unos locales ya insuficientes para cualquiera de los dos servicios, postal o telegráfico.  

Continuando así las cosas, con las mismas estrecheces presupuestarias y el notable incremento del servicio al abrirse nuevas estaciones, congelarse las tarifas durante más de 30 años, e introducirse nuevas modalidades de telegramas de madrugada a precio reducido, se multiplicaban las penalidades de los telegrafistas, cuyos sueldos no seguían el incremento del coste de la vida, que se agudizaría con la guerra europea de 1914. La revista profesional "El Telégrafo Español" se refería al Cuerpo de Telégrafos como "ahíto de gloria, hambriento de pan y rendido de cansancio".  

Pero sería la llegada del siglo XX, con la aparición de la radio, la que iniciaría, aunque lentamente, la evolución de la situación hacia perspectivas más prometedoras. En España se iniciaron las experiencias radioeléctricas en la misma época en que lo hacían Marconi en Inglaterra, y otras naciones avanzadas. En 1899, el Cuerpo de Telégrafos y el Batallón de Telégrafos del Ejército, en estrecha colaboración, realizaron una demostración ante los Reyes, de enlace radiotelegráfico entre el Cuartel de la Montaña de Madrid y El Pardo, con dispositivos del Comandante Cervera. Y en diciembre de 1900 se realizaron con éxito pruebas entre Tarifa y Ceuta, con antenas soportadas por mástiles de unos 50 metros de altura. En la Conferencia Radiotelegráfica de Berlín de 1906, España se comprometió a formar y otorgar la correspondiente licencia oficial de "Radiotelegrafista" a los futuros operadores de las estaciones de radio de los buques y de las estaciones radiocosteras, que enlazarían con la red telegráfica terrestre.  

Este compromiso internacional dio lugar a que en 1913 se reorganizasen los estudios de la que, a partir de entonces, se llamaría Escuela General de Telegrafía, continuadora de las diferentes Escuelas y Academias de perfeccionamiento en las técnicas telegráficas, y posteriormente telefónicas y de explotación de los servicios, que habían ido sucediéndose desde la creación, por Real Orden de 7 de octubre de 1852, de la primera Escuela de Telegrafía Eléctrica, que se estableció inicialmente en la torre del Telégrafo Óptico, en los jardines del Buen Retiro, en Madrid. La reorganización en 1913 de los estudios en la Escuela, dividía a éstos en tres secciones: Formación profesional de los telegrafistas, Radiotelegrafistas y Estudios superiores, al final de los cuales se otorgaría, a los que los completasen, el "título correspondiente".  

Aunque hubo varias propuestas en ese sentido, no se atrevieron a mencionar el título de Ingeniero de Telecomunicación, recordando la penosa experiencia de 1864, cuando otras Ingenierías se opusieron a la introducción de un nuevo título de Ingenieros. Sin embargo, en este Real Decreto se utilizó por primera vez en una disposición oficial española el término "telecomunicación", infrecuente en la época, cuando se seguía hablando de telegrafía, telefonía y telegrafía sin hilos refiriéndose a la radio. Estos estudios superiores del Plan de 1913 los cursaron en los años siguientes una treintena de oficiales telegrafistas, que superaron las duras pruebas de acceso y constituyeron las tres primeras promociones, buena parte de cuyos integrantes ampliaron seguidamente sus estudios en la Escuela Superior de Electricidad de París, donde consiguieron sus títulos de Ingenieros Electricistas.  

Y fueron buena parte de estos telegrafistas graduados superiores, los que redactaron el Plan Francos Rodríguez en 1917, que pretendía la creación de un Instituto Nacional de Telefonía para la extensión del servicio telefónico a los 8.000 municipios del país, a cargo del Cuerpo de Telégrafos. Esta era una vieja reivindicación del Cuerpo, que siempre había luchado por encargarse del servicio telefónico, tanto urbano como interurbano, frente a los intereses económicos de cierta iniciativa privada que, al amparo de multitud de concesiones telefónicas, había dado lugar a un servicio telefónico insuficiente, limitado, caro y malo, que situaba a España a la cola de las naciones avanzadas. 

También era una antigua  reivindicación de los telegrafistas la creación de un Ministerio de Comunicaciones (Francia lo había hecho en 1878, en cuanto apareció el teléfono) que hubiera permitido salir del complejo Ministerio de la Gobernación, cuyas responsabilidades en el Orden Público, la Sanidad, la Administración Local, la Guardia Civil o la Beneficencia dejaban muy escaso margen para iniciativas en la extensión y modernización de los servicios de telecomunicaciones, aquejados siempre de las limitaciones presupuestarias que obstaculizaban su desarrollo, y enfrentados también a influyentes personajes de la política y las finanzas que consideraban al teléfono como una interesante renta para el Estado, al tiempo que otros avispados empresarios mercantiles obtenían pingües beneficios de la situación.  

En 1918, a la vista del retraso en las siempre prometidas reformas, y en la dotación del anunciado crédito extraordinario que permitiría abordar el incremento de plantillas y la modernización de la red, se vieron empujados a otra huelga por la actitud del Ministro de la Guerra, que ocupó con el Ejército y la Guardia Civil las centrales, militarizó el Cuerpo y decretó la separación de todos los que no acatasen sus arbitrarias órdenes. También en esta ocasión cayó el Gobierno y pudo normalizarse la situación, aunque dejando una injustificada fama de díscolo e indisciplinado que perseguiría al Cuerpo muchos años después.  

Entretanto, se seguía trabajando en la construcción del Palacio de Comunicaciones de Madrid, espléndido edificio situado en la Plaza de Cibeles, en el que muchos creían ver la futura sede del Ministerio de Comunicaciones, cuya creación ya se proponía en las Cortes Españolas en 1908, así como otras magníficas sedes provinciales -Barcelona, Valencia, Zaragoza, San Sebastián, Málaga- que parecían augurar mejores tiempos para las Comunicaciones.  

Un paso decisivo para la modernización de las telecomunicaciones españolas fue la promulgación del Real Decreto de 22 de abril de 1920 (hoy hace exactamente 88 años) impulsado por el entonces Director de la Escuela Ignacio González Martí, catedrático de Física de la Universidad Central y veterano telegrafista (había ingresado en 1876, recién cumplidos los 16 años y obtenido el Doctorado en Ciencias Físicas en 1879), que había sido rescatado para la dirección de la Escuela en 1919.  

El Decreto, como consta en su preámbulo, tenía el propósito de “colocar el nivel científico de los telegrafistas españoles a la altura de los que en otros países ostentan títulos análogos”, creaba el título de Ingeniero de Telecomunicación, “que capacitaría a sus poseedores para estudiar, planear y resolver los más arduos problemas de la telecomunicación”.  

A mi juicio, lo más notable de este Decreto, inspirado por González Martí, fue que los propios telegrafistas, en un alarde de generosidad y sentido práctico que por lo inusual resulta aún más encomiable, establecieron que el acceso a los estudios superiores que otorgarían el título de Ingeniero de Telecomunicación, se haría por oposición entre los oficiales menores de 30 años, en número máximo de diez por curso, a los que se rebajaría de servicio para que pudieran dedicarse por entero a su preparación técnica durante los cuatro años de duración de la carrera. De lo acertado de esta creación da fe la realidad actual, en la que hay más de 16.000 Ingenieros Superiores de Telecomunicación y 20.000 Ingenieros Técnicos, así como una treintena de Escuelas Superiores y un número aún mayor de Escuelas Técnicas de Ingeniería de Telecomunicación.         

Desde aquellos lejanos años 20, y continuando una tradición de esfuerzo, amor al servicio e inquietud científica de muchas décadas, los Ingenieros de Telecomunicación junto a otros muchos profesionales del ramo, seguidores de la tarea que inició el Brigadier Mathé, a quien podríamos considerar el primer Ingeniero de Telecomunicación, y continuada por renovadas y entusiastas generaciones de telegrafistas, no sólo han desarrollado el telégrafo, el télex o las comunicaciones oficiales dentro de la Administración, sino que se han ocupado de la telefonía, de la radio, el radar, la televisión y todos los sistemas y servicios de telecomunicación que hoy conocemos, de sus industrias de fabricación, de la enseñanza, la investigación, la informática o los satélites, estando presentes en infinidad de sectores de la industria y la economía nacional, hasta límites que nunca pudieron imaginar sus creadores.  

Aunque hubo alguien que sí que lo imaginó. El Brigadier Mathé escribió en la "Revista de Telégrafos" de 1861 estos párrafos que yo considero proféticos: "El actual Cuerpo de Telégrafos siente vida en sí y puede tomarla como punto de partida para ulteriores miras. Desde la altura en que se halla colocado, presiente que hay todavía un más allá inmenso de fuerza y de gloria. La historia de antecedentes análogos le enseña el poder de la constancia y la razón y le hace ver que ningún fin noble está demasiado remoto para quien incesantemente procura conseguirlo y se prepara para ser digno de él cuando lo alcance."    

Leyendo estos textos y otros que constituyen la presentación de la Revista de Telégrafos de 1861 y el ideario que Mathé quiso infundir al Cuerpo que dirigía, de aunar ciencia y servicio, se me ocurre pensar que su preclara inteligencia ya presentía la aparición del teléfono, de la radio e incluso de Internet, cuando animaba a los telegrafistas más capaces a romper el antes indestructible consorcio del tiempo y el espacio.        

Ahora que prácticamente el telégrafo tradicional casi ha desaparecido, y también los Cuerpos que lo desarrollaron durante un siglo y medio, resulta obligado rendir un tributo de admiración y gratitud a aquellos precursores y a sus continuadores durante tantas generaciones de telegrafistas, cuyo tesón, capacidad y sacrificio han sido un antecedente necesario y honroso para la espléndida realidad actual de las telecomunicaciones españolas, de la que todos nos sentimos partícipes y, en muchos casos, protagonistas. Si a través de celebraciones como este aniversario, exposiciones como la que hemos inaugurado ayer, y a la que han contribuido las colecciones del Museo Postal y Telegráfico, del Museo de la Escuela de Ingenieros de Telecomunicación de Madrid y algunos compañeros entusiastas que se han ocupado de prepararla, o mediante publicaciones como las que promueven o patrocinan diversas Instituciones afines, y a las que presta su modesto apoyo y ánimo nuestra Asociación, consiguen interesar a la juventud estudiosa en el apasionante mundo de las telecomunicaciones, habremos seguido el camino que ilustres telegrafistas como el Brigadier Mathé nos marcó hace ya mas de 150 años.        
Murcia, 22 de abril de 2008.

Conferencia pronunciada por D. Jesús Sánchez Miñana en el Salón de Actos del Edificio de Correos y Telégrafos de Barcelona el 24 de noviembre de 2007, con motivo de los actos en conmemoración del 150 aniversario de la conexión de la red telegráfica de Cataluña con la del resto de España y Europa.

Jesús Sánchez Miñana, es Doctor Ingeniero de Telecomunicación.

- Profesor de la escuela decana de esta especialidad en Madrid desde 1966, siendo su director durante los años 1994-2001.
- Miembro del Grup de Recerca per a la Història de la Tècnica “Francesc Santponç i Roca” de la Universidad Politécnica de Catalunya, dedica especial atención a la introducción del telégrafo y otras primeras aplicaciones de la electricidad en Barcelona.

Es autor de algunos libros y publicaciones sobre las telecomunicaciones y especialmente sobre el Telégrafo.


Introducción

Con fecha 7 de Mayo de 1852 una real orden del Ministerio de la Gobernación dispuso que el brigadier José María Mathé y Arangua, director de los telégrafos ópticos, “pasase a Francia, Bélgica, Inglaterra y Alemania con el objeto de examinar por sí mismo y adquirir amplio conocimiento del estado en que se encuentra la telegrafía eléctrica en los puntos en que más perfeccionada se halla, reuniendo todos los datos y noticias convenientes para utilizarlos al tiempo de establecer en España este nuevo servicio”. Era el principio del fin de un sistema civil de telecomunicaciones tardía y escasamente implantado, de cuyas tres líneas de torres, que partían de Madrid a Irún, a Cádiz y a La Jonquera por Valencia y Barcelona, la última no se completó, funcionando sólo algunos de sus tramos, sin que llegaran nunca a enlazarse Madrid y Barcelona.

A partir de este viaje de Mathé, y siempre bajo su responsabilidad, se desplegó en el resto de la década, a pesar de las turbulencias políticas, una primera red de telegrafía eléctrica básicamente radial, que desde Madrid alcanzaba a todas las capitales de provincia, con excepción de las Canarias. A diferencia del telégrafo óptico, cuyo uso se reservó siempre la Administración del Estado, los nuevos servicios eléctricos se abrieron enseguida al público. Las capitales catalanas accedieron a ellos en 1857, no sin antes haberse implicado decididamente en lograr para Barcelona el nuevo medio de comunicación un sector de sus negocios, cuya cabeza visible – y la única que por ahora es posible identificar– fue Antoni Brusi i Ferrer (1815-1878), director-propietario del Diario de Barcelona.  

Las referencias encontradas sobre la vida de Brusi y la historia de su periódico mencionan algunas iniciativas suyas para procurarse las informaciones más rápidamente que por los lentos correos de la época, y nada añaden, cuando no lo tergiversan al copiarse los autores unos a otros, a lo poco contado por él mismo en su pequeña autobiografía inédita, y por el que fue muchos años su estrecho colaborador y desde 1865 director de la publicación, Juan Mañé y Flaquer, en una serie de artículos  aparecidos en ella. El resumen que puede hacerse de estas noticias directas es que a partir de la Revolución de Julio de 1854, Brusi decidió actuar para mejorar la situación. Primero se asoció a un grupo de jugadores de Bolsa de Barcelona que habían organizado un correo particular de postas desde Perpiñán, adonde llegaba desde el 20 de Febrero el telégrafo francés; y después, cuando el español llegó a Zaragoza dispuso otro correo con esta ciudad, todo ello sin dejar de promover el telégrafo eléctrico, actividad ésta que no parece haber sido estudiada.  

Tras el precedente de Sebastián Olivé en su comunicación “La llegada del telégrafo «civil» a Cataluña”, este trabajo revisita el proceso de introducción del servicio público de la telegrafía eléctrica en Cataluña, desarrollada en el periodo indicado, 1852-57, a la luz de nuevos datos, muy especialmente los obtenidos del Diario. El valor de éstos sube de punto cuando se constata la ausencia casi total de documentación del siglo XIX de los Ministerios de Gobernación y Fomento relativa a la telegrafía, seguramente imputable al incendio que en 1939 sufrió el Archivo General Central de Alcalá de Henares, antecedente del actual Archivo General de la Administración.



Primeras construcciones y proyectos. Comienzan las “campañas” del Diario de Barcelona

Precisamente la noticia del inminente viaje de Mathé al extranjero para conocer la situación de la telegrafía eléctrica en diversos países, movió al Diario a expresar su satisfacción el 22 de Mayo de 1852 en un largo artículo sin firma, en el que también se refirió al progreso de la instalación de cables submarinos a través del Canal de la Mancha y al crecimiento de la red francesa. En su último párrafo el periódico preconizaba un telégrafo abierto al público y explotado por el Estado, y terminaba adelantando un argumento que sería constantemente repetido a lo largo de los años para justificar la inversión en un servicio siempre prestado en precario:

… puede creerse que si la obra corriese por cuenta de nuestro Gobierno, poniendo las líneas al servicio de los particulares como se practica en todos los países, el gasto sería de poca consideración, debiéndose deducir lo que ya cuestan los telégrafos aéreos [ópticos] que hay establecidos. Débese sobre todo tener en cuenta que estas mejoras, si no hacen entrar en las arcas del tesoro directamente y desde luego lo que cuestan, provocan la creación de inmensos valores que de un modo indirecto lo resarcen con usura.  

Según el telegrafista Evaristo Saravia, que debió ser testigo directo de los hechos, al regreso de Mathé y posterior redacción con fecha 4 de Octubre de la memoria de su viaje, Gobernación dispuso el estudio de tres líneas eléctricas para unir Madrid con Irún, Badajoz y Barcelona, confiándosele al propio Mathé el de la primera, “tanto porque bajo su dirección proyectaba la construcción en época oportuna, como por el objeto que  igualmente se proponía la superioridad de que sirviera de regla y modelo para las que más tarde debieran llevarse a cabo”. Al poco, y sin que, como hace notar Saravia, hubiera concluido Gobernación el estudio de ninguna de las líneas, un real decreto de Fomento del 27 de Noviembre (Gaceta de 1 de Diciembre), ordenó el establecimiento, bajo la dirección de Mathé, de la de Madrid a la frontera de Irún. El preámbulo de la disposición dejaba claro que la prioridad del Gobierno era enlazar con la red europea a través de la francesa, lo que entonces sólo podía hacerse en Irún, pero como las poblaciones situadas en el trayecto directo de esta ciudad a Madrid ya estaban servidas mediante telegrafía óptica, la nueva línea eléctrica se desviaría por Pamplona y Zaragoza, ciudad ésta desde la que, además, decía, “podrá partir un ramal a Barcelona, capital de primera importancia y que también se halla hoy sin comunicación telegráfica directa con la Corte”. El Diario del 5 de Diciembre publicaba el decreto junto con las últimas noticias recibidas por el correo de Madrid, que no alcanzaban a la apertura de Cortes prevista para la tarde del día 1. También, y gracias a un parte telegráfico que el periódico no especificaba dónde había recogido, traía la noticia de París de la conducción en triunfo del emperador Napoleón a las Tullerías por el pueblo, en la tarde del 2. “No deja de ser singular que tengamos conocimiento de sucesos mucho más posteriores de la capital de nuestros vecinos que de la nuestra”, comentaba, para después congratularse del acuerdo del Gobierno, que, decía, “nos deja vislumbrar la esperanza de que desde Zaragoza partirá un ramal a Barcelona”, ciudad “cuya actividad se siente en desacuerdo con el atraso con que le llegan las noticias”.  

El proyecto y presupuesto de la línea de Irún no debió quedar terminado hasta mediados del año siguiente, 1853, aprobándose, según Saravia, por una real orden de 27 de Julio, junto con el de un ramal Alsasua-Vitoria-Bilbao, cuya conveniencia se había manifestado al llevar a cabo los estudios de la línea principal, y se veía aumentada, en palabras del telegrafista, “con la probabilidad de su combinación con el ramal de Zaragoza a Barcelona […] que pondría en comunicación instantánea a dos poblaciones tan esencialmente comerciales como Barcelona y Bilbao”. Pocos días antes el Gobierno había vuelto a ocuparse del ramal a Barcelona. Por decreto de Gobernación del 13 de Julio (Gaceta del 16), se ordenaba “estudiar el establecimiento de un ramal electrotelegráfico, que, enlazándose en Zaragoza con la línea ya decretada de Irún, prosiga a Barcelona y pueda extenderse con el tiempo a la frontera del Pirineo oriental”, así como “una línea a la frontera de Portugal, con la cual se combine en Badajoz u otro punto más conveniente un ramal que pase por Sevilla y termine en Cádiz”. El decreto preveía incluir en los presupuestos de 1854 los fondos para la construcción de las líneas, que se haría por contrata adjudicada en pública subasta.  

El telégrafo a Barcelona seguía, pues, en estudio, pero al menos esta vez parece que el estudio se hizo. El 13 de Noviembre de 1853 el propio Brusi daba cuenta en su Diario de la presencia en la ciudad de un oficial de Telégrafos que había venido desde Zaragoza con el encargo de marcar los puntos junto a la carretera donde debían clavarse los postes, noticia en torno a la cual escribía un artículo firmado con sus iniciales, al que él mismo se referiría dos años después como su primera “campaña periodística”, emprendida para lograr que se planteara “en las provincias del antiguo Principado el invento más maravilloso del siglo". Brusi llamaba a la movilización de la Junta de Comercio de Barcelona y de los diputados catalanes a Cortes, para conseguir, en sus palabras, “que se acelere nuestra unión telegráfica con Madrid, y se ordene la que nos enlazará con Francia”, país donde se esperaba para fin de año que llegara el servicio a Perpiñán. A las razones de conveniencia habitualmente expresadas, Brusi añadía una de “moralidad”:              

Es público en esta plaza que valiéndose algunas personas de ingeniosos medios, reciben las noticias de las bolsas extranjeras con un día de anticipación a la llegada de los correos ordinarios.            

Creemos que estas personas están en su derecho de querer saber lo más pronto posible los efectos que causan en los valores que se negocian en París las ocurrencias del día, pero opinamos también que el Gobierno debe dictar cuanto antes la providencia oportuna para que todos los que jueguen «tengan a la vista las mismas cartas».            

En nuestro concepto, únicamente atajará estos manejos la terminación de las líneas telegráfico-eléctricas y la fijación diaria en la bolsa de las noticias últimamente recibidas por este conducto.  

El comienzo del servicio telegráfico en Perpiñán reavivó las quejas del periódico, que al publicar la noticia el 25 de Febrero de 1854, le antepuso el siguiente comentario:              

Sabiendo que son varias las compañías que han hecho proposiciones al gobierno español para unir la línea francesa con Barcelona, creemos inútil encarecer la necesidad de que prontamente se tome alguna resolución que nos proporcione este beneficio, ya sea que el gobierno construya la obra por su cuenta si quiere hacer este anticipo, pues lo ventajoso del negocio no nos permite darle el nombre de gasto, o bien que confíe su realización a la industria privada que, mediante pública subasta, ofrezca condiciones más ventajosas al Estado.  

Más adelante, el 15 de Mayo, el Diario, con motivo de la circulación de noticias y rumores sobre la guerra de Crimea basados en partes telegráficos obtenidos por particulares, volvía a insistir en un largo suelto, sin título ni firma, en la urgente necesidad que tenía Barcelona de la conexión telegráfica con Francia:              

Mucho conviene que después de terminada la comunicación de Madrid con Francia por Irún, pasando por Zaragoza, se proceda, según indican las correspondencias de la corte, a la unión telegráfica de aquella ciudad con la nuestra; pero si la centralización, según un dicho célebre, es una espada cuyo puño está en la capital y su punta en lo restante del país, debe tener en cuenta el gobierno español que Barcelona, situada en la costa del mar, no termina en ella sus relaciones, sino que por la frontera del Pirineo se extienden a los principales mercados de Europa, cuyas fluctuaciones son las que marcan ahora la presión de la atmósfera política.




Para el periódico no se trataba solamente de “una cuestión de bolsa, cuyas equivocaciones o engaños pagan los que en ella especulan”, pues al estar “enlazados en el día todos los negocios, no hay uno solo [...] que no sufra las consecuencias de la lamentable incertidumbre que de continuo nos envuelve”. Era menester que las autoridades y el comercio de la ciudad manifestaran al Gobierno la urgencia de salir de la situación, “ya sea concediendo, mediante subasta, a las empresas particulares que se lo tienen demandado, la construcción del telégrafo eléctrico hasta la frontera francesa, o haciéndose éste por cuenta del Estado”. Por otra parte, las iniciativas privadas que –según le habían asegurado al Diario–, lograban ya poner en Mataró, a punto para la salida del primer tren, las cotizaciones de París del día anterior, habían entrado en una verdadera carrera por la información:  

Se ha introducido la competencia entre las varias personas que a porfía se anticipan en procurarse los movimientos de las principales bolsas, llegando al parecer a 90 duros diarios lo que se gasta por tener la plaza en una situación tan anómala. Desperdicio de capital lamentable, y cuya suma bastaría en ocho meses para el planteamiento de la línea internacional que según ya dijimos hace tiempo es reclamada por las más elevadas razones de moralidad y de conveniencia pública.  

Como quería el Diario, se produjo un pronunciamiento público en Barcelona sobre la cuestión del telégrafo. El 11 de Junio de 1854 el periódico informó, sin dar más detalles, de la presentación al Gobernador Civil de la provincia de “la exposición que han elevado a S. M. un número muy respetable de vecinos de esta capital, para que en vista de los importantes motivos que se exponen se digne acordar el inmediato establecimiento de la línea telegráfico-eléctrica desde Barcelona a la frontera de Francia”.  

La construcción de la línea de Madrid a Irún y de su ramal a Bilbao adelantó muy poco durante el año 1853 por el fracaso de las subastas celebradas para el acopio de postes. Autorizada la contratación directa de la madera y reunido el resto del material y equipos necesarios, la obra empezó a progresar con rapidez en la primavera de 1854, sin que el ritmo de los trabajos se viera aparentemente afectado por la Revolución de Julio y las escaramuzas militares en los alrededores de Madrid que le valieron el nombre de Vicalvarada. Según Saravia, que proporciona mucha información sobre todo ello, la comunicación con Bilbao quedó establecida el 19 de Octubre, y con Irún el 27. La línea se abrió al servicio público de telegramas nacionales el 1 de Marzo de 1855 e internacionales el 17 de Abril.

No parece que se iniciara la construcción de ninguna otra línea, seguramente por falta de consignaciones presupuestarias y, en cualquier caso, sobra de otras distracciones para la clase política. Debe notarse, sin embargo, que hasta el cambio de Gobierno de julio de 1854 continuaron, aunque lentamente, dándose pasos para construir la línea de Zaragoza a Barcelona, pues al replanteo reseñado por el Diario en noviembre de 1853, siguió la convocatoria al año siguiente (Gaceta del 25 de junio) de una subasta para acopiar las maderas necesarias, que, señalada para el 26 de julio, seguramente no llegó a celebrarse, dadas las circunstancias.  

El “sistema general de líneas electro-telegráficas” aprobado por las Cortes Constituyentes. Nuevas campañas del Diario  

El 15 de Enero de 1855 el Ministro de la Gobernación, Francisco Santa Cruz y Pacheco, presentó a las Cortes un proyecto de ley pidiendo autorización para plantear un sistema completo de líneas de telegrafía eléctrica entre Madrid y todas las capitales de provincia y de departamento marítimo peninsulares, llegando hasta las fronteras de Francia y Portugal. Las líneas a construir, con su longitud aproximada y número de alambres,  los costes por legua en cada modalidad, y la inversión total –algo más de 15 millones de reales–, figuraban en un “estado” o cuadro anejo, firmado por Mathé. Por lo que respecta a Cataluña, se preveía un ramal con cuatro alambres de Zaragoza a Barcelona por Tarragona, con enlace aquí a Valencia, vía Castellón, y otro de dos, de Barcelona a La Jonquera por Gerona. No se mencionaba Lérida, cuya inclusión debía estar prevista como finalmente quedó, en el tramo Zaragoza-Tarragona. Además toda la ya construida línea de Madrid a Irún, de dos alambres, se reforzaba con dos más, y hasta Zaragoza con otros dos, para poder manejar el tráfico del ramal de Barcelona y de los de Santander, Logroño y Soria que también se proyectaban. El discurso de Santa Cruz ante las Cortes, un verdadero alegato a favor de la gestión por el Estado de los servicios públicos, merecería por su contenido doctrinal una atención que no es de este lugar. Baste aquí dejar constancia de la referencia que contiene, sin más detalles, a la “multitud de invitaciones” que habían sido hechas al Gobierno en varias épocas “para establecer las líneas más importantes, ya por cuenta del Estado, ya a expensas de las empresas proponentes”. Sería seguramente de gran interés que apareciera alguna de estas proposiciones


Estudió el proyecto de ley una comisión de siete diputados, cuyo secretario fue Práxedes Mateo Sagasta y de la que formó parte un representante de Cataluña, Rafael Degollada. Su dictamen –de 23 de Marzo– no modificó en absoluto el “estado” de Mathé, pero mejoró el articulado del Gobierno, poniendo, de facto, plazo a la construcción de las líneas, al distribuir el crédito de 15 millones de reales por mitades en los presupuestos del Estado de 1855 y 1856, así como disponiendo, aunque fuera de manera un tanto indirecta, la creación de un cuerpo de telegrafistas eléctricos. El dictamen fue aprobado, sin debate, por el pleno de la cámara el 29 de Marzo, y no fue sancionado como ley por la Reina hasta el 22 de Abril.  

La tardanza de la comisión en emitir su dictamen, motivó un artículo o segunda “campaña” de Brusi en su periódico. La fecha en que lo hizo, 27 de Marzo, ejemplifica en sí misma la necesidad del telégrafo, pues el documento ya había sido firmado, como queda dicho, el 23. Es un texto largo, muy interesante, que evidencia que su autor, y seguramente otros muchos de quien era portavoz, estaba ya perdiendo la paciencia:              

Ni las excitaciones de la prensa en nombre de los más augustos principios, ni exposiciones cubiertas de numerosas y respetables firmas, ni generosas ofertas de particulares han sido bastantes para que desde aquella fecha [principios de 1854] se colocase un palo ni un alambre que nos aproxime intelectualmente a Zaragoza o a Perpiñán.  

Así, la desconfianza en el Estado le hacía ya abogar por la solución privatizadora:
        
Puesto que la comisión nombrada por el Congreso no ha dado aún su dictamen, creemos que lo más conveniente sería que opinase que se sacasen las líneas telegráficas a pública subasta, cediéndolas al que más ventajas ofreciese, consignándose empero en las tabas (en catalán, pliego de condiciones) que los partes del Gobierno obtuviesen la preferencia y que hubiese en las estaciones de transmisión empleados de nombramiento suyo y pagados con una asignación que la compañía satisfaciese al Estado, con la obligación impuesta a aquélla de no dar comunicación de ningún parte sin el Vº Bº y el pase de dichos empleados. De este modo quedaban satisfechos los legítimos fueros del Estado y conformándose a él tenemos entendido que hay una compañía que tiene ofrecido al Gobierno la construcción de las líneas de Zaragoza a Barcelona y Perpiñán, abonando además al año la suma de 20.000 reales de vellón.  

Incluso aventuraba que la Diputación de Barcelona pudiera hacer un préstamo al Estado, “sacándolo del fondo de carreteras”, de los 20.000 duros en que Mathé había valorado el coste de la línea a Perpiñán, para que ésta se construyera cuanto antes. Y, por otra parte, insistiendo en la dudosa moralidad de un juego “en que todos no tienen a la vista las mismas cartas”, afirmaba que esta cantidad se la gastaban en menos de siete meses, a razón de 3.000 al mes, los particulares que tenían establecido el servicio de caballos desde la frontera francesa a Mataró para saber a la mañana siguiente la marcha de la Bolsa de París y, a través de esta ciudad, la de Madrid.  

A la apelación al patriotismo de los diputados por Cataluña para buscar remedio a la situación, con la que terminaba el artículo, respondió Estanislao Figueras y Moragas el 21 de Abril con una pregunta parlamentaria al Ministro de Fomento, que éste declinó en el de la Gobernación, interesándose por el estado de los estudios de las líneas previstas y particularmente los de las de Barcelona, y recordándole el asunto de los 3.000 duros al mes gastados en postas por algunos especuladores. Santa Cruz le contestó que Mathé iba a presentarle aquel mismo día los trabajos y que éstos se encontraban tan adelantados que en cuanto la ley fuera sancionada se anunciarían las subastas de construcción de todas las líneas.  

La sanción llegó, aunque fuera con mucho retraso, y las subastas no se convocaban. Brusi volvió a la carga en la edición de la mañana del periódico del 22 de Mayo –su tercera “campaña”–, pidiendo ayuda a los diputados Figueras y Degollada, para terminar escribiendo:              

La ansiedad con que el pueblo catalán espera hallarse en posesión de la telegrafía eléctrica para utilizarla en sus operaciones, es una prueba manifiesta de su inteligencia de negocios, y una formal reprobación de la lentitud, verdaderamente turca [sic], con que procede a ponerle en posesión de aquella mejora quien puede y debe procurársela.  

Pero, una vez más, las malas comunicaciones habían jugado una trastada al director del Diario: las subastas habían salido en la Gaceta del 19.

Las subastas para construir las líneas. Brusi, Lluch y Compañía  

En ese día la Gaceta publicaba una real orden de Gobernación del día anterior llamando a la presentación de proposiciones para construir cada uno de los tramos desglosados del sistema aprobado por las Cortes, de acuerdo con un pliego de condiciones generales. En el caso de Barcelona aparecían dos ramales dentro de la llamada línea del Norte, uno a Zaragoza, por Lérida, Tarragona y Reus, de 52 leguas, con cuatro alambres, cuatro estaciones-comandancias (receptoras y expedidoras de telegramas) y una de servicio, y otro a la Jonquera por Gerona, de 29 leguas, con dos alambres, dos estaciones-comandancias  y dos de servicio. Todo comprendido, también las estaciones, el precio máximo resultante por legua admitido por el Gobierno era de 14.000 o de 20.000 reales, según se tratara de línea nueva de dos o de cuatro hilos.

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No se sabe cuántas proposiciones se hicieron, pero debieron ser poquísimas, porque al final sólo quedaron dos para servir de base a las subastas que se convocaron el 21 de Julio (Gaceta del 22) para el 20 de Agosto. Una oferta era para la línea del NO y otra para el ramal Bilbao-Santander, y ninguna de ellas, además, mejoraba los tipos máximos establecidos. Tampoco las subastas tuvieron gran éxito, pues sólo produjeron doce adjudicaciones, ninguna de los tramos de Barcelona. Según el Diario del 22 de Julio, entre las respuestas a la convocatoria del 19 de Mayo hubo una para el tramo a La Jonquera de “varias casas” de Barcelona, reunidas al efecto en una “sociedad accidental” cuyo único fin era conseguir prontamente la comunicación. Esta sociedad, compuesta, insistía el periódico del 7 de Noviembre, “de personas que no llevaban objeto alguno de especulación”, interpretó mal las condiciones del pliego y ofreció construir el ramal por el tipo de 14.000 reales por legua establecido en el pliego, más 7.000 reales por cada estación, siendo por ello rechazada, a pesar de que “encargado este asunto en Madrid a persona muy calificada, se le habían dado aclaraciones satisfactorias y la esperanza, si no la promesa, de que la proposición serviría de base para la subasta”.  

Mientras tanto, en un episodio más de la pugna que mantenían los Ministerios de Gobernación y Fomento por las construcciones telegráficas, éstas habían pasado el 31 de Agosto al segundo. En el último artículo citado del Diario, su cuarta “campaña” periodística, Brusi hacía historia de los retrasos acumulados y se mostraba particularmente inquieto por el cambio de competencias, sobre todo si, como parecía, Fomento iba a prescindir de nuevas contratas y a construir las líneas con su escaso personal:              

Cuantas personas hemos oído que tenían pendientes asuntos o los han tenido con el ramo a que se ha confiado ahora la construcción de los telégrafos, nos han manifestado que se necesita sufrir la dilación de dos, cuatro, seis meses tal vez, antes que pueda obtenerse el despacho del negocio.  

Para remediar la situación, Brusi proponía que se abriera cuanto antes una nueva subasta para las líneas que no habían sido adjudicadas el 20 de Agosto, pero al tipo básico de 16.000 reales por legua, todo incluido, con lo que a su juicio se evitaría que muchas volvieran a quedar desiertas. O también, en el caso de Barcelona, que el Gobierno aceptara una proposición que acababan de hacerle, por conducto del Gobernador Civil, “los mismos vecinos y capitalistas” que habían hecho la anterior, esta vez ya para los dos ramales de Zaragoza a Barcelona y de ésta a La Jonquera, y al tipo básico de 16.000 reales, proposición que tenía una validez de un mes desde el día de su presentación. La subasta que reclamaba Brusi se convocó al poco tiempo, el 14 de Noviembre (Gaceta del 15), para el 15 de Diciembre. El tipo de la línea nueva pasaba de 14.000 a 14.500 reales para dos hilos, y de 20.000 a 21.000 para cuatro, pero el adjudicatario ya no tenía que suministrar los aparatos de transmisión. El trazado de la línea de Zaragoza a Barcelona quedaba más determinado, pasando por Huesca, Barbastro, Monzón, Lérida, Tarragona y Reus, con cinco estaciones comandancias y dos de servicio. No así el de Barcelona a La Jonquera del que se continuaba diciendo solamente que iba por Gerona y tenía dos comandancias y dos de servicio. Otra novedad era la utilización de los postes del telégrafo particular de los ferrocarriles para colgar los hilos, en los casos en que pudieran utilizarse tramos construidos o suficientemente adelantados, para los que se establecían tipos más bajos. Con la frase “por fin el Gobierno ha vuelto a entrar por lo tocante al ramo de telégrafos en el buen camino de que no debió desviarse”, comenzaba el Diario el 21 de Noviembre la noticia de la convocatoria, explicando que no suministrar las máquinas producía un ahorro por legua estimado en 1.500 reales, por lo que el nuevo tipo equivalía a los 16.000 con máquinas incluidas que habían preconizado. De este modo, decía, pueden “presentarse licitadores sin que corran riesgo de ver mermados sus capitales”. El texto terminaba dando las gracias al diputado catalán a Cortes Laureano Figuerola y Ballester por el interés tomado en las “diferentes peripecias” del asunto de los telégrafos, hasta conseguir el resultado del que se felicitaban.  

En el Gobierno Civil de Barcelona se aceptó, el 15 de Diciembre, la oferta del único postor presentado allí para las líneas de Zaragoza y La Jonquera, la sociedad accidental que estaba tras la contrata al menos desde el verano. Si hubo postores en las subastas celebradas simultáneamente en las otras capitales de provincia catalanas y en Madrid, debieron ser peores, pues las obras se adjudicaron por reales órdenes de 27 de Diciembre de 1855 (Gaceta del 30) a “Brusi, Lluch y Compañía, del comercio de Barcelona”, que concurrió con la legua de línea de cuatro hilos a 20.832 reales y la de dos a 14.388.  

Desvelado así por el periódico oficial el nombre de la compañía, recatado durante meses por el director del Diario, desgraciadamente nada más se sabe de ella por ahora, y es sobre todo lamentable no conocer quiénes la formaron, “dando participación a todos los comerciantes de esta ciudad que quisieron interesarse”, como escribió el periódico en ocasión posterior. Ni siquiera es posible determinar, entre varios candidatos de ese apellido, quién era el Lluch que con Brusi compartía razón social.



La construcción de las líneas de Zaragoza y La Jonquera  

Brusi, Lluch y Cía.
firmaron la preceptiva escritura del contrato con el Estado el 31 de Enero de 1856, y a partir de esa fecha comenzaron a correr los plazos de ejecución, de seis meses para la línea de La Jonquera y de siete para la de Zaragoza. La empresa  encargó la dirección de las obras al ingeniero militar, en situación de supernumerario en el Cuerpo, Ambrosio Garcés de Marcilla y Cerdán, uno de los pioneros de la telegrafía eléctrica en España, quien se ocupó inmediatamente de contratar in situ la madera necesaria y el resto de los materiales. Buena prueba de la rapidez con que se deseaba llevar a cabo los trabajos, la da el hecho de que todo el alambre necesario quedara comprado en Inglaterra a finales de Febrero, y llegara al puerto de Barcelona desde Liverpool los días 19 y 24 de Mayo. Sin embargo, los retrasos se acumularon, por causas diversas, de las que pueden aventurarse algunas.  

Una sin duda importante fue la lentitud de la obligada intervención de los ingenieros de Obras Públicas, quienes debían decidir el trazado de las líneas y los edificios donde se ubicarían las estaciones, y supervisar todos los trabajos, con gran acompañamiento de papeleo. Así, se sabe que hasta finales de Febrero, casi dos meses después de pedirlos, el ingeniero-jefe del distrito, apellidado Merlo, no recibió de Fomento los datos que necesitaba para realizar su cometido, y que a finales de Mayo se dejaban sin abrir los hoyos para los postes en un trecho de tres leguas entre la frontera y el río Tordera, “por no haber aprobado todavía el Gobierno el trazado propuesto por el Sr. Ingeniero de la provincia de Gerona”. Buena prueba de que algo pasaba es una circular de la Dirección General de Obras Públicas de 7 de Septiembre de 1856 en que, dado el retraso general que llevaban las líneas contratadas en todo el país, consideraba su pronta conclusión “cuestión de decoro para ella, así como para el Cuerpo de Ingenieros”. También hubo problemas para alojar algunas de las centrales telegráficas previstas, muy especialmente la de Barcelona, para la que se pensó sucesivamente en el palacio de la Aduana Vieja, sede del Gobierno Civil de la provincia; en un local existente entre las puertas de Mar de la muralla; y en el edificio llamado del Peso Real, donde quedó finalmente instalada.  

Pero no sólo la burocracia civil generaba retrasos. También la militar contaba en las ciudades que tenían la consideración de plazas de guerra, debiendo autorizar en ellas el tendido de las líneas. En el caso de Barcelona, el ingeniero de caminos encargado de la inspección del telégrafo eléctrico, José Álvarez, solicitó el 4 de Septiembre de 1856 la  designación de un ingeniero militar con quien convenir la colocación de los hilos. El nombrado, teniente Carmelo González Molada, propuso a sus superiores un trazado que se aprobó por real orden de 9 de Enero siguiente.  

Algunos episodios de meteorología adversa dificultaron la construcción de las líneas. Se ha encontrado una circular de 31 de Marzo de 1856, respondiendo a José Ruiz de Quevedo y otros contratistas que no se explicitan, que habían solicitado prórroga para la corta de maderas en los montes de propios y del Estado, por haberles impedido hacerla los recientes temporales. Quizá éstos no afectaran ese año a las líneas que nos ocupan, pero se sabe que, en el siguiente, el mal tiempo de los primeros meses retrasó la colocación de los alambres entre Tarragona y Barcelona y causó desperfectos en la línea ya construida entre Lérida y Tarragona. Tampoco debió ser ajena a los retrasos la violencia que durante algunas semanas se vivió en muchos lugares de Aragón y Cataluña, con motivo de la liquidación del periodo progresista iniciada con la caída de Espartero y su sustitución por O’Donnell el 14 de Julio de 1856.  

La línea de Barcelona a La Jonquera se probó satisfactoriamente entre ambas poblaciones el 24 de Noviembre de 1856, y no debió ser recibida por los ingenieros de Obras Públicas hasta el 18 del mes siguiente. La tardanza se debió seguramente a que una real orden circular de Fomento del 7 de Septiembre, compañera de la ya citada de Obras Públicas de la misma fecha, les prohibía recibir ramales que no estuvieran conectados con Madrid. Brusi, Lluch y Cía., según noticia del 20 de Octubre, recurrieron contra esta disposición y consiguieron que, poco después, un numeroso grupo de comerciantes de Barcelona enviara una exposición al Gobierno apoyando su demanda. La línea tenía dos estaciones-comandancias o “de dirección” en Gerona y La Jonquera, y una de servicio en Figueres, habiéndose suprimido otra de éstas prevista en Mataró. Para salvar los ríos Manol, Fluvià y Tordera, así como la riera de Sant Pol se emplearon postes largos, de 10 a 12 metros, y para el último tramo (casi 7 leguas) se utilizó la infraestructura del ferrocarril entre Arenys de Mar y Barcelona. En cuanto a la línea de Zaragoza, no se ha podido determinar exactamente cuándo se terminó, pero según noticias del 10 de Marzo y del 3 de Abril de 1857, para esas fechas ya estaba hecha la recepción de los tramos Zaragoza-Tarragona y Tarragona-Barcelona, respectivamente. Sus estaciones de dirección fueron finalmente las de Huesca, Lérida, Tarragona y Barcelona, y las de servicio Barbastro y Fraga, quedando finalmente Reus incorporada a la línea Valencia-Tarragona. Un poste de 15 metros sirvió para cruzar el río Gállego, evitando así, se dijo, un gran rodeo, y para entrar en Barcelona se recurrió al ferrocarril entre Molins de Rei y Sants (casi 3 leguas).



Las gestiones para conseguir la llegada del telégrafo francés a la frontera de La Jonquera  

Para Brusi y sus asociados siempre fue prioritaria la terminación de la línea a La Jonquera –recuérdese que su proposición en la primera convocatoria fue solo para ella. Vía Francia podían así resolver, aunque fuera provisionalmente, el problema de las comunicaciones de Barcelona con Madrid y París. Pero para ello era necesario que el país vecino llevase sus alambres telegráficos desde Perpiñán –que debió quedar enlazada con Narbona a finales de 1853– hasta la frontera. Se sabe por el Diario del 5 de Abril de 1856 que Brusi, Lluch y Cía. se habían apresurado a escribir, el 11 de Enero, al cónsul general de Francia en Barcelona, R. Baradère, para que interesara de sus superiores la prolongación de la línea. El cónsul les contestó el 24 de Marzo comunicándoles de parte del Ministro del Interior, Billault, que el Gobierno del Emperador no iba a dejar de “aprovechar el establecimiento de una línea telegráfica española entre Zaragoza, Barcelona y La Junquera, para crear por su parte una nueva vía de correspondencia con España”, y había decidido realizar la obra, que estaría lista en Junio. No lo estuvo hasta Noviembre, según más noticias del Diario del 22 de ese mes:  

Habiendo oficiado hace algunos días la empresa constructora del telégrafo eléctrico de Barcelona a la frontera de Francia al señor Cónsul General de esta nación en Barcelona para manifestarle que en breve estaría terminado aquel trabajo y que por lo mismo rogaba se lo comunicase a su Gobierno a fin de que lo quedase también el de Perpiñán a la frontera, sabemos que aquel celoso funcionario imperial trasladó ayer a la mencionada empresa una comunicación del señor Prefecto de los Pirineos orientales manifestándole que el telégrafo francés se hallaba ya en estado de funcionar.  

Llama la atención no encontrar en el mismo periódico ninguna referencia a gestiones de Brusi y sus asociados ante las autoridades españolas, o a que éstas hicieran motu proprio al Gobierno francés peticiones tan razonables. Duplicar el enlace a través de los Pirineos podía no estar justificado todavía por el tráfico existente, pero era estratégicamente muy conveniente para un país como España, donde la climatología, los malos caminos y la recurrente inseguridad de raíz política hacían muy vulnerables sus nuevas comunicaciones telegráficas.    

El comienzo del servicio.  

La entrega de las líneas terminadas a los ingenieros de Obras Públicas no significaba el comienzo del servicio telegráfico. De hecho, a partir de ese momento, el contratista debía ocuparse de la vigilancia y conservación de lo construido, hasta que la Dirección de Telégrafos de Gobernación, se hiciera cargo definitivamente de ello. Pero, además, Telégrafos tenía que dotar a las estaciones de aparatos –recuérdese que no los suministraba el contratista– y de personal, lo que en circunstancias de puesta en marcha de una red como la que se pretendía, debió desbordar sus capacidades. La línea de Barcelona a La Jonquera se abrió al servicio público el 5 de Febrero de 1857 para telegramas interiores y el 10 para internacionales, y la de Barcelona a Zaragoza tuvo que esperar para ambos hasta el 4 de Septiembre. Durante los siete meses que mediaron entre estas dos fechas, Barcelona se comunicó por La Jonquera y las líneas francesas con el resto de Europa, incluido Madrid. El camino hasta aquí –por Perpiñán, Tolosa, Burdeos y Bayona– era, además de largo, caro, pues los despachos tenían que pagar tres zonas de tarificación del territorio francés, aparte las correspondientes al trayecto español, sin que se aplicara ninguna bonificación.  

Cuando Brusi y sus asociados urgieron del Gobierno, como se ha dicho, la recepción por los responsables de Obras Públicas de la línea de La Jonquera, debían anticipar también retrasos en el comienzo de su explotación por Telégrafos, pues pidieron a la vez permiso para utilizarla en cuanto estuviera construida. Pretendían “bajo la dirección del señor ingeniero inspector y la vigilancia de la autoridad”, funcionar provisionalmente con aparatos iguales a los usados por las empresas de los ferrocarriles, hasta que Telégrafos empezara a dar servicio con los suyos. Invocaban pare ello circunstancias extraordinarias “en que complicaciones de todos conocidas dan lugar a mayor y más frecuente variación en los precios de los valores y a sus consecuentes oscilaciones en la Bolsa, no siendo para ponderados los perjuicios que cada día se irrogan al comercio con la anomalía del presente estado de cosas”. La petición no fue atendida, pero a partir del 31 de Enero de 1857, en los pocos días en que la línea funcionó entre Perpiñán y Barcelona sólo para servicio oficial, el Gobernador Civil de esta provincia hizo públicas las cotizaciones de bolsa de Madrid y París recibidas por el telégrafo.  

Barcelona, noviembre de 2007




Discurso de bienvenida pronunciado por Vicente Hernández Conca en la Comida de Hermandad con motivo del encuentro de telegrafistas en Murcia el 16 de noviembre de 2007

TELEGRAFISTAS, COMPAÑEROS, FAMILIARES Y AMIGOS              

Bienvenidos y gracias por estar hoy aquí.                        

Este 2º encuentro responde al sentimiento de nostalgia y añoranza que sentimos y percibimos la necesidad de estar juntos, no en vano han sido muchas las guardias en solitario en las oficinas a lo largo de nuestra vida oficial y demandamos estos encuentros, aunque la mayoría estamos jubilados, es bueno tomar conciencia y dejar constancia de nuestro paso por la Institución y lo que hemos representado en la sociedad a lo largo de la historia.              

Somos una generación, de transición, la generación que enlaza la prehistoria de las telecomunicaciones con la época moderna de la electrónica, la época de la telegrafía mecánica.              
Hemos conocido y manejado todos los aparatos telegráficos que hoy están en el museo, hemos construido líneas y establecido una red física que junto con los equipos múltiplex y las centrales automáticas de la red telex y gentes hemos mantenido las comunicaciones en esta región.              
Hemos conocido y administrado el boon de la Radioafición … y hoy gracias a la radiotelegrafia y telefonía todo este montaje ya no existe, eso da una idea de la velocidad a la que se producen los cambios, nos ha dado tiempo a conocer el nacimiento de un servicio, su desarrollo y su muerte… y la evolución de la técnica ha permitido que hoy todos tenemos en nuestro bolsillo el celular, el movil, que es una oficina de comunicaciones privada, … nuestro tiempo ha terminado, ya no existe el telégrafos como tal, pero nosotros hemos sido un antecedente necesario y ya histórico de lo que son las telecomunicaciones actuales              

Pero, si queremos mantener nuestros encuentros en el tiempo, necesitamos organizarnos y que mejor manera que la de pertenecer a la Asociación de Amigos del Telégrafo de España que aglutina a todos nuestros compañeros y amigos en todo el territorio nacional y que nos sirva de savia vivificante para mantenernos unidos entre nosotros y con el resto de compañeros de España              

Ahora nos hablara el Presidente D. Sebastián Olivé de la Asociación y del significado de la insignia KDO.              

El trato entre nosotros siempre ha sido esmerado, afable y cariñoso, y ese NOSOTROS quiere decir entre las diferentes Cuerpos y Escala, pues no se entendería un Telégrafo sin unos Celadores prestos a resolver cualquier avería en las líneas, o sin un diligente repartidor para la entrega de los despacho y telegramas a domicilio y por supuesto el TELEGRAFISTA, aunque ese termino nos engloba a todos.              

Yo siempre he relacionado nuestro trato con el popular KDO como un signo de tipo religioso evocando el mandato de Jesús de Nazaret cuando nos dice “QUE OS AMEIS UNOS A OTROS” y que hemos llevado a la practica durante muchos años de forma espontánea, sin que figure mandato alguno en ningún Reglamento de Servicio.              

A Nuestros amigos y compañeros Cotorruelo y Franco decirles  con palabras similares a las de Pablo de Tarso o San Pablo “Habéis luchado un noble combate, habéis corrido hasta la meta y habéis guardado fidelidad a la Institución”

TENEIS NUESTRO RECONOCIMIENTO Y VUESTRO MERECIDO PREMIO CON EL CARIÑO DE TODOS
                                                                                               

Vicente Hernandez Conca    

Discurso pronunciado por Segundo Mesado Asensio con ocasión del homenaje que se le ofreció, junto a su esposa Crescencia Lobato de Lacalle, el 22 de septiembre de 2007 en Jaca

Sr. Presidente y miembros de la Junta de la Asociación de Amigos del Telégrafo de España, amigos y amigas:

La Asociación de Amigos del Telégrafo de España, a través de su Junta Directiva ha tenido a bien concedernos la insignia KDO a mi esposa Crescencia y a mí, justamente cuando Telégrafos ha dejado de existir tal y como lo conocíamos antes de nuestra jubilación.

No cabe duda de que la realidad es muy tozuda y desde que la Telefonía móvil y el Correo Electrónico permitieron una comunicación mucho más rápida que lo hacían las infraestructuras telegráficas, el Cuerpo de Telégrafos tuvo que asumir la supresión por el Gobierno de España, lo que el 22 de abril de 1855 nació con el objetivo de conectar entre sí las ciudades más relevantes del país, para una mejor y más rápida comunicación entre ellas.

Nos complace que la “Asociación de Amigos del Telégrafo de España” ayude a mantener viva en la memoria lo que el Telégrafo supuso de estímulo en la mejora de la telecomunicación. El afán por mejorar la calidad y rapidez de la información abrió las puertas a los sistemas de comunicación que hoy nos inundan. Podemos decir sin temor a equivocarnos que Telégrafos ha muerto de éxito.

Sin negar nuestra admiración por los nuevos logros en el mundo de la telecomunicación, la desaparición de Telégrafos la hemos sentido como si se hubiera derribado un edificio estimado a cuyo mantenimiento y desarrollo hemos dedicado todos nuestros esfuerzos profesionales. Sin embargo la desaparición de Telégrafos ha servido de pretexto para rememorar un sinfín de irrepetibles vivencias intelectuales, tecnológicas, y personales, todas ellas relacionadas con la que fue nuestra actividad profesional. Cuando se anunció que el Baudot se había suprimido, mi esposa, la que había trabajado en ese sistema con tanta ilusión, no pudo reprimir las lágrimas.

También consideramos importante recordar la actividad que desplegaron los telegrafistas, muchas veces en condiciones no exentas de dificultades, entre las que podríamos citar, entre otras,: condiciones ambientales que actuaban implacablemente contra las infraestructuras telegráficas que era necesario mantener en servicio permanente.: celadores, repartidores que tenían que recorrer trayectos, para reparar averías, con nevadas a veces hasta las rodillas y a pié, y los repartidores igualmente.
 
A esta Asociación, a la que aplaudimos por los objetivos que pretende, y a todos los que se han reunido hoy aquí, queremos, mi esposa y yo, agradecerles la distinción con que nos honran aunque consideramos que debe haber otras personas que lo merezcan tanto o más que nosotros, por esta razón aceptamos y dedicamos también el homenaje a todos los que dedicaron su vida profesional a este Cuerpo de Telecomunicación.Sin ánimo de presumir de nada, pues a nuestra edad ya no tiene sentido, deseamos justificar ante vosotros el honor que nos dispensan; para ello, y a modo de currículo, queremos hacer constar a grandes rasgos cual ha sido nuestra actitud profesional como miembros del Cuerpo de Telégrafos:

Son muchos aspectos a los que habría que referirse para dar una visión completa de toda la actividad que se llevaba a cabo en las oficinas de telégrafos de mediados del siglo pasado. Nos referimos solamente a los que consideramos más importantes.

En relación a los compañeros de trabajo:

Estamos convencidos de que con todo el personal de Telégrafos de Jaca, y desde el año 1960 con los de Correos, formábamos una gran familia. La relación entre compañeros siempre estuvo presidida por la cordialidad, cuando no por una verdadera amistad, tanto dentro como fuera de la oficina. Nos hemos alegrado y entristecido con sus alegrías y con sus tristezas,; técnicos, ejecutivos, auxiliares, repartidores y celadores, hemos realizado excursiones inolvidables a diferentes puntos de los alrededores de Jaca. Con certeza, esta actitud de amistad con los compañeros también explica nuestra presencia en Jaca.

Nuestro primer destino de recién casados fue Teruel capital, pero llegamos a la conclusión de que como responsables de una oficina Completa podríamos compaginar mejor las obligaciones laborales y familiares. Pedimos traslado a Villanueva y Geltrú, pero resultó ser una oficina con un volumen de servicio enorme que nos exigía una dedicación extraordinaria en nuestro intento de cumplir escrupulosamente con nuestra obligación. Este sobreesfuerzo me provocó problemas de salud y nos vimos obligados a pedir un nuevo destino, esta vez a Monzón. Aún estaríamos allí si no hubiera ocurrido que un compañero telegrafista de Monzón represaliado tras la guerra civil, fue destinado forzoso a Tamarite de Litera, población a la que se desplazaba diariamente en motocicleta. Tenía problemas de vista, y cada viaje representaba un serio riesgo para su integridad física. Crescencia y yo decidimos tomar la iniciativa de pedir un nuevo traslado con la condición de que una de las plazas que dejábamos vacante se la dieran a este compañero. Planteada la situación a la Jefatura de Huesca nos avisaron de que en Jaca se habían producido unas vacantes que nos podían interesar. Me desplacé para conocer esta ciudad y dimos la conformidad. Aquí estamos desde el mes de diciembre de 1.951.
 
Nuestra actitud hacia el público:

Siempre hemos tenido muy claro que éramos funcionarios públicos y que nos debíamos esmerar en ofrecer el mejor servicio a cuantos necesitaran de Telégrafos. Debemos decir que esta actitud fue compartida por todos los que trabajaron en la oficina de Jaca.

Entre algunos ejemplos que ilustran este compromiso podríamos citar:

Como los telegramas y los giros debían repartirse inmediatamente de recibirlos, en no pocas ocasiones los repartidores tenían que salir de servicio en condiciones climáticas verdaderamente adversas. Los días en los que se preveía un considerable aumento de trabajo, para evitar retrasos en la entrega, convocábamos a nuestros hijos para que participaran en las tareas de reparto. En los años sesenta vinieron a Jaca muchos trabajadores de muchas regiones españolas para trabajar en las explotaciones forestales y en la construcción de obras hidráulicas. Todos los domingos venían para enviar por giro telegráfico dinero a sus familias. Como la mayoría eran analfabetos, los repartidores y mis hijos les rellenaban los impresos para evitar que tuvieran que esperar mucho tiempo. En algunas ocasiones se recibían telegramas urgentes después de la hora de cierre cuando ya se habían ido los repartidores. El horario de la oficina era de ocho de la mañana a las 24 horas sin interrupción. Si no se podrían leer por teléfono a los destinatarios, era yo mismo, o mis hijos, los que nos encargábamos de entregarlos, a veces en lugares inhóspitos y cualesquiera que fueran las condiciones meteorológicas.
 
El trabajo en la oficina:

Todos los compañeros que trabajábamos en Jaca tuvimos el máximo interés en hacer las cosas lo mejor posible. Por ello debo decir que recibimos numerosas felicitaciones de los Jefes de Huesca, y de los inspectores siempre que pasaron visita a la oficina de aca. También a modo de anécdota diré que en una ocasión me llamó de Huesca el Jefe de Tráfico para decirme que en los muchos años que llevaba ostentando ese cargo no había podido encontrar ni un solo error en mi documentación y quería decirme que después de tantos años había encontrado uno y consistía en que como los telegramas que contuvieran palabras de quince o más caracteres se tasaban por dos y en la columna en la que se consignaban las palabras se expresaban reales y el denominador las palabras a tasar teniendo en cuenta las dobles; pues hice la tasación con arreglo a las palabras reales y no a las dobles. Ese fue todo el error.

Nuestra familia:

El hecho de que nuestros cinco hijos vivieran su infancia y juventud entre telegrafistas, morses y teletipos, explica que su vida, en parte, haya estado influenciada por las vivencias de sus primeros años de vida. Como hemos citado anteriormente, nuestros hijos colaboraron puntualmente en faenas telegráficas en un intento de mejorar el servicio. Pues bien, el primogénito y el cuarto de mis hijos (Segundo-José y Miguel), han dedicado su vida laboral a Telégrafos. El segundo, el tercero y el quinto de nuestros hijos no se han dedicado al telégrafo pero también en algún momento de sus vidas han dejado traslucir sus orígenes: Ángel y José María hicieron la milicia en una compañía de transmisiones, y Pablo, el menor de todos, a la corta edad de 14 años obtuvo un premio en la redacción de un tema telegráfico en un concurso promovido por la Dirección General del Cuerpo.

Como veis, nuestra vida ha estado plenamente dedicada a Telégrafos, y aunque hace ya muchos años que estamos jubilados nos es imposible olvidar nuestra profesión y a nuestros compañeros. Para todos ellos, y especialmente para los que por desgracia no están entre nosotros, nuestro recuerdo más cariñoso, y para todos vosotros nuestro agradecimiento.

Que tengáis una feliz estancia en Jaca.

Conferencia pronunciado por Sebastián Olivé durante el I Memorial Clara Campoamor celebrado en el Salón de Actos de la Escuela Oficial el 12 de febrero de 2007

El largo camino de la mujer “telegrafista” hacia la igualdad profesional.


a) Las precursoras.

En la sociedad española, el nombre de Clara Campoamor se considera un símbolo para representar la lucha que han tenido que reñir las mujeres para conseguir condiciones de igualdad como ciudadanas, como “entes” políticos.

Ella hizo el esfuerzo más importante y decisivo para conseguir la igualdad de la mujer en el campo de la política. Puso en primer término la consecución de esa igualdad  y tuvo que luchar contra enemigos que esgrimían hasta mandatos divinos y contra amigos que se apoyaban en tácticas oportunistas. Y, aunque pagando un alto precio político, consiguió que, ante las urnas, las mujeres no fueran ya discriminadas.

Por todo eso y porque Clara Campoamor estuvo directamente vinculada con Telégrafos, precisamente en los años en que se decidió la inclusión formal de las mujeres entre los “telegrafistas de carrera”, hemos querido dar su nombre a un acto de recuerdo y homenaje a las mujeres telegrafistas y nos gustaría que, aprovechando la fecha del aniversario de su nacimiento, este acto se repitiera anualmente.

Pero, además de recordar como homenaje su nombre, yo quisiera apuntar aquí, entre mujeres telegrafistas, que Clara Campoamor sólo vivió un eslabón en la larga carrera que recorrieron las mujeres que quisieron llegar a trabajar como telegrafistas.

Ella se aproximó a Telégrafos en 1909, cuando ingresó después de haber superado unas oposiciones, pero en Telégrafos ya había mujeres trabajando desde hacía treinta años. En 1880 empezó la lucha para conseguir que pudieran realizar un trabajo idéntico al que realizaban los hombres. Lo consiguieron parcialmente porque durante aquellos treinta años eran contratadas en condiciones precarias, carecían de cualquier derecho laboral y ni siquiera tenían garantizado el salario.

La lucha no era algo privativo de España, debido a lo poco amiga de ideas modernas que era la sociedad española del siglo XIX, sino también en otros países, de ideas más avanzadas, se daba el mismo rechazo a ver a la mujer en trabajos fuera del hogar. Pero, probablemente, debido a la extensión que iba tomando el telégrafo eléctrico, hacia 1870 se hizo patente, para muchas personas, que las habilidades necesarias para el manejo de un manipulador “morse”, o para la lectura de una codificación con puntos y rayas, no eran privativas del sexo masculino.

En las páginas del órgano de la Unión Telegráfica Internacional aparecieron opiniones encontradas de responsables de Administraciones telegráficas de varios países. Y algunos de ellos empezaron a contratar a mujeres para el manejo de los aparatos telegráficos demostrando, por la vía de los hechos, que el confiar a la mujer la profesión de telegrafista no sólo era posible sino también conveniente.

En Europa, hacia 1870, ya se admitían mujeres en las “oficinas telegráficas de cualquier naturaleza” de Dinamarca, Noruega, Suecia y Suiza; se admitían con ciertas restricciones en Italia, Hungría y Francia, mientras que en Alemania y Bélgica se admitían “siendo miembro de la familia del empleado y trabajando bajo la responsabilidad de aquél”. En los demás países europeos, el servicio telegráfico se prestaba por los hombres exclusivamente.

En España, diez años después, en Octubre de 1880, se decidió que podía admitirse “a la mujer, hija o hermana del encargado” de algunas Oficinas “limitadas”. Tenían que saber leer y escribir correctamente, las cuatro reglas aritméticas y conocer el manejo del aparato morse. Tendrían un jornal de cinco reales diarios “con cargo al capítulo de Material” (en esas fechas el sueldo de un “Aspirante”, última categoría de los telegrafistas, era de 2,77 pesetas diarias).

Para solicitar una plaza, tenían que presentar certificados de moralidad y buena conducta, expedidos por el cura párroco y el alcalde, y podrían ser separadas del servicio “cuando alguna falta oficial o privada así lo aconsejara”. El 20 de Enero de 1881 fue contratada, en estas condiciones, la primera mujer telegrafista, Josefa Álvarez Portela, esposa del Oficial encargado de la estación de Nava del Rey. La “Revista de Telégrafos”, que era el órgano oficioso de la Dirección general, consideró que esa era “una fecha memorable”, que señalaba la incorporación de la mujer a las tareas telegráficas.

En los años siguientes, las condiciones de contratación variaron en algunos puntos: las mujeres contratadas ya no era necesario que fueran esposas o hijas de telegrafistas, pero tenían que ser solteras o viudas; en 1884 el sueldo podía variar entre una peseta y 2,50 “por cada día que presten servicio, según las circunstancias de éste y la importancia de la localidad”; en 1891 se creó la categoría de “Auxiliares temporeros” que podía estar integrada “por varones o hembras”. Estos “auxiliares” eran contratados para servir en una Oficina determinada y no podían ser trasladados.

El sueldo fue rebajado y, en Mayo de 1892, aquellas 2,50 pesetas fueron rebajadas a 2 que, dicen los periódicos de la época, “deduciendo el 11 por ciento del impuesto sobre sueldos, quedó reducido a 1 peseta y 78 céntimos”.

b) La incorporación formal.

Durante algunos años, Telégrafos se encargó de prestar el servicio telefónico y la atención de las pocas centrales se confió a las “Auxiliares temporeras”, aunque el cambio de las normas sobre la prestación de este servicio no permitió que se formara una variedad de “auxiliares telefonistas”.

No obstante, hacia 1907, se proyectó que Telégrafos se encargaría de prestar el servicio telefónico internacional y el Proyecto de Ley de Bases de 1909, para reorganizar los Servicios de Correos y Telégrafos, recogía la inclusión de más de 500 plazas de Auxiliares femeninos (de primera, segunda y tercera clase, con sueldos ya homologados con el resto de telegrafistas, siendo el sueldo de las Auxiliares de primera  1.500 pesetas anuales, el mismo que los Oficiales quintos, última categoría del Cuerpo Técnico.

La Gaceta de 19 de Junio de 1909 publicó una Real Orden creando 30 plazas de Auxiliares “de segunda clase, con 1.250 pesetas anuales”, para “señoras y señoritas”, con objeto de atender al servicio telefónico internacional y convocaba la correspondiente oposición para ocuparlas. Quince días después, otra Real Orden, convocaba oposiciones para cubrir plazas de “Auxiliares femeninos de tercera clase, con haber de 1.000 pesetas anuales”. No fijaba el número de plazas sino que decía “las que sean necesarias para el servicio”.

Estas dos convocatorias dieron lugar a la “incorporación formal” de la mujer en las tareas telegráficas como funcionarias de pleno derecho. A la primera de ellas concurrió y aprobó Clara Campoamor. 

No obstante, la existencia de Auxiliares contratadas anteriormente  que venían prestando servicio largos años, por una parte y las prerrogativas que se concedían a las familiares de telegrafistas a la hora de asignar destinos, crearon cierta confusión para establecer un “escalafón” donde se reflejara el orden de antigüedad y, por lo tanto, se determinara el posible orden de ascenso de categoría  y de sueldo. Esto se resolvió por una Real Orden de 30 de Marzo de 1911. La inclusión de la mujer en el conjunto de Escalas que formaban el Cuerpo de Telégrafos se había formalizado.


c) la actitud de la sociedad.

La actitud de la sociedad española del siglo XIX ante el trabajo de la mujer fuera del hogar era, en general, de oposición rotunda. Los que exhibían un talante conservador oponían razones de moralidad y temían la degradación de todos los valores que debía guardar la mujer. Los que iban de progresistas se lamentaban de la falta de instrucción de las mujeres que les imposibilitaba para asumir unas mínimas responsabilidades profesionales.

Con la Revolución de 1868 se iniciaron campañas para fomentar el acceso de las mujeres a la enseñanza. Desde instancias de la Universidad Central, se fundó una “Asociación para la enseñanza de la mujer” que creó una Escuela de Institutrices y, posteriormente, la Escuela de Comercio y otra de Correos y Telégrafos.

Varios diputados pedían en el Parlamento que se admitieran mujeres en las tareas administrativas, especialmente en Correos y en Telégrafos. Pero los comentarios de los periódicos reflejan que la oposición social era grande.

Dentro de un paréntesis, puede resultar interesante, o por lo menos curiosa, la actitud de los telegrafistas varones ante la incorporación de las mujeres. Primero hay que decir que no hubo oposición “obstruccionista”, es decir, que en las salas de aparatos no se dificultó abiertamente la incorporación de la mujer, seguramente porque tuvieron que pasar muchos años antes de que esa incorporación tuviera entidad numérica. Es entre los comentarios y artículos de las revistas profesionales donde pueden encontrarse los argumentos de esa oposición.

Probablemente, cabe distinguir entre dos actitudes. Una, sin duda visceral, de rechazo machista y otra de protección paternalista. Entre los argumentos que pueden ser representativos de la primera están, por ejemplo, declaraciones tan rotundas como la que, en 1898, enviaron en una carta de “casi todos” los telegrafistas del Centro de Madrid al Director General diciendo “... una larga experiencia de catorce años ha demostrado de manera concluyente la falta de aptitud en el sexo femenino para desempeñar funciones tan delicadas y penosas...” y pidiendo que no se admitiera a más mujeres. Entre los de la segunda, el temor de lo que podía pasar si se nombraba a una mujer encargada de la oficina de un pueblo “...¿Se va a mandar a esos pueblos como Jefe de una oficina telegráfica a muchachas solteras? ¡Desgraciada la que tal cargo aceptara! ¿Van a ir a ellos las casadas?. En este caso no serían ellas los Jefes; serían sus maridos...”

d) la actitud de aquellas primeras telegrafistas.

La integración de las mujeres en el entramado de la Administración telegráfica difícilmente podía hacerse en pie de igualdad con los hombres puesto que las oposiciones al Cuerpo Técnico suponían un curso de prácticas en la Escuela, mientras que a las primeras promociones de mujeres sólo se les exigieron conocimientos muy básicos.

Por otra parte, durante muchos años, a pesar de haber aprobado la oposición, no les llamaron para ocupar plaza porque no había presupuesto para ello. En el Escalafón de 1915 todavía figuraban 360 aprobadas en 1909 que no había ingresado y que no lo hicieron hasta 1918. Tuvieron que agruparse para visitar a los Directores generales y los Ministros sin mucho éxito. Fueron incorporándose muy lentamente y todavía veinte años después seguían visitando a los altos cargos.

Aún así, algunos nombres de aquella primera lista del Escalafón de 1911 han dejado huella. Unas, porque sus apellidos han tenido continuidad entre nosotros a través de sus hijos o sus nietos –yo he visto el nombre de Emilia del Rey y me ha hecho recordar con cariño a su hija, Emilia Gómez del Rey, o el de Eugenia Rivera, de la que me han hablado sus nietos con cariño– otras, porque aparecieron en las revistas profesionales por ganar premios en concursos de habilidad en el manejo de los aparatos (en el concurso que se celebró para conmemorar el estreno del edificio del Palacio de Comunicaciones de Cibeles, Emilia Esain ganó el premio por el manejo del aparato hugues y Belén Revuelta y Concepción Camacho ganaron los primeros premios del morse).

Incluso, en el centro de la fotografía, podemos encontrar una sorprendente figura que se internó en el campo de la literatura mostrando su preocupación por cuestiones sociales.

Consuelo Álvarez había ingresado en 1808, antes de la primera convocatoria formal por la que entró Clara Campoamor. Lo poco que sabemos de sus actividades es sorprendente: sabemos, porque la revista “El Telegrafista Español” dio una amplia reseña, que en 1812  fue capaz de dar una conferencia con el título “Poesía, Teatro y Toros”, en la Casa del Pueblo de Madrid donde, además de reivindicar la poesía y el teatro como expresión de cultura popular, se lamentaba de la locura que suponía que los obreros gastaran sus pobres recursos comprando entradas para los toros –eran los tiempo en que se decía que se empeñaba el colchón para conseguir el dinero para las entradas - . Pero, además, su nombre, o mejor, su seudónimo “Violeta” , aparece en artículos y en actuaciones.

Veinte años después, en 1931, la encontramos como miembro del Comité Ejecutivo Nacional del recién creado Sindicato de Telégrafos, en representación de la Escala de Telegrafistas.


e) La Escala Auxiliar Mixta de Telegrafistas.

Desde 1918 a 1936 no ingresó ninguna mujer en Telégrafos. La Escala de las Telegrafistas estaba formalmente creada, ocupaban plazas en Centros y estaciones, las podemos ver en fotografías en la Sala de Aparatos con la visita del rey, o en la huelga de 1918, pero da la sensación que, desde la Dirección General, no habían encontrado para ellas el sitio adecuado en la explotación telegráfica. Pero la Guerra Civil forzó las cosas: se “depuraron” a muchos telegrafistas y, por otra parte, habían ingresado interinamente muchas mujeres, para suplir las bajas.

Esta situación se recondujo en 1941, creando la Escala Auxiliar “Mixta” de Telegrafistas. Inicialmente la Escala, con 1700 plazas, se formó con las Auxiliares femeninas que quedaban de aquellas primeras convocatorias, los Oficiales y Suboficiales de Complemento (para los que se reservaban el 80% de las plazas) y, en un segundo grupo, los Auxiliares interinos que habían ingresado durante la guerra y los huérfanos de telegrafistas (a los que se reservaba el 20% restante, más las plazas que no se hubieran cubierto con los Oficiales y Suboficiales). Al año siguiente se convocó la primera Oposición “normal”, aunque reservando porcentajes del número de plazas convocadas a ex-combatiente, ex-cautivos y huérfanos.

En estas convocatorias iniciales no hay ninguna restricción para que las mujeres puedan ocupar las plazas. Sin embargo, en convocatorias posteriores se incluyó una cláusula fijando en el 25% el número de mujeres que podía aprobarse. Esta cláusula, que vista desde estos tiempos puede parecer “defensiva” para evitar la “invasión” de las mujeres..., efectivamente puede que lo sea, pero las convocatorias la justificaban porque, en los Centros, el servicio nocturno era importante y se quería preservar a las mujeres de tener que hacerlo.

(No era un “escrúpulo” de los telegrafistas el que las mujeres no trabajaran de noche. Algunos de los que estamos aquí sabemos que no es una leyenda que, en la Gran Vía madrileña,  la policía se llevó a la Comisaría a dos compañeras que salían de trabajar a las doce de la noche, juzgando que era un escándalo que las mujeres anduvieran por la calle en aquellas horas).

De todos modos, la Escala Auxiliar Mixta de Telecomunicación es la que ha reunido a la mayoría de la mujeres telegrafistas y, sin duda, dentro de ella hemos podido constatar que se han desenvuelto profesionalmente sin restricción. Algunos de los que estamos aquí hemos visto a las primeras mujeres entrar en los turnos de cuatro  y , por lo tanto, “hacer noches” y ocupar Jefaturas de Grupo y Jefaturas de Negociado. Y lo hicieron antes de que, con “la transición”, variara la óptica social respecto del papel laboral de la mujer.

Quizá hubo una cierta prevención para que las mujeres no entraran en el campo técnico: arreglar aparatos, probar hilos, etc., pero ésto cambió cuando aparecieron los equipos de portadoras y las centrales Télex. Entre los Auxiliares de Equipos, que se crearon para atender aquellos artilugios modernos, ya no hubo restricción para que se integraran. 

Sin embargo, seguía estándoles vedado concurrir a las oposiciones para el Cuerpo Técnico. Esto se subsanó en la convocatoria de oposiciones de 1963 en la que se establecía el tope del 25% de mujeres que podían ser admitidas, por las mismas razones que a las Auxiliares.

Y este sería el fin del “largo camino de la mujer telegrafista hacia la igualdad profesional”, aunque a mí me parece que no se podrá decir que se ha llegado a esa igualdad si no se constata en el reparto de responsabilidades. Cuando yo me jubilé creo que todavía no se había llegado a ese punto.
 
La intención de la Asociación de Amigos del Telégrafo ha sido, es, recordar, apoyándonos en la figura de Clara Campoamor, el papel que las mujeres han desempeñado en las tareas telegráficas. Pero muchos de nosotros tenemos testimonios directos de que esa actividad tenía otras facetas, no sólo familiares y sociales, sino también artísticas.

Hoy vamos a poder ver una muestra, pero queremos que este ”Memorial” se repita con más protagonistas y actividades.
 



Ciclo de conferencias "150 aniversario del Telégrafo en España"
Conferencia de clausura Sábado, 22 de abril de 2006 a las 20,00 horas Salón de Actos del edificio Rectorado. Universidad de Málaga Avenida de Cervantes nº 2 - 29071 Málaga
Título: "Los telegrafistas"
Ponente: D. Vicente Miralles Mora, Ingeniero de Telecomunicación, miembro del Foro Histórico de las Telecomunicaciones y socio fundador de la Asociación de Amigos del Telégrafo de España"

El telégrafo como servicio público nace en España a raiz de la promulgación de la ley de 22 de abril de 1855, que autorizaba al Gobierno para plantear "un sistema completo de líneas electrotelegráficas que pusieran en comunicación a la Corte con todas las capitales de provincia y departamentos marítimos, y que llegasen a las fronteras de Francia y Portugal".  

Esta ley se considera fundacional del Cuerpo de Telégrafos, nueva carrera, como la denomina su artículo 7º, y su texto y apéndices se referían, además, al Reglamento del Cuerpo y a la configuración inicial de las líneas telegráficas previstas En 1855 se partía de la experiencia de las tres líneas de telegrafía óptica establecidas en España a partir de 1844, y de los resultados de la primera línea de telegrafía eléctrica Madrid-Irún, cuya construcción se dispuso por Real Decreto de 27 de noviembre de 1852, aunque la línea no pudo terminarse hasta finales de 1854. El 8 de noviembre de ese año se transmitió el primer telegrama oficial a París.  

La línea se había construido bajo la dirección del Brigadier Mathé, Director General de Telégrafos desde 1844, con sus colaboradores en las líneas de telegrafía òptica, ahora reconvertidos a la telegrafía eléctrica. Para la nueva red se redactaron rápidamente los Proyectos y Pliegos de Condiciones, convocándose seguidamente las subastas para su ejecución. Las adjudicaciones comenzaron en septiembre de 1855 y se completaron en los cuatro meses siguientes.  

El año 1856 registró una febril actividad para establecer la nueva organización telegráfica, abriendo nuevas Estaciones al servicio público, formando a los telegrafistas tanto para el mantenimiento de las líneas y aparatos telegráficos, como para su adiestramiento como operadores de los nuevos sistemas. Había, además, que establecer prodecimientos de contabilidad para el servicio, normas de admisión y curso de los telegramas, horarios de las oficinas, relaciones internacionales, etc., etc.  

A todo ello se dedicaron con gran entusiasmo y la disciplina heredada de la anterior explotación de la telegrafía óptica los nuevos telegrafistas, algunos reconvertidos desde aquélla, generalmente Jefes y Oficiales militares como personal superior facultativo y suboficiales y clases de tropa retirados, como operadores. El Reglamento de 1856 dividía al personal en tres categorías: personal superior facultativo, que se encargaría de la dirección del Cuerpo, personal facultativo de operadores telegrafistas y personal subalterno no facultativo.  

La pretensión era contar con un Cuerpo Facultativo de gran altura técnica, semejante a los restantes Cuerpos Facultativos civiles y militares, que integraban la Administración Pública. Para el ingreso en este Cuerpo se exigían conocimientos de matemáticas, física y química, geografía física y política, dibujo lineal, dos idiomas extranjeros y organización administrativa del Estado. Y, efectivamente, ingresaron en el nuevo Cuerpo Jefes y Oficiales de Artillería, Ingenieros, Estado Mayor, Cuerpo General de la Armada e Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Minas, Montes e Industriales.   El escalafón de 1860 integra a 157 individuos en este Grupo de Directores y Subdirectores y 808 en el grupo de los llamados "subalternos facultativos", divididos en Jefes de Estación, Oficiales de Sección y 178 Escribientes. Todos ellos para su ingreso debían acreditar conocimientos de aritmética, gramática y correcta escritura en español y francés u otro idioma extranjero. Los subalternos de vigilancia y servicio (celadores de líneas y personal de reparto) no estaban incluidos en el Cuerpo y se contrataban por otros procedimientos.  

Todo el personal de Telégrafos, bajo la dirección de Mathé, se entregó con el mayor entusiasmo a la construcción de la red, venciendo todas las dificultades que lo accidentado de la topografía, la inexistencia de ferrocarriles y el mal estado de los caminos suponían, de tal forma que en mayo de 1858 se había completado la red proyectada en la ley de 1855, con una longitud de tendidos de 6.497 kilómetros y un desarrollo de conductores de 17.214 kms. El número de estaciones era de 118, comprendiendo todas las capitales de provincia no insulares.  

En los años siguientes se continuó ampliando la red, cerrando líneas poligonales para disponer de un doble acceso a las capitales, añadiendo conductores y tendiendo los cables submarinos a las Baleares y plazas africanas. De tal forma que, a finales de 1863, la red comprendía más de 10.000 kms. de líneas y el número de estaciones abiertas al público era de 194. Todos los Proyectos y Direcciones de Obra corrieron a cargo del Cuerpo de Telégrafos, bajo la dirección de Mathé, que se jubilaría al año siguiente, después de 20 años como Director General de Telégrafos.  

Ese mismo año de 1864 hubo un intento de llamar Ingenieros al Grupo Facultativo Superior, e incluso se creó la Academia del Cuerpo y se estableció un Plan de Estudios de 3 años de duración para los nuevos aspirantes; pero las controversias políticas de la época y otras circunstancias, no permitieron que fructificase entonces el propósito.  

Es fácil comprender que, tanto en la primera época del establecimiento de las líneas y estaciones telegráficas como en las décadas siguientes del siglo XIX y buena parte del XX y, en alguna medida, hasta nuestro días, además de funcionarios ocupados en la construcción y mantenimiento de las líneas y aparatos telegráficos y operadores para el curso del servicio, ha sido necesario desarrollar otras múltiples facetas de la explotación telegráfica. Los aspectos presupuestarios, contables, de gestión de personal y edificios, curso del tráfico, reglamentaciones internacionales, concesiones y autorizaciones a particulares y empresas y un largo etcétera, han requerido desde los tiempos iniciales la actividad administrativa de la Organización Telegráfica, que ya en el último cuarto del siglo XIX, con la aparición del teléfono, podría considerarse como Administración de Telecomunicaciones, aunque este término no aparecería hasta más tarde, logrando su consagración definitiva en España en 1920, hace ahora 85 años.  

Y junto a la actividad propia de la explotación telegráfica a su cargo, los telegrafistas españoles desarrollaron otras muchas tareas, relacionadas con otros servicios de telecomunicación no propiamente telegráficos. En 1882, y siguiendo el modelo de los Gabinetes Telegráficos Ministeriales que enlazaban los Ministerios y otros Organismos importantes con la Central Telegráfica de Madrid, para el curso de los despachos oficiales, se estableció en Madrid la Red Telefónica Oficial, primera que funcionó en la capital, ya que la subasta para el servicio telefónico público, realizada aquel mismo año para Madrid, resultó desierta. Esta Red Telefónica Oficial sirvió de banco de pruebas para otras redes telefónicas urbanas, que se encomendaron a Telégrafos hasta 1924, asi como para el servicio telefónico interurbano que tuvo a su cargo en los últimos años del siglo XIX, aunque con medios muy limitados.  

El servicio telefónico oficial se ha prolongado hasta fecha muy reciente a través de la Red Integrada de Comunicaciones Oficiales (red RICO), con centrales electrónicas en todas las capitales de provincia y otras localidades importantes, con numeración cerrada de cinco cifras, mediantes radioenlaces y cables de pares y de fibras ópticas, comunes a los modernos servicios telegráficos.  

Además de la explotación directa de estas redes telefónicas y otros servicios radioeléctricos como el costero con barcos en algunas épocas y todos los servicios telegráficos que han ido apareciendo a lo largo de los años, el Cuerpo de Telégrafos tuvo a su cargo tradicionalmente la autorización, intervención e inspección de los servicios de telecomunicación de todo tipo, otorgados mediante concesiones a particulares y empresas, incluídas la radiotelegrafía y radiotelefonía, las líneas telegráficas, telefónicas y microfónicas privadas, las autorizaciones del servicio móvil terrestre, la radiodifusión hasta 1940, o el servicio de radioaficionados. Con la excepción, desde 1924, de la concesión a la Compañía Telefónica Nacional de España, a la que se autorizaron sus propios reglamentos técnicos y de servicio.  

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que los telegrafistas de todas las estaciones, pero sobre todo en las menos importantes, donde frecuentemente habían de actuar en solitario, tenían que conocer, no sólo la operación de los sistemas de transmisión y recepción de los telegramas -morse, hughes, baudot, relevadores, etc.- sino también otros elementos de estación como hilos, rectificadores, conmutadores, protecciones, galvanómetros, tomas de tierra, etc. y, por supuesto, toda la reglamentación aplicable a la admisión, curso y entrega de los telegramas. Debían conocer los destinos admisibles, lenguajes autorizados, prioridades de transmisión, tasación, franquicias, servicios especiales y la normativa administrativa general, organización territorial, relaciones con las autoridades, etc. El Reglamento de régimen interior y servicio contaba con cerca de mil artículos, lo que puede dar idea de la complejidad de la normativa.  

Por consiguiente, la formación de los telegrafistas había de ser necesariamente extensa, tanto en la fase de oposiciones para acceso a esta función pública, como en los estudios y prácticas subsiguientes, en los centros de formación de la Dirección General de Telégrafos y en su actualización ulterior, que requería de aprobación de ciertos exámenes de ampliación para ascender a algunas categorías superiores. La introducción de nuevos aparatos y sistemas telegráficos, asi como las innovaciones en las reglamentaciones, tanto nacional como internacional, requerían una progresiva actualizacion de conocimientos.  

Esta formación permanente era particularmente necesaria porque, durante más de cien años, los medios materiales y humanos puestos al servicio de la Administración Telegráfica fueron notoriamente insuficientes para atender las demandas de la sociedad española. El conocimiento que tenían los telegrafistas de la situación de las telecomunicaciones en los países avanzados, con los que se relacionaban diariamente, estimulaban la inquietud e inventiva de los profesionales más imaginativos y tenaces.  

La historia del Cuerpo registra numerosos nombres de telegrafistas ilustres como Suárez Saavedra, Morenés Bonnet, Pérez Blanca, Echenique, Pérez Santano y muchos más que ya en el siglo XIX inventaron nuevos sistemas o dispositivos, asombraron por su pericia en el manejo de los aparatos, ganando concursos internacionales, o escribieron valiosos tratados de telegrafía eléctrica siguiendo la estela de Ambrosio Garcés de Marcilla, ingeniero militar que publicó en 1851 su "Tratado de telegrafía eléctrica", primer libro editado en castellano sobre la materia. Pero la vida de los telegrafistas en las primeras épocas e incluso hasta bien entrado el siglo XX era particularmente dura. Solían tener horarios de trabajo agotadores, pues se consideraba que su servicio, o al menos su disponibilidad, debían ser permanentes, ya que constituían el único medio rápido de transmisión de acontecimientos y órdenes y, por tanto, quedaban implicados en la cadena de la "acción de gobierno" que enlazaba el Poder central con las Autoridades periféricas.  

Desgraciadamente, en España disponían de medios técnicos y personales considerablemente precarios y junto a unos sueldos raquíticos, comunes por lo demás a casi toda la Administración Pública, estaban sujetos a la movilidad geográfica que requiriesen las necesidades del servicio, o el capricho de los gobernantes y los caciques locales. Podían ser declarados cesantes por ajustes presupuestarios y era habitual que en las capitales de provincias tuvieran que realizar horas extraordinarias o nocturnas sin límite alguno, para dar salida al servicio retrasado por las frecuentes averías. En tanto que la percepción de sus indemnizaciones por excesos de jornada o dietas se retrasaba meses e incluso años en ocasiones.  

Eso si, gozaban de un alto prestigio social, que valoraba su esfuerzo y dedicación, admirando su capacidad para manejar los extraños aparatos y códigos que utilizaban. Pero las constantes limitaciones presupuestarias, que no permitían acometer las ampliaciones del personal, ni el correcto mantenimiento de las líneas, sometidas a frecuentes temporales que se traducían en importantes averías e interrupciones del servicio, tenía relegado el servicio telegráfico a una situación indigna de la competencia, entusiasmo y esfuerzo de los telegrafistas.  

En 1892 protagonizaron una huelga de "aparatos caídos" como protesta por su situación, agravada por la reciente fusión con Correos, y rematada por cierta intemperancia verbal del Ministro del ramo. Aquella huelga ocasionó la interrupción de todas las comunicaciones y provocó la caída del Gobierno, a la que siguió la desfusión con Correos, que se había realizado impremeditadamente en aras de unas pretendidas economías, que apenas consistían en la utilización conjunta de unos locales ya insuficientes para cualquiera de los dos servicios, postal y telegráfico.  

Continuando así las cosas, con las mismas estrecheces presupuestarias y el notable incremento del servicio al abrirse nuevas estaciones, congelarse las tarifas durante más de 30 años e introducirse nuevas modalidades de telegramas de madrugada a precio reducido, se multiplicaban las penurias de los telegrafistas, cuyos sueldos no seguían el incremento del coste de la vida, que se agudizaría con la guerra europea. La revista profesional "El Telégrafo Español" se refería al Cuerpo de Telégrafos como "ahito de gloria, hambriento de pan y rendido de cansancio".  

Pero sería la llegada del siglo XX, con la aparición de la radio, la que iniciaría, aunque lentamente, la evolución de la situación hacia perspectivas más prometedoras. En España se iniciaron las experiencias radioeléctricas en la misma época en que lo hacían Marconi y otras naciones. En 1899, el Cuerpo de Telégrafos y el Batallón de Telégrafos del Ejército, en estrecha colaboración, realizaron una demostración ante los Reyes entre el Cuartel de la Montaña de Madrid y El Pardo, con dispositivos del Comandante Cervera. Y en diciembre de 1900 se realizaron con éxito pruebas entre Tarifa y Ceuta, con antenas soportadas por mástiles de unos 50 metros de altura. En la Conferencia Radiotelegráfica de Berlín de 1906, España se comprometió a formar y otorgar la correspondiente licencia oficial de "Radiotelegrafista" a los futuros operadores de las estaciones de radio de los buques y de las estaciones radiocosteras, que enlazarían con la red telegráfica terrestre.  

Este compromiso internacional dio lugar a que en 1913 se reorganizasen los estudios de la que, a partir de entonces, se llamaría Escuela General de Telegrafía, continuadora de las diferentes Escuelas y Academias de perfeccionamiento en las técnicas telegráficas y posteriormente telefónicas y de explotación de los servicios que habían ido sucediéndose desde la creación, por Real Orden de 7 de octubre de 1852, de la primera Escuela de Telegrafía Eléctrica, que se estableció inicialmente en la torre del Telégrafo Óptico, en los jardines del Buen Retiro. La reorganización de los estudios en la Escuela dividía a éstos en tres secciones: formación profesional de los telegrafistas, radiotelegrafistas y estudios superiores, al final de los cuales se otorgaría, a los que los completasen, el "título correspondiente".  

Aunque hubo varias propuestas en ese sentido, no se atrevieron a mencionar el título de Ingeniero de Telecomunicación, recordando la penosa experiencia de 1864, cuando otras Ingenierías se opusieron a la introducción de un nuevo título de Ingenieros. Sin embargo, en este Real Decreto se utilizó por primera vez en una disposición oficial española el término "telecomunicación", infrecuente en la época, cuando se seguía hablando de telegrafía, telefonía y telegrafía sin hilos refiriéndose a la radio. Estos estudios superiores del Plan de 1913 los cursaron una treintena de oficiales telegrafistas, que superaron las duras pruebas de acceso y constituyeron las tres primeras promociones, buena parte de cuyos integrantes ampliaron seguidamente sus estudios en la Escuela Superior de Electricidad de París, donde consiguieron sus títulos de Ingenieros Electricistas.  

Y fueron buena parte de estos telegrafistas graduados superiores los que redactaron el Plan Francos Rodríguez en 1917, que pretendía la creación de un Instituto Nacional de Telefonía para la extensión del servicio telefónico a los 8.000 municipios del país, a cargo del Cuerpo de Telegrafos. Esta era una vieja reivindicación del Cuerpo, que siempre había luchado por encargarse del servicio telefónico, tanto urbano como interurbano, frente a los intereses económicos de cierta iniciativa privada que, al amparo de multitud de concesiones telefónicas, había dado lugar a un servicio insuficiente, limitado, caro y malo, que situaba a España a la cola de las naciones avanzadas. Tambien era por entonces una reivindicación de los telegrafistas la creación de un Ministerio de Comunicaciones (Francia lo había hecho en 1878, en cuanto apareció el teléfono) que hubiera permitido salir del complejo Ministerio de la Gobernación cuyas responsabilidades en el Orden Público, la Sanidad, la Administración Local, la Guardia Civil o la Beneficencia dejaban muy escaso margen para iniciativas en la extensión y modernización de los servicios de telecomunicaciones, aquejados siempre de las limitaciones presupuestarias que obstaculizaban su desarrollo, y enfrentados también a influyentes personajes de la política y las finanzas que consideraban al teléfono como una interesante renta para el Estado al tiempo que otros obtenían pingües beneficios de la situación.  

En 1918, a la vista del retraso en las prometidas reformas y en la dotación del anunciado crédito extraordinario que permitiría abordar el incremento de plantillas y la modernización de la red, se vieron empujados a otra huelga por la actitud del Ministro de la Guerra, que ocupó con el Ejército y la Guardia Civil las centrales, militarizó el Cuerpo y decretó la separación de todos los que no acatasen sus arbitrarias órdenes. También en esta ocasión cayó el Gobierno y pudo normalizarse la situación, aunque dejando una injustificada fama de díscolo e indisciplinado que perseguiría al Cuerpo muchos años después.  

Entretanto, se seguía trabajando en la construcción del Palacio de Comunicaciones de Madrid, espléndido edificio situado en la Plaza de Cibeles, en el que muchos creían ver la futura sede del Ministerio de Comunicaciones, cuya creación ya se proponía en las Cortes Españolas en 1908, así como otras magníficas sedes provinciales -Barcelona, Valencia, Zaragoza, San Sebastián, Málaga- que parecían augurar mejores tiempos para las Comunicaciones.  

Un paso decisivo para la modernización de las telecomunicaciones españolas fue la promulgación del Real Decreto de 22 de abril de 1920 (hoy hace exactamente 76 años) impulsado por el entonces Director de la Escuela Ignacio González Martí, catedrático de Física de la Universidad Central y veterano telegrafista (había ingresado en 1876, recién cumplidos los 16 años y obtenido el Doctorado en Ciencias Físicas en 1879) que había sido rescatado para la dirección de la Escuela en 1919.  

El Decreto, como consta en su preámbulo, tenía el propósito de colocar el nivel científico de los telegrafistas españoles a la altura de los que en otros países ostentan títulos análogos, creaba el título de Ingeniero de Telecomunicación, que capacitaría a sus poseedores para estudiar, planear y resolver los más arduos problemas de la telecomunicación.  

A mi juicio, lo más notable de este Decreto, inspirado por González Martí, fue que los propios telegrafistas, en un alarde de generosidad y sentido práctico que por lo inusual resulta aún más encomiable, establecieron que el acceso a los estudios superiores que otorgarían el título de Ingeniero de Telecomunicación, se haría por oposición entre los oficiales menores de 30 años, en número máximo de diez por curso, a los que se rebajaría de servicio para que pudieran dedicarse por entero a su preparación técnica durante los cuatro años de duración de la carrera. De lo acertado de esta creación da fe la realidad actual, en la que hay más de 15.000 Ingenieros Superiores de Telecomunicación y 20.000 Ingenieros Técnicos, así como una treintena de Escuelas Superiores y un número aún mayor de Escuelas Técnicas de Telecomunicación.   Desde aquellos lejanos años 20, y continuando una tradición de esfuerzo, amor al servicio e inquietud científica de muchas décadas, los Ingenieros de Telecomunicación y otros muchos profesionales del ramo, seguidores de la tarea que inició el Brigadier Mathé, a quien podríamos considerar el primer Ingeniero de Telecomunicacion, y continuada por renovadas y entusiastas generaciones de telegrafistas, no sólo han desarrollado el telégrafo, el télex o las comunicaciones oficiales dentro de la Administración, sino que se han ocupado de la telefonía, de la radio, el radar, la televisión y todos los sistemas y servicios de telecomunicación que hoy conocemos, de sus industrias de fabricación, de la enseñanza, la investigación, la informática o los satélites, estando presentes en infinidad de sectores de la industria y la economía nacional, hasta límites que nunca pudieron imaginar sus creadores.  

Aunque hubo alguien que sí que lo imaginó. El Brigadier Mathé escribió en la "Revista de Telégrafos" estos párrafos que yo considero proféticos: "El actual Cuerpo de Telégrafos siente vida en sí y puede tomarla como punto de partida para ulteriores miras. Desde la altura en que se halla colocado, presiente que hay todavía un más allá inmenso de fuerza y de gloria. La historia de antecedentes análogos le enseña el poder de la constancia y la razón y le hace ver que ningún fin noble está demasiado remoto para quien incesantemente procura conseguirlo y se prepara para ser digno de él cuando lo alcance."  

Y proseguía más adelante:

"El actual Cuerpo de Telégrafos conoce que ha de llegar y se acerca un
incalculable desenvolvimiento del servicio a que se consagra. Que andando el tiempo se verá representado do quiera haya necesidad de funciones de gobierno, intereses sociales, afectos de familia; conoce que a él ha de acudir la autoridad para que le preste voz; la ciencia para que rompa el antes indestructible consorcio del tiempo y el espacio, que hacía perder las más fecundas observaciones por la imposibilidad de lograr que lo inmediato y lo remoto resultasen aunados en un mismo y solo instante. Pero las ciencias siguen su marcha progresiva hacia los perfeccionamientos; millones de inteligencias persiguen las sombras para alejarlas del campo de la verdad y poco a poco irán apoderándose de ella. Lo que hoy parece mucho, por ser lo único que ha tolerado una aplicación extensa, mañana será poco porque habrá otras aplicaciones no menos extensas. Quizá."  

Leyendo estos párrafos y otros que constituyen la presentación de la Revista de Telégrafos de 1861 y el ideario que Mathé quiso infundir al Cuerpo que dirigía, se me ocurre pensar que su preclara inteligencia ya presentía la aparición del teléfono, de la radio e incluso de Internet cuando animaba a los telegrafistas más capaces a romper el antes indestructible consorcio del tiempo y el espacio.  

Ahora que prácticamente el telégrafo como tal casi ha desaparecido y también los Cuerpos que lo desarrollaron durante un siglo y medio, resulta obligado rendir un tributo de admiración y gratitud a aquellos precursores y a sus continuadores durante tantas generaciones de telegrafistas, cuyo tesón, capacidad y sacrificio han sido un antecedente necesario y honroso para la espléndida realidad actual de las telecomunicaciones españolas, de la que todos nos sentimos partícipes y, en muchos casos, protagonistas.  

En ocasiones, alguno de nosotros se pregunta si el telégrafo ha muerto. Yo puedo aseguraros que no es así. Si las personas a las que amamos y ya no están con nosotros, sólo mueren cuando nosotros morimos, las instituciones a las que pertenecimos y a las que hemos dedicado nuestros desvelos durante muchos años y muchas generaciones sobrevivirán eternamente. Si hoy recordamos con admiración y agradecimiento a personas como el Brigadier José María Mathé, que alumbraron un camino que hemos seguido durante 150 años y le recordamos como si estuviera entre nosotros, lo mismo ocurrirá dentro de otros 150 o más años, cuando también nosotros y el telégrafo al que hemos servido sean sólo un antecedentes histórico de otras realidades que actualmente no nos es posible siquiera imaginar.  

El telégrafo vive en nosotros y vivirá para siempre.  

Muchas gracias.  

Málaga, 22 de abril de 2006